
La imagen de la cubierta sitúa este resumen de capítulo dentro del estudio más amplio de Kissinger sobre la diplomacia y el orden internacional.
En 1994, Henry Kissinger publicó el libro La Diplomacia. Él fue un diplomático erudito y renombrado que sirvió como Consejero de Seguridad Nacional de los Estados Unidos y Secretario de Estado. Su libro ofrece un amplio panorama de la historia de las relaciones exteriores y del arte de la diplomacia, con un énfasis especial en el siglo XX y el mundo occidental. Kissinger, conocido por su alineación con la escuela realista de Relaciones Internacionales, explora los conceptos del equilibrio de poder, de la razón de estado y de la Realpolitik a través de diferentes épocas.
Su trabajo ha sido ampliamente elogiado por su alcance y complejidad. Sin embargo, también ha sido criticado por su enfoque en individuos en lugar de en fuerzas estructurales, y por presentar una visión reduccionista de la historia. Además, los críticos han señalado que el libro se concentra excesivamente en el papel individual de Kissinger en los eventos, potencialmente exagerando su impacto sobre ellos. De todos modos, sus ideas merecen ser consideradas.
Este artículo presenta un resumen de las ideas de Kissinger en el primer capítulo de su libro, titulado "El nuevo orden mundial", que también introduce el libro en sí.
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Ideales estadounidenses y ambivalencia diplomática
Kissinger empieza situando a Estados Unidos en una serie de potencias que moldearon los sistemas internacionales según sus propios valores. La Francia de Richelieu hizo del interés nacional y de la soberanía estatal ejes centrales de la diplomacia. Gran Bretaña afinó el equilibrio de poder. La Austria de Metternich reconstruyó el Concierto de Europa, al tiempo que la Alemania de Bismarck convirtió la diplomacia en una competencia más fría por el poder. En el siglo XX, Estados Unidos se convirtió en la influencia decisiva, aunque su papel fue ambivalente.
Esa ambivalencia procedía de la imagen que el país tenía de sí mismo. Estados Unidos rechazaba la intervención en otros Estados, aunque afirmaba que sus valores tenían validez universal. Era pragmático en la diplomacia diaria e ideológico en su propósito último. Dudaba antes de comprometerse en el exterior y aun así terminó construyendo alianzas de alcance extraordinario. De esta historia surgieron dos impulsos: la creencia de que Estados Unidos debía servir a la libertad perfeccionando la democracia en casa, y la creencia de que los valores estadounidenses exigían una promoción activa en el exterior.
Aunque estos enfoques parecían opuestos, Kissinger los trata como expresiones de una misma fe subyacente. Ambos suponían que la democracia, el libre comercio y el derecho internacional formaban la base normal de la paz. Ambos crecieron a partir de la experiencia de una república fundada en la libertad, protegida por la geografía y moldeada por la expansión continental. Por tanto, el aislacionismo estadounidense y el activismo misionero estadounidense eran dos formas distintas de afirmar que Estados Unidos poseía un modelo político del que podía beneficiarse el resto de la humanidad.
Esta tensión importaba porque daba a la diplomacia estadounidense un vocabulario moral incluso cuando la política seguía siendo cautelosa. Estados Unidos podía presentar la contención como fidelidad al ejemplo y la intervención como fidelidad a los mismos principios. Kissinger trata ambos impulsos como expresiones sinceras de la misma convicción nacional sobre la libertad, la legitimidad y el papel ejemplar de la república estadounidense. Esa convicción hacía difícil acomodarse a hábitos diplomáticos más antiguos, porque la política de poder parecía a los estadounidenses menos prudencia que una confesión de que el orden moral había fracasado.
Wilson y el equilibrio de poder europeo
El choque entre el idealismo estadounidense y la práctica diplomática europea se hizo claro en la Conferencia de Paz de París de 1919. Los dirigentes europeos querían reparar el orden existente con herramientas conocidas. Woodrow Wilson creía que la Primera Guerra Mundial había resultado de los defectos de la propia diplomacia europea. En los Catorce Puntos, defendió la autodeterminación étnica, la seguridad colectiva y la diplomacia abierta. Esos principios debían desplazar los cálculos de equilibrio de poder, las alianzas militares y la negociación secreta.
Para Kissinger, Wilson intentaba sustituir una tradición diplomática que había funcionado durante casi tres siglos. Los estadounidenses atribuían los conflictos europeos al equilibrio de poder, y los europeos desconfiaban de la misión reformadora de Estados Unidos. Sin embargo, ninguno de los dos lados había elegido su perspectiva en abstracto. La política estadounidense se desarrolló en un continente protegido, con océanos como barreras y vecinos débiles en sus fronteras. Como Estados Unidos no tenía un rival cercano serio al que equilibrar, podía imaginar la política internacional como una empresa jurídica y moral.
Europa vivía en condiciones distintas. Sus Estados se enfrentaban directamente, y sus problemas de seguridad eran inmediatos. Estados Unidos se beneficiaba del equilibrio de poder europeo al quedar al margen de sus maniobras. Cuando ese equilibrio se derrumbó, el país se vio arrastrado a las dos guerras mundiales. Esto produjo una paradoja: el sistema que la mayoría de los estadounidenses despreciaban los había protegido mientras funcionó, y solo su ruptura obligó a Estados Unidos a ocupar el centro de la política mundial.
El programa de Wilson expuso así un desacuerdo más profundo sobre cómo debía hacerse legítimo el orden. Los europeos tendían a preguntar si un arreglo podía sobrevivir entre vecinos suspicaces; Wilson preguntaba si se ajustaba a principios que los públicos pudieran reconocer como justos. Para Kissinger, la tragedia de 1919 fue que aspiración moral y disciplina geopolítica se trataran como sustitutos cuando el acuerdo de posguerra necesitaba ambas, sobre todo en una Europa llena de nuevas reclamaciones y potencias derrotadas. La autodeterminación creaba nuevas demandas, la seguridad colectiva requería poder detrás de ella y la diplomacia abierta no podía resolver por sí sola fronteras, reparaciones ni los temores de Estados situados junto a vecinos más fuertes.
Estabilidad, imperio y rareza del equilibrio
Kissinger presenta el equilibrio de poder europeo como una respuesta práctica al fracaso del imperio universal. Cuando se desvanecieron los sueños medievales de un único imperio cristiano y aparecieron varios Estados de fuerza comparable, Europa afrontó dos posibilidades. Un Estado podía dominar al resto, o los demás podían unirse para contener al más fuerte. El segundo resultado se convirtió en el equilibrio de poder.
Este sistema no pretendía abolir la guerra. Su propósito era impedir la dominación, limitar el conflicto y mantener la insatisfacción por debajo del punto en el que un Estado intentaría derribar el orden. Kissinger distingue así la estabilidad de la paz. Un sistema de equilibrio de poder podía producir crisis, pero aspiraba a impedir que se convirtieran en luchas universales por la hegemonía.
También subraya que estos sistemas eran raros. La mayor parte de la historia humana se había organizado alrededor de imperios, que no buscaban participar en un sistema internacional porque aspiraban a ser el sistema. En Occidente, hubo ejemplos funcionales entre las ciudades-estado griegas, la Italia renacentista y el sistema europeo surgido después de la Paz de Westfalia de 1648. La Ilustración respaldó este arreglo al imaginar que fuerzas competidoras podían contener el exceso, como ocurría con los frenos y contrapesos en el gobierno constitucional o en la economía de Adam Smith.
Durante un tiempo, esta expectativa pareció plausible. Tras la Revolución francesa y las guerras napoleónicas, el Congreso de Viena de 1815 restauró el equilibrio de poder y lo suavizó con contención moral y jurídica. A finales del siglo XIX, sin embargo, la diplomacia europea volvió a una política de poder más dura. Las pruebas repetidas de fuerza culminaron en la crisis de 1914, cuando ningún actor importante dio un paso atrás. Europa perdió su liderazgo, y Estados Unidos emergió como la potencia dominante al rechazar las antiguas reglas europeas.
El capítulo usa esta historia para separar el equilibrio del mero cálculo. Un equilibrio perdura solo cuando las grandes potencias aceptan límites a lo que debe significar la victoria y reconocen algún interés en la supervivencia del sistema. Cuando la contención se vuelve solo una táctica, y no un hábito compartido, el equilibrio de poder se vuelve frágil y cada crisis se convierte en una prueba de prestigio, credibilidad de alianzas y resistencia nacional. Por eso Kissinger considera instructivo el orden del siglo XIX sin idealizarlo: muestra cómo un sistema imperfecto puede preservar espacio para la diplomacia, y con qué rapidez desaparece ese espacio cuando se agota la legitimidad.
Victoria en la Guerra Fría y límites de la posguerra
La Guerra Fría hizo que el enfoque estadounidense resultara temporalmente inusualmente eficaz. El conflicto con la Unión Soviética unió rivalidad ideológica, competencia militar y alcance político global. Estados Unidos tenía los recursos necesarios para organizar la defensa del mundo no comunista. El universalismo estadounidense tenía un adversario claro y una estructura práctica. Estados Unidos podía definir grandes objetivos, movilizar aliados y buscar la victoria sin actuar como una potencia igual entre muchas otras.
La Guerra Fría también distorsionó la relación normal entre las formas de poder. En la mayoría de las épocas, la fuerza militar, política y económica tiende a reforzarse mutuamente. Durante la Guerra Fría, esas formas se separaron: la Unión Soviética era militarmente formidable pero económicamente débil, y Japón se convirtió en una potencia económica sin convertirse en un gran actor militar. Con el colapso soviético, Kissinger esperaba que estos elementos volvieran a ser más simétricos. La preponderancia estadounidense disminuiría gradualmente, los aliados asumirían más responsabilidad por su propia seguridad y los rivales económicos encontrarían más seguro desafiar a Estados Unidos.
El nuevo orden combinaría fragmentación y globalización. Entre Estados, se parecería más al sistema europeo de los siglos XVIII y XIX que a la rigidez bipolar de la Guerra Fría. Incluiría al menos seis grandes potencias: Estados Unidos, Europa, China, Japón, Rusia y probablemente India. Al mismo tiempo, la proliferación nuclear, la presión ambiental y el crecimiento demográfico creaban problemas que ningún Estado ni región podía gestionar por sí solo. Las comunicaciones, los mercados globales y la interdependencia económica hacían que esos problemas fueran más difíciles de contener dentro de las fronteras nacionales.
Esta combinación hacía especialmente exigente el momento posterior a la Guerra Fría. Un mundo multipolar requería negociación, prudencia y conocimiento regional; los problemas globales exigían cooperación a través de fronteras ideológicas y culturales. El poder estadounidense seguía siendo indispensable, aunque ya no podía organizar el orden mundial simplemente nombrando una causa universal y reuniendo aliados contra un único enemigo central. La advertencia de Kissinger es que el triunfo podía volverse engañoso. La victoria sobre la Unión Soviética eliminó a un adversario, sin eliminar la necesidad de conciliar poder, legitimidad y las distintas experiencias históricas de otros Estados.
Las otras grandes potencias
Kissinger subraya que ninguno de los actores principales entraba en este sistema con la misma preparación. Europa había inventado el Estado-nación, la soberanía y el equilibrio de poder, aunque sus Estados ya no eran lo bastante fuertes para actuar como potencias principales. La unificación europea podía compensar esa debilidad, aunque una Europa unificada seguiría entrando en la política mundial sin reglas asentadas para una conducta global.
Rusia siempre había sido en parte europea y en parte imperial, con fronteras hacia Europa, Asia y el mundo musulmán. Como se expandió absorbiendo pueblos contiguos, conquista y seguridad solían mezclarse en el pensamiento ruso. La Rusia poscomunista tenía que definirse dentro de fronteras sin precedentes históricos, lo que la hacía esencial para el orden mundial y potencialmente peligrosa para él.
China había entendido durante mucho tiempo el orden mediante la centralidad imperial y no mediante la igualdad soberana. Trataba a los extranjeros como bárbaros tributarios y carecía de una diplomacia permanente de equilibrio de poder. Japón, cerrado hasta la llegada del comodoro Perry en 1854, había dependido de Estados Unidos durante la Guerra Fría, pero probablemente prestaría más atención al equilibrio asiático. India, por su parte, emergía como la gran potencia de Asia meridional. Su unidad impuesta por los británicos, su nacionalismo poscolonial, su pobreza y el no alineamiento aún le dejaban un papel global inferior a su tamaño.
El repaso de estas potencias también explica por qué Kissinger duda de que una sola fórmula diplomática pueda gobernar el nuevo orden. Cada actor lleva al mismo sistema una memoria distinta de seguridad, humillación, imperio o revolución. Los intereses en conflicto son solo parte del problema, porque los participantes suelen definir el propio orden a partir de experiencias históricas y miedos heredados distintos. Europa puede buscar reglas, Rusia fronteras seguras, China estatus y jerarquía, Japón protección y autonomía, e India reconocimiento después de la subordinación colonial. Cualquier arreglo duradero debe tomar en serio esas memorias sin permitir que se conviertan en vetos a la cooperación.
Estadismo y juicio histórico
El capítulo se cierra subrayando la dificultad de construir orden a partir de muchas memorias históricas. Los sistemas estables, como el orden posterior al Congreso de Viena y el sistema liderado por Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, se beneficiaron de supuestos relativamente coherentes entre sus principales estadistas. El nuevo orden, en cambio, estaría moldeado por dirigentes de culturas distintas, que operaban a través de vastas burocracias y sin un modelo universalmente aceptado.
Para Kissinger, la historia no proporciona un manual. Enseña mediante analogía, y cada generación debe decidir qué analogías se aplican. Los analistas pueden elegir problemas, tomarse tiempo, revisar conclusiones y juzgar los acontecimientos con el beneficio de la evidencia. Los estadistas afrontan problemas impuestos, tiempo limitado, hechos incompletos y errores irreversibles. Su tarea consiste en gestionar el cambio inevitable preservando la paz. Estudiar los órdenes mundiales anteriores es por tanto solo un comienzo; es el comienzo necesario para comprender los problemas diplomáticos de la era posterior a la Guerra Fría.
Esa distinción también explica el énfasis del capítulo en el juicio. El estadista debe actuar antes de que el patrón sea plenamente visible, y debe hacerlo entre públicos, aliados, adversarios, instituciones y supuestos heredados que limitan toda elección. Una analogía histórica puede iluminar un peligro, pero también puede engañar si los líderes confunden semejanza con repetición. Kissinger, por tanto, trata la historia como imaginación disciplinada: amplía el campo de posibilidades sin liberar a los dirigentes de la responsabilidad por el caso particular que tienen delante.
Esa conclusión da al capítulo su tono práctico. Kissinger no pide a los lectores que imiten mecánicamente a Richelieu, Metternich, Wilson o los estrategas de la Guerra Fría. Les pide que adviertan la dificultad recurrente de unir ideales y poder antes de que los acontecimientos se vuelvan inmanejables. El estadismo, en este capítulo, significa elegir entre analogías imperfectas mientras se conserva suficiente orden para que las decisiones futuras sigan siendo posibles, incluso cuando toda opción lleva consigo riesgo moral y estratégico. El nuevo orden mundial pondría a prueba si Estados Unidos podía aprender esa disciplina sin abandonar su creencia de que la vida internacional debe responder tanto al propósito moral como a la necesidad. En ese sentido, el capítulo es menos un pronóstico que una advertencia sobre los hábitos requeridos cuando una potencia dominante debe operar dentro de una sociedad internacional plural.
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