Historia Mundum

Resumen: Diplomacia, de Kissinger — Capítulo 12 — El fin de la ilusión

Detalle de la portada del libro Diplomacy, de Henry Kissinger. La imagen muestra grandes letras serifadas marrones que forman Henry Kissinger en la mitad superior, una línea horizontal negra en el centro y el título Diplomacy en letras serifadas rojas debajo, sobre un fondo blanco sencillo, sin personas, sala, paisaje ni escena histórica.

La imagen de portada sitúa este resumen de capítulo dentro del estudio más amplio de Kissinger sobre diplomacia y orden internacional.

En 1994, Henry Kissinger publicó el libro La Diplomacia. Él fue un diplomático erudito y renombrado que sirvió como Consejero de Seguridad Nacional de los Estados Unidos y Secretario de Estado. Su libro ofrece un amplio panorama de la historia de las relaciones exteriores y del arte de la diplomacia, con un énfasis especial en el siglo XX y el mundo occidental. Kissinger, conocido por su alineación con la escuela realista de Relaciones Internacionales, explora los conceptos del equilibrio de poder, de la razón de estado y de la Realpolitik a través de diferentes épocas.

Su trabajo ha sido ampliamente elogiado por su alcance y complejidad. Sin embargo, también ha sido criticado por su enfoque en individuos en lugar de en fuerzas estructurales, y por presentar una visión reduccionista de la historia. Además, los críticos han señalado que el libro se concentra excesivamente en el papel individual de Kissinger en los eventos, potencialmente exagerando su impacto sobre ellos. De todos modos, sus ideas merecen ser consideradas.

Este artículo presenta un resumen de las ideas de Kissinger en el duodécimo capítulo de su libro, titulado "El fin de la ilusión: Hitler y la destrucción de Versalles".

Puede encontrar todos los resúmenes disponibles de este libro, o puede leer el resumen del capítulo anterior del libro, haciendo clic en estos enlaces.


El método de Hitler y la fragilidad de Versalles

Kissinger presenta a Hitler como una figura revolucionaria sin una doctrina revolucionaria coherente. Hitler carecía del movimiento intelectual mediante el cual los revolucionarios marxistas o ilustrados habían intentado transformar la política. Su ideología, tal como aparecía en Mein Kampf, bebía del nacionalismo radical, de la fantasía racial y de resentimientos de derecha. Su fuerza residía más en su utilidad emocional que en su originalidad conceptual. El verdadero instrumento político de Hitler fue la demagogia: la capacidad de comprimir humillación, ira, miedo y esperanza en un momento dramático y de hacer que el público viviera la sumisión como liberación.

Esa habilidad operó en el ámbito interno y en el internacional. En Alemania, Hitler explotó el agotamiento social, el caos de la Depresión, el error de cálculo conservador y la incapacidad de las élites parlamentarias para comprender que decía en serio lo que afirmaba. Su primer gabinete se formó el 30 de enero de 1933 y contenía solo tres nazis. Las figuras conservadoras creyeron que podían contenerlo mediante el cargo y el procedimiento. En dieciocho meses, incluida la purga del 30 de junio de 1934, había convertido ese error de cálculo en dictadura. Kissinger subraya que Hitler no había ascendido desde la oscuridad para quedar limitado por los mecanismos del mismo orden que despreciaba.

El estilo de gobierno de Hitler reflejaba el mismo patrón. Le desagradaba el trabajo sistemático y evitaba las rutinas administrativas estables. Gobernaba mediante impulsos, monólogos y ráfagas de actividad. Las políticas que coincidían con sus energías repentinas avanzaban con rapidez, mientras que los asuntos que exigían atención sostenida quedaban estancados. Eso lo hacía especialmente peligroso, porque el sentido teatral del momento y la dominación psicológica compensaban el desorden analítico.

En el plano internacional, los primeros éxitos de Hitler dependieron de la apariencia de perseguir objetivos limitados e incluso plausibles. Entre 1933 y 1938, las democracias occidentales podían convencerse de que buscaba la igualdad para Alemania, la corrección de Versalles o la aplicación de la autodeterminación a los alemanes que habían quedado fuera del Reich. Mientras sus actos pudieran encajar en esas categorías, las propias dudas de los vencedores sobre el arreglo de posguerra debilitaban su voluntad de resistir. Cuando abandonó el lenguaje de la rectificación y pasó a la conquista abierta, desapareció la fuente de su ventaja diplomática.

Kissinger vincula la impaciencia radical de Hitler con su mitología personal de 1918. Hitler interpretaba la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial como resultado de la traición, la conspiración y la falta de voluntad, no del agotamiento militar ni del fracaso estratégico. Esa creencia hacía que la rendición le resultara moralmente intolerable y convertía el recuerdo de la derrota en una obsesión por la resistencia, la traición y la lucha apocalíptica. Su egomanía intensificaba el peligro. Convencido de su misión histórica única y esperando, por su historia familiar, una vida relativamente corta, creía que los objetivos de Alemania debían alcanzarse durante su propia existencia. El juicio llamativo de Kissinger es que ninguna otra gran guerra había sido lanzada sobre la base de una conjetura médica tan personal.

Ese calendario personal deformó oportunidades que Alemania podría haber explotado de forma gradual. Versalles y Locarno habían dejado a una Alemania poderosa frente a Estados más pequeños y expuestos en Europa Oriental. Stresemann y otros estadistas alemanes anteriores ya habían creado condiciones bajo las cuales Alemania podía acabar siendo predominante sin una guerra general, quizá incluso con la aquiescencia occidental. Hitler cosechó esas oportunidades a gran velocidad, pero su megalomanía transformó una evolución probablemente pacífica o no catastrófica en un conflicto mundial.

Desarme, rearme y vacilación democrática

La primera reacción de las democracias occidentales ante Hitler fue un renovado apego al desarme. Alemania estaba ahora dirigida por un hombre que pretendía abiertamente destruir el sistema de Versalles, rearmarse y expandirse. Sin embargo, la política británica avanzó aún más hacia la limitación de armamentos, en parte porque los dirigentes británicos seguían creyendo que la paz dependía de la presión moral, de la contención negociada y de la fuerza de la opinión mundial. Algunos funcionarios británicos incluso imaginaron que la firma de Hitler podía obligar a Alemania de manera más fiable que los gobiernos inestables que lo habían precedido.

Francia no podía compartir esa confianza, porque su problema básico seguía intacto: necesitaba seguridad frente a una Alemania rearmada y no podía obtener una garantía británica firme. Los dirigentes británicos razonaban de forma circular. Decían que una garantía era innecesaria porque Alemania estaría supuestamente contenida por la opinión mundial. También la consideraban demasiado peligrosa porque la opinión pública británica no la apoyaría. Si Alemania se rearmaba, afirmaba Gran Bretaña, surgiría una nueva situación; sin embargo, cuando aparecieron pruebas del rearme, Gran Bretaña siguió buscando acomodación y desarme en lugar de compromisos vinculantes.

Hitler puso fin por sí mismo a algunas evasivas. El 14 de octubre de 1933, Alemania abandonó la Conferencia de Desarme porque Hitler temía que una igualdad negociada impusiera límites máximos a Alemania antes de que pudiera rearmarse sin restricciones. Poco después, Alemania se retiró de la Sociedad de Naciones, y a comienzos de 1934 anunció el rearme. Esos actos no produjeron ningún castigo visible. En cambio, las democracias se preguntaron si Hitler había hecho algo más que reclamar lo que muchos ya habían concedido en principio: igualdad de armamentos y defensa nacional.

Kissinger sostiene que esa fijación en la intención fue un error estratégico. A comienzos de la década de 1930, la criminalidad última de Hitler aún no era plenamente evidente, y sus primeros años se dedicaron en gran medida a consolidar el poder. Muchos dirigentes británicos y franceses veían su anticomunismo y la recuperación económica como factores estabilizadores. Aun así, el equilibrio de poder debería haber aportado la claridad que faltaba. Una Alemania grande y rearmada frente a pequeños vecinos orientales sería peligrosa con independencia de los motivos privados de Hitler. Una política exterior construida sobre las presuntas intenciones de otro gobernante, argumenta Kissinger, descansa sobre un terreno inestable; las relaciones de poder importan incluso cuando los motivos siguen siendo inciertos.

Ese fue el punto que Churchill intentó exponer. Advirtió que el rearme alemán exigía una respuesta británica, especialmente en el aire. Sin embargo, en todo el espectro político británico, los dirigentes lo ridiculizaron o lo descartaron. Liberales, laboristas y conservadores trataron por igual los llamamientos a la preparación como restos de un pasado militarista desacreditado. Baldwin siguió esperando la limitación y negó que Alemania se acercara con rapidez a la paridad, aunque la propia política de defensa británica seguía condicionada por la fe en el desarme.

Francia, mientras tanto, buscó seguridad mediante arreglos que revelaban más su desmoralización que su fuerza. Transformó garantías anteriores a Polonia, Checoslovaquia y Rumanía en tratados de asistencia mutua, aunque esos Estados eran demasiado débiles para rescatar a Francia si Alemania golpeaba en el oeste. Francia también firmó un acuerdo político con la Unión Soviética en 1935, pero rechazó conversaciones entre estados mayores por temor tanto a la sospecha británica como a la dificultad de mover fuerzas soviéticas a través de Europa Oriental. El resultado parecía elaborado y funcionaba mal: aliados orientales débiles, un socio soviético sin coordinación militar y dependencia de Gran Bretaña, que rechazaba una alianza real.

Stresa, Abisinia y el colapso de la seguridad colectiva

El intento más serio de Francia de contrarrestar el poder alemán implicó a Italia. Mussolini desconfiaba de Alemania, temía los designios alemanes sobre Austria y le preocupaba que el Anschluss reavivara las reclamaciones alemanas sobre el Tirol del Sur. En enero de 1935, Pierre Laval acercó a Francia a un entendimiento militar con Italia, incluidas consultas sobre Austria e incluso discusiones sobre despliegues de tropas francesas e italianas. Después de que Hitler reintrodujera el servicio militar obligatorio, Gran Bretaña, Francia e Italia se reunieron en Stresa en abril de 1935 y acordaron resistir los cambios por la fuerza al arreglo de Versalles. Durante un breve momento, los vencedores de la Primera Guerra Mundial parecieron dispuestos a coordinar la acción.

El frente de Stresa reveló casi de inmediato la fragilidad de esa apariencia. Dos meses después, Gran Bretaña firmó un acuerdo naval con Alemania. El acuerdo permitía que la flota alemana alcanzara el 35 por ciento de la fuerza británica y concedía paridad en submarinos. Sus términos militares importaban menos que su significado político. Gran Bretaña había aceptado, bilateralmente y sin sus socios de Stresa, la violación alemana de las restricciones navales de Versalles. En la interpretación de Kissinger, el acuerdo mostró que Gran Bretaña prefería una acomodación directa con Alemania a la dependencia de una coalición antialemana, y proporcionó el marco psicológico del apaciguamiento.

La crisis de Abisinia destruyó después Stresa por completo. La invasión de Abisinia por Mussolini en 1935 se parecía a la expansión colonial anterior a 1914, pero ocurrió en un mundo públicamente comprometido con la Sociedad de Naciones y la seguridad colectiva. Abisinia era miembro de la Sociedad, y la institución ya había sido criticada por no detener a Japón en Manchuria. Gran Bretaña y Francia afrontaban por tanto opciones incompatibles. Si Italia era indispensable para contener a Alemania y preservar la independencia de Austria, necesitaban transigir en África y salvar el frente de Stresa. Si la Sociedad era el instrumento indispensable contra la agresión, necesitaban hacer que las sanciones fueran lo bastante eficaces para demostrar que la agresión no saldría rentable.

Eligieron el camino intermedio y por ello no obtuvieron los beneficios de ninguna estrategia. Bajo liderazgo británico, la Sociedad impuso sanciones. Gran Bretaña y Francia evitaron medidas que probablemente fueran decisivas, especialmente las sanciones petroleras, porque temían la guerra. Laval tranquilizó en privado a Mussolini sobre el petróleo; Gran Bretaña preguntó si las sanciones petroleras provocarían un conflicto y aceptó la advertencia previsible de Mussolini como excusa para la contención. La consigna se convirtió en sanciones sin guerra, que Kissinger trata como prueba de la esperanza defectuosa de que las medidas económicas pudieran sustituir a la fuerza ante una agresión decidida.

El plan Hoare-Laval intentó brevemente restaurar un compromiso de Realpolitik: Italia recibiría gran parte del territorio fértil de Abisinia, mientras Haile Selassie conservaría el núcleo de las tierras altas. Se esperaba que Mussolini aceptara, pero el plan se filtró antes de poder presentarse a la Sociedad. La indignación pública forzó la dimisión de Hoare, y Anthony Eden devolvió la política británica al lenguaje de la seguridad colectiva sin la disposición a usar la fuerza.

El resultado dañó tanto la moralidad como la estrategia. Las sanciones no salvaron Abisinia, y después de que Italia completara su conquista en mayo de 1936, la Sociedad levantó las sanciones en julio. Dos años más tarde, después de Múnich, Gran Bretaña y Francia reconocieron la conquista italiana. El juicio de Kissinger es severo: la seguridad colectiva hizo que Haile Selassie perdiera todo su país en vez de la parte que podría haber perdido bajo el compromiso Hoare-Laval. Estratégicamente, la crisis empujó a Mussolini hacia Alemania. Italia era demasiado débil para dominar Europa, pero útil como barrera frente a la expansión alemana hacia Austria y Europa Central. Alejado por Gran Bretaña y Francia, y temeroso de enfrentarse solo a Alemania, Mussolini empezó a acercarse a Hitler.

Renania y la pérdida estratégica de Europa Oriental

La remilitarización de Renania el 7 de marzo de 1936 fue el derrocamiento decisivo de la última gran salvaguardia de Versalles y Locarno. Las fuerzas alemanas tenían prohibido entrar en Renania y en una zona al este de ella, y este arreglo había sido garantizado por Gran Bretaña, Francia, Bélgica e Italia. Su significado iba mucho más allá del territorio alemán. Mientras Renania siguiera desmilitarizada, Francia podía amenazar con actuar contra Alemania en el oeste si Alemania atacaba Europa Oriental. Una vez que Alemania fortificara Renania, Checoslovaquia, Polonia y los demás Estados orientales quedarían fuera del apoyo militar francés efectivo.

Hitler volvió a escoger un momento psicológicamente favorable. La Sociedad estaba enredada en la crisis de Abisinia, Italia había quedado alienada, y Gran Bretaña acababa de mostrar que no arriesgaría un conflicto por sanciones en el mar, donde era fuerte. Hitler también presentó el movimiento como el regreso de Alemania a su propio territorio y lo rodeó de propuestas de paz. Ofreció negociaciones, arreglos de no agresión, límites de tropas e incluso una zona desmilitarizada a ambos lados de la frontera. Esas propuestas atraían a quienes querían creer que Alemania quedaría satisfecha una vez restaurado el trato igualitario. También oscurecían el hecho estratégico de que Alemania estaba destruyendo la palanca occidental mediante la cual Francia podía defender Europa Oriental.

La apuesta era militarmente arriesgada. El servicio militar obligatorio alemán llevaba menos de un año en vigor, y las unidades alemanas que entraron en Renania tenían órdenes de retirarse si Francia intervenía. La fuerza francesa seguía siendo considerable; incluso sin movilización completa, Francia tenía muchos más soldados disponibles que Alemania en la zona. Aun así, la política francesa se había vuelto psicológicamente dependiente de Gran Bretaña. Los dirigentes franceses habían sido advertidos meses antes por André François-Poncet de que Alemania podía moverse, pero ni prepararon opciones militares ni plantearon la cuestión de manera decisiva ante Berlín. La línea Maginot simbolizaba esa retirada hacia lo defensivo. Francia había garantizado Polonia y Checoslovaquia mientras organizaba su ejército y su imaginación en torno a la espera tras fortificaciones.

El consejo militar francés profundizó la parálisis. El general Maurice Gamelin exageró la fuerza alemana y sostuvo que cualquier contramedida exigiría una movilización general. Los dirigentes políticos no movilizarían sin apoyo británico. Gran Bretaña, sin embargo, solo reconocería una amenaza clara al equilibrio de poder: un ataque contra la propia Francia. No lucharía por Europa Oriental, ni lucharía para conservar Renania como rehén desmilitarizado. Eden ya había sugerido que los Aliados podían negociar sus derechos en la zona mientras esos derechos aún conservaran valor de negociación. Después del movimiento de Hitler, los funcionarios británicos afirmaron con claridad que el público británico lucharía por Francia contra una invasión. No lucharía porque los alemanes hubieran entrado en lo que muchos consideraban su propio territorio.

El ministro francés de Exteriores, Pierre Flandin, advirtió que, una vez fortificada Renania, Checoslovaquia estaría perdida y la guerra general sería probable. Su advertencia fue exacta. Sus palabras no produjeron ninguna acción. Gran Bretaña prefirió tratar las ofertas de Hitler como una oportunidad para un arreglo permanente. Las voces laboristas expresaron la misma actitud de forma más abierta, argumentando que la rama de olivo de Hitler debía aceptarse literalmente y que la cuestión era la paz antes que la defensa. Kissinger observa que esa política solo era defendible si sus partidarios reconocían el precio: cada año de demora haría más costosa la resistencia futura si la conciliación fracasaba.

Las consecuencias fueron inmediatas y estructurales. Renania fue fortificada; la asistencia militar francesa a Europa Oriental se volvió cada vez más teórica; Italia se acercó a Alemania; y Gran Bretaña ofreció solo la promesa ambigua de dos divisiones para defender Francia si se violaba la frontera francesa. Ese compromiso no disuadía un ataque alemán contra Francia y no ayudaba a Francia a defender a sus aliados orientales, porque no se aplicaría si Francia entraba en Alemania para cumplir sus propios compromisos. La patria de la política de equilibrio de poder, argumenta Kissinger, había perdido contacto con la lógica práctica del equilibrio de poder.

El apaciguamiento se convierte en política

Después de Renania, el apaciguamiento se convirtió en un marco mental oficial. En Occidente, casi no quedaba nada por revisar salvo las reclamaciones orientales de Alemania. Como Gran Bretaña y Francia no habían defendido Locarno, que habían garantizado, Hitler podía concluir razonablemente que no defenderían las disposiciones orientales de Versalles, que Gran Bretaña había cuestionado durante mucho tiempo y nunca había garantizado con convicción. La pasividad de 1936 tuvo por tanto efectos militares y psicológicos. Los Estados de Europa Oriental vieron que Francia no podía defender la zona de amortiguación renana; si Francia no podía protegerse allí, sus garantías hacia ellos parecían cada vez más huecas.

La propia política francesa reflejaba resignación. Léon Blum recibió a Hjalmar Schacht en París en agosto de 1936 e intentó superar las barreras ideológicas, mientras que el ministro de Exteriores Yvon Delbos describía la política práctica como concesiones parciales para aplazar la guerra. Kissinger presenta esto como el abandono de la tradición de Richelieu: Francia, que había luchado durante siglos para modelar Europa Central con el fin de protegerse, esperaba ahora comprar tiempo mediante concesiones y buena voluntad alemana.

Gran Bretaña siguió el apaciguamiento con más confianza. En 1937, Lord Halifax visitó a Hitler en Berchtesgaden y elogió a la Alemania nazi como barrera contra el bolchevismo. Nombró Danzig, Austria y Checoslovaquia como asuntos en los que podía producirse un cambio pacífico. Su salvedad se refería al método: Gran Bretaña quería que las alteraciones ocurrieran pacíficamente y sin perturbación general. Kissinger subraya la debilidad de esta distinción. Si Gran Bretaña concedía la sustancia de las reclamaciones alemanas, no quedaba claro por qué Hitler debía creer que Gran Bretaña lucharía por el procedimiento mediante el cual las obtuviera. La doctrina de la seguridad colectiva trataba el método como decisivo. Históricamente, los Estados van a la guerra por cambios que consideran inaceptables, no solo por procedimientos desordenados.

La Guerra Civil Española añadió otro signo de parálisis occidental. La sublevación de Franco, apoyada por Alemania e Italia, planteó la perspectiva de una España hostil alineada con las potencias fascistas. Francia afrontaba el viejo problema estratégico de gobiernos hostiles en sus fronteras, mientras que Gran Bretaña o bien subestimaba las implicaciones para el equilibrio de poder o temía más a una España de izquierda. Gran Bretaña advirtió que podía mantenerse neutral si la ayuda francesa al gobierno legítimo español provocaba una guerra. Francia vaciló, declaró un embargo de armas y toleró sus violaciones de manera incoherente.

A finales de 1937, Gran Bretaña y Francia ya discutían formas de evitar las implicaciones de la alianza francesa con Checoslovaquia. En Londres, en noviembre, Chamberlain preguntó por las obligaciones de Francia, una señal diplomática de que buscaba vías de escape. Delbos respondió en términos legales antes que estratégicos, sugiriendo que las obligaciones francesas dependerían de la gravedad y de la forma de los disturbios apoyados por Alemania entre los alemanes de Checoslovaquia. Chamberlain aprovechó la laguna y defendió un esfuerzo por llegar a un acuerdo con Alemania sobre Europa Central, incluso si Alemania pretendía absorber a algunos de sus vecinos, con la esperanza de que la demora volviera impracticables los planes alemanes. La conclusión de Kissinger es tajante: Checoslovaquia ya estaba condenada en Londres en 1937, antes de Múnich.

Hitler, mientras tanto, se movía en el universo mental opuesto. En la reunión Hossbach del 5 de noviembre de 1937, expuso ambiciones muy superiores a la restauración de la posición alemana anterior a la guerra. Describió la conquista de tierras en Europa Oriental y en la Unión Soviética para la colonización y reconoció que Gran Bretaña y Francia eran antagonistas de Alemania. También creía que la ventaja del rearme alemán era temporal y que la guerra debía comenzar antes de que esa ventaja se desvaneciera después de 1943. Sus generales estaban alarmados, pero fueron tímidos. Las democracias occidentales seguían creyendo que la paz era el objetivo de la política; Hitler temía una paz prolongada porque podía privarlo de la lucha que consideraba necesaria.

Austria, Checoslovaquia y Múnich

En 1938, Hitler se sintió lo bastante fuerte para cruzar las fronteras creadas por los arreglos de posguerra. Austria fue su primer objetivo. Su posición era anómala. En otro tiempo central para la política alemana y centroeuropea, Austria había quedado reducida después de la Primera Guerra Mundial a un pequeño Estado germanohablante y tenía prohibido unirse a Alemania, aunque muchos alemanes y austriacos favorecían el Anschluss. Esto hizo que la reclamación de Hitler resultara especialmente útil. Apelaba a la autodeterminación mientras debilitaba el equilibrio de poder, y las democracias estaban cada vez menos dispuestas a defender abiertamente este último principio.

Tras semanas de presión nazi y concesiones austriacas, las tropas alemanas entraron en Austria el 12 de marzo de 1938. No hubo resistencia, y gran parte de la población austriaca acogió favorablemente la unión con Alemania. Las protestas de las democracias fueron débiles y no produjeron medidas concretas. La Sociedad permaneció en silencio mientras un Estado miembro era absorbido por un vecino más fuerte. Gran Bretaña y Francia se aferraron aún más a la esperanza de que Hitler se detendría una vez que todos los alemanes étnicos hubieran sido incorporados al Reich.

Checoslovaquia se convirtió en la prueba de esa esperanza. Era geopolíticamente importante, democrática, económicamente avanzada y militarmente equipada. También contenía grandes minorías, incluidos unos 3,5 millones de alemanes que vivían cerca de Alemania. Estratégicamente, Checoslovaquia era difícil de abandonar; bajo la autodeterminación, era difícil de defender. Hitler explotó esa contradicción al presentar los agravios de los alemanes de los Sudetes como el problema y después amenazar con la anexión por la fuerza.

Gran Bretaña eligió el apaciguamiento desde el principio. Después de Austria, Halifax advirtió a Francia que los compromisos británicos de Locarno se aplicaban solo a la frontera francesa y quizá no cubrieran un esfuerzo francés por cumplir obligaciones en Europa Central. La misión de Lord Runciman en Praga anunció la reticencia británica a defender Checoslovaquia y preparó el terreno para las concesiones. Estados Unidos también se desvinculó de la crisis. Roosevelt sugirió una negociación en terreno neutral, pero dejó claro que Estados Unidos no asumiría obligaciones.

Hitler utilizó entonces la presión psicológica para producir movimiento diplomático sin negociación formal. Tras su ataque contra los dirigentes checos en Núremberg en septiembre de 1938, Chamberlain voló para reunirse con él en Berchtesgaden. Hitler despotricó sobre los alemanes de los Sudetes; Chamberlain aceptó el principio de que los distritos con mayorías alemanas debían transferirse a Alemania y luego presionó a Praga para que aceptara. En Bad Godesberg, el 22 de septiembre, Hitler elevó las condiciones. Exigió la evacuación inmediata del territorio sudete, dejó las instalaciones militares checas a Alemania y añadió reclamaciones fronterizas para Hungría y Polonia. Chamberlain y Daladier retrocedieron ante la velocidad y la humillación de la exigencia, y durante varios días la guerra pareció posible.

La dificultad era que Gran Bretaña y Francia ya habían concedido el principio del desmembramiento de Checoslovaquia. La posible guerra se libraría por tanto sobre el calendario y los detalles de un desmantelamiento ya aceptado. La propuesta de Mussolini de una reunión a cuatro potencias ofreció una salida. En Múnich, el 29 de septiembre, los líderes de Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia se reunieron mientras los checos esperaban fuera y la Unión Soviética quedaba excluida. Mussolini presentó los términos de Bad Godesberg de Hitler; Gran Bretaña y Francia aceptaron. Después aliviaron sus conciencias ofreciendo garantizar el fragmento desarmado restante de Checoslovaquia, aunque se habían negado a defender el Estado intacto y armado. La garantía nunca se aplicó.

Kissinger trata Múnich como el resultado acumulativo de una larga actitud. Los vencedores habían admitido la inequidad de Versalles y con ello erosionaron la base psicológica para defenderlo. El arreglo posterior a Napoleón había sido generoso y defendido por una alianza clara; Versalles fue punitivo y luego desmantelado por sus propios autores. La República de Weimar se había desprendido de las reparaciones, de las comisiones de control y de la ocupación de Renania. Hitler había eliminado las restricciones armamentísticas, las prohibiciones de reclutamiento y la desmilitarización de Locarno. Para 1938, las decisiones habían adquirido impulso. Las democracias habían rechazado durante dos décadas el pensamiento de equilibrio de poder y prometido un orden moral superior. Cuando Hitler desafió ese orden, se sintieron obligadas a agotar la conciliación antes de que sus públicos pudieran aceptar la resistencia.

De Múnich a la crisis polaca

Múnich fue celebrado por muchos contemporáneos porque parecía demostrar que la guerra podía evitarse mediante razón y concesión. Roosevelt felicitó a Chamberlain, y los dirigentes de la Commonwealth elogiaron sus esfuerzos. Sin embargo, Hitler salió de Múnich sombrío antes que triunfante. Había querido la guerra, tanto como medio para cumplir sus ambiciones como por necesidad psicológica. Sus generales habían estado lo bastante inquietos para contemplar la oposición si lanzaba una guerra por Checoslovaquia, pero su éxito los privó de cualquier justificación práctica para actuar. Kissinger incluso sugiere que Hitler quizá tenía razón, según su propia lógica, al sentirse engañado. Una guerra por Checoslovaquia podría haber sido difícil de sostener para las democracias porque el asunto estaba enredado con la autodeterminación y la opinión pública no estaba preparada para grandes sacrificios.

Paradójicamente, Múnich marcó el final de la estrategia diplomática que tan bien le había servido a Hitler. Hasta entonces, podía apelar a la culpa occidental por Versalles. Después de Múnich, había recibido las principales concesiones plausibles disponibles bajo ese argumento. Las demandas posteriores dependerían cada vez más de la fuerza. En Gran Bretaña en particular, Bad Godesberg y Múnich agotaron las reservas restantes de buena voluntad. Chamberlain regresó proclamando la paz. También estaba decidido a resistir nuevos chantajes e inició un importante programa de rearme.

El tratamiento de Kissinger a Chamberlain es más matizado que la imagen común de simple rendición. Chamberlain fue enormemente popular después de Múnich y más tarde quedó asociado al fracaso porque la promesa de paz se derrumbó. Los públicos democráticos pueden castigar a los líderes por llevar a cabo políticas que esos mismos públicos habían deseado al principio. Chamberlain recibió poco crédito por usar el tiempo posterior a Múnich para restaurar la fuerza aérea británica y preservar la unidad nacional. Kissinger trata a los apaciguadores como a menudo ingenuos antes que deshonrosos. Intentaban aplicar el idealismo wilsoniano después de que el agotamiento hubiera desacreditado la diplomacia tradicional. Su debilidad consistía en tratar la política exterior en exceso como un problema de sospecha, malentendido y reconciliación psicológica.

Hitler destruyó sus ilusiones restantes en marzo de 1939 al ocupar el resto de Checoslovaquia. Las tierras checas se convirtieron en un protectorado alemán, mientras que Eslovaquia se volvió formalmente independiente pero en la práctica fue un satélite alemán. Ese acto tenía poco sentido en términos convencionales de política de poder. Checoslovaquia ya había perdido sus defensas y sus alianzas, Europa Oriental se estaba ajustando al predominio alemán y la Unión Soviética se había debilitado mediante purgas. Alemania podía haber esperado y obtener la sumisión de la región con el tiempo. Esperar, sin embargo, era precisamente lo que el temperamento de Hitler no permitía.

La ocupación de Praga transformó el significado moral de la expansión alemana. Su efecto principal fue moral antes que geopolítico: mostró que Hitler buscaba dominación, no igualdad ni autodeterminación. Al incorporar poblaciones no alemanas al Reich, violó el mismo principio en nombre del cual se habían tolerado reclamaciones anteriores. La paciencia británica no había sido simple cobardía ni debilidad nacional; había estado ligada a un marco moral. Una vez que Hitler violó inequívocamente ese marco, la opinión pública británica y después la política de Chamberlain se endurecieron. Desde ese momento, Gran Bretaña resistiría a Hitler porque ya no se podía confiar en él.

Esto produjo la ironía final del capítulo. Los supuestos wilsonianos habían vuelto maleables a las democracias al fomentar la culpa por Versalles, la reticencia a invocar el equilibrio de poder y la fe en la revisión pacífica. Sin embargo, cuando Hitler violó los criterios morales de esa misma visión del mundo, el wilsonianismo generó una intransigencia más aguda que la que quizá habría producido la Realpolitik tradicional. Las cuestiones de Danzig y del corredor polaco en 1939 eran formalmente similares al problema de los Sudetes y podían, en teoría, discutirse bajo la autodeterminación. Después de Praga, sin embargo, el contexto moral había cambiado. El mismo impulso perfeccionista que había alentado concesiones ahora las descartaba. La guerra pasó a ser solo cuestión de tiempo a menos que Hitler se detuviera, y detenerse era psicológicamente imposible. Antes de que esa guerra llegara, señala Kissinger, el sistema todavía tenía que absorber una sacudida más procedente de la Unión Soviética de Stalin.


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