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Resumen: Diplomacia, de Kissinger — Capítulo 13 — La subasta de Stalin

Detalle de la portada del libro Diplomacy, de Henry Kissinger. La imagen muestra grandes letras serifadas marrones que forman Henry Kissinger en la mitad superior, una línea horizontal negra en el centro y el título Diplomacy en letras serifadas rojas debajo, sobre un fondo blanco sencillo, sin personas, sala, paisaje ni escena histórica.

La imagen de portada sitúa este resumen de capítulo dentro del estudio más amplio de Kissinger sobre diplomacia y orden internacional.

En 1994, Henry Kissinger publicó el libro La Diplomacia. Él fue un diplomático erudito y renombrado que sirvió como Consejero de Seguridad Nacional de los Estados Unidos y Secretario de Estado. Su libro ofrece un amplio panorama de la historia de las relaciones exteriores y del arte de la diplomacia, con un énfasis especial en el siglo XX y el mundo occidental. Kissinger, conocido por su alineación con la escuela realista de Relaciones Internacionales, explora los conceptos del equilibrio de poder, de la razón de estado y de la Realpolitik a través de diferentes épocas.

Su trabajo ha sido ampliamente elogiado por su alcance y complejidad. Sin embargo, también ha sido criticado por su enfoque en individuos en lugar de en fuerzas estructurales, y por presentar una visión reduccionista de la historia. Además, los críticos han señalado que el libro se concentra excesivamente en el papel individual de Kissinger en los eventos, potencialmente exagerando su impacto sobre ellos. De todos modos, sus ideas merecen ser consideradas.

Este artículo presenta un resumen de las ideas de Kissinger en el decimotercer capítulo de su libro, titulado "La subasta de Stalin".

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El realismo de Stalin tras el lenguaje ideológico

Kissinger comienza rechazando la idea de que la ideología determinara mecánicamente la política exterior. Si la incompatibilidad ideológica hubiera sido decisiva, Hitler y Stalin no habrían podido darse la mano. Sin embargo, el interés geopolítico común ya había unido antes a socios improbables, y a finales de la década de 1930 acercó a Alemania y la Unión Soviética pese a su odio proclamado. La comparación entre los dos dictadores importa porque Kissinger los ve como tipos radicalmente distintos de revolucionarios. Hitler vivía de intensidad demagógica, instinto, teatralidad e impaciencia. Stalin llegó al poder con más lentitud, mediante sigilo burocrático, anonimato calculado y destrucción de rivales. No era menos monstruoso, pero se entendía a sí mismo como servidor de una verdad histórica y poseía una paciencia que Hitler no tenía.

Esa paciencia convirtió a Stalin en un diplomático formidable. Kissinger lo llama el supremo realista de su época, un Richelieu moderno que estudiaba el equilibrio de poder mientras trataba el lenguaje moral como camuflaje. La rigidez ideológica de Stalin se aplicaba a la doctrina, no a la táctica. Como creía que el comunismo encarnaba las leyes de la historia, se sentía libre para perseguir el interés nacional soviético sin apego sentimental a aliados, tratados o categorías morales. Los dirigentes occidentales confundieron sus discursos ideológicos densos con inflexibilidad política, aunque el bolchevismo le ayudaba a justificar la flexibilidad táctica.

El bolchevismo de Stalin también hacía que su diplomacia resultara difícil de entender para los estadistas occidentales. Los dirigentes comunistas se veían como científicos de la historia, capaces de leer leyes sociales objetivas y de manipular los acontecimientos solo de acuerdo con esas leyes. Por tanto, las concesiones se hacían a la realidad objetiva, no a la persuasión ni a la buena voluntad. De esa premisa se desprendía una regla constante: la Unión Soviética no debía librar batallas desesperadas por causas dudosas.

Stalin no distinguía moralmente entre Estados capitalistas. La Alemania nazi, Francia y Gran Bretaña pertenecían todos al mundo capitalista, y la actitud soviética hacia cada uno dependía de cuál pareciera el mayor peligro en un momento dado. Su pesadilla era una coalición capitalista unida contra la Unión Soviética. Su solución preferida, ya visible en la lógica de Lenin y en la política soviética de la década de 1920, era aplazar el conflicto hasta que las potencias capitalistas empezaran a luchar entre sí.

La seguridad colectiva como seguro, no como conversión

Esta lógica explica por qué el anticomunismo de Hitler no excluyó inicialmente una acomodación soviético-alemana. Después del ascenso de Hitler, Stalin señaló que la política soviética se guiaría por los intereses soviéticos, no por juicios sobre el fascismo en cuanto tal. Kissinger subraya que Stalin, el gran ideólogo, puso la ideología al servicio de la Realpolitik. Richelieu o Bismarck habrían entendido el método; las democracias, que habían rechazado la política de poder en favor del lenguaje de la seguridad colectiva, no lo entendieron.

Stalin sí entró en el campo anti-Hitler, pero solo después de que fracasaran sus primeros gestos hacia Alemania y de que la retórica antibolchevique de Hitler pareciera potencialmente seria. La nueva línea apareció en el Séptimo Congreso de la Internacional Comunista en 1935, donde Moscú alentó un frente unido de fuerzas amantes de la paz. Bajo Maxim Litvinov, la Unión Soviética ingresó en la Sociedad de Naciones y se convirtió en defensora de la seguridad colectiva.

Para Kissinger, ese giro no significaba que Stalin hubiera adoptado supuestos wilsonianos. Usó la retórica wilsoniana como seguro contra el peligro de que Hitler dirigiera la expansión alemana hacia el este. El objetivo era extraer la máxima ayuda del mundo capitalista, no reconciliarse con él. Muchos dirigentes occidentales pasaron por alto esa distinción porque querían que la participación común en la seguridad colectiva reflejara fines políticos compartidos.

El sistema resultante estaba atravesado por la desconfianza. Stalin firmó pactos con Francia en 1935 y con Checoslovaquia al año siguiente, pero Francia rechazó conversaciones entre estados mayores. Stalin leyó esa negativa como una advertencia de que Francia quizá quería que Alemania golpeara primero hacia el este. En consecuencia, la ayuda soviética a Checoslovaquia dependía de una acción francesa previa, lo que dejaba a Stalin libre para permitir que los imperialistas lucharan si eso servía a los intereses soviéticos. Francia había creado un vínculo político sin contenido militar operativo, algo que Kissinger presenta como síntoma de la irrealidad de entreguerras de las democracias.

Europa Oriental hacía el problema casi insoluble. Sin la Unión Soviética, la seguridad colectiva no podía funcionar militarmente; con ella, el sistema no podía funcionar políticamente. Polonia y Rumanía temían el rescate soviético casi tanto como un ataque alemán, y los agravios soviéticos contra ellas eran reales desde la perspectiva de Moscú. Así, los Estados más expuestos a Alemania resistían la participación soviética necesaria para una disuasión creíble.

Múnich y la apertura de la subasta de Stalin

La política occidental profundizó la sospecha de Stalin de que las potencias capitalistas podían intentar dirigir a Hitler hacia el este. La Unión Soviética fue excluida de grandes movimientos diplomáticos, incluida la Conferencia de Múnich. Aun así, Kissinger advierte contra convertir los errores occidentales en la causa principal del pacto Hitler-Stalin. La paranoia de Stalin era real y extrema, pero en política exterior siguió siendo un calculador frío. Múnich confirmó sus sospechas; no creó su estrategia.

En Múnich, era improbable que Stalin arriesgara una guerra desesperada para defender el arreglo de Versalles. El tratado soviético con Checoslovaquia exigía actuar solo después de que Francia actuara, y esa condición preservaba las opciones soviéticas. Stalin podía exigir paso por Polonia y Rumanía, contar con su negativa y usarla como excusa para esperar. También podía usar la crisis para recuperar territorios perdidos después de la Revolución rusa. Lo que Kissinger considera menos plausible es la imagen de Stalin como último defensor sincero de la seguridad colectiva en Europa Central.

Múnich alteró las tácticas de Stalin al abrir un mercado para la cooperación o la neutralidad soviéticas. Una vez que Polonia se convirtió en el siguiente objetivo probable de Alemania, Stalin no deseaba enfrentarse al ejército alemán en la frontera soviética existente ni luchar contra Hitler si existía una alternativa más barata. Una nueva partición de Polonia ofrecía esa alternativa. En enero de 1939, un artículo de un periódico londinense asociado a círculos diplomáticos soviéticos sugirió que Moscú veía poca diferencia entre las democracias occidentales y las potencias fascistas. Al hacer que el artículo se reimprimiera en Pravda, Stalin dejó claro que las diferencias con Berlín podían tratarse como problemas prácticos.

Stalin formuló el punto con más autoridad en el XVIII Congreso del Partido, en marzo de 1939, pocos días antes de que Hitler ocupara Praga. Las purgas habían devastado el partido y el Ejército Rojo, y los delegados supervivientes estaban preocupados ante todo por sobrevivir. El discurso de Stalin mantuvo la fórmula de las intenciones pacíficas soviéticas, pero su significado estratégico había cambiado. Declaró que la Unión Soviética mantendría relaciones prácticas con los Estados que respetaran los intereses soviéticos y evitaría ser arrastrada a conflictos por potencias que buscaban que otros combatieran por ellas. Para Kissinger, era una invitación a la Alemania nazi para pujar.

Stalin siempre había cubierto sus compromisos durante el periodo de seguridad colectiva, pero 1939 cambió el calendario. Antes había preservado la opción de un arreglo separado después de que empezara la guerra. Ahora maniobraba para lograr un arreglo separado antes de que empezara. La sorpresa de las democracias reflejó su incapacidad para reconocer que la identidad revolucionaria de Stalin lo hacía no menos, sino más dispuesto a calcular el poder sin restricciones morales.

La garantía británica y la influencia soviética

Después de que Hitler ocupara Praga, Gran Bretaña abandonó el apaciguamiento, pero lo hizo con un sentido confuso del tiempo y del método. Gran Bretaña afrontó por tanto una elección entre un sistema tradicional de alianzas, que exigiría negociar con aliados potenciales, y la seguridad colectiva, que suponía que todos los Estados amenazados tenían el mismo interés en resistir la agresión. El Gabinete eligió lo segundo.

La debilidad de esa elección apareció de inmediato. Gran Bretaña preguntó a varios Estados, incluidos Polonia y la Unión Soviética, cómo responderían ante una supuesta amenaza a Rumanía. Cada uno contestó según el interés nacional antes que según un principio colectivo. Polonia se negó a defender Rumanía o a cooperar con la Unión Soviética, y tanto Polonia como Rumanía rechazaron fuerzas soviéticas en su territorio. La propuesta soviética de una conferencia en Bucarest era una trampa: la aceptación legitimaría la participación soviética, mientras que el rechazo permitiría a Moscú mantenerse al margen.

Gran Bretaña avanzó entonces hacia una declaración más laxa entre Gran Bretaña, Francia, Polonia y la Unión Soviética, pero también eso evitaba la cuestión militar central. Presuponía una cooperación entre Polonia y la Unión Soviética que no existía. Polonia obligó a Gran Bretaña a elegir. Una garantía a Polonia reduciría el incentivo de Stalin para comprometerse, porque Gran Bretaña estaría obligada a luchar antes de que el territorio soviético quedara amenazado. Un pacto soviético, en cambio, exigiría concesiones que Stalin sin duda reclamaría, probablemente incluida una expansión hacia el oeste de la frontera soviética.

La indignación moral y la confusión estratégica empujaron a Gran Bretaña a la garantía polaca del 31 de marzo de 1939. Chamberlain la redactó como recurso provisional para disuadir un movimiento alemán esperado. Sin embargo, esos compromisos cubrían países que los gobiernos británicos habían insistido durante mucho tiempo en que no podían defender. Más importante aún, Kissinger sostiene que la garantía dio a Stalin gran parte de lo que quería sin exigir reciprocidad. Si Hitler se movía hacia el este, Gran Bretaña entraría en la guerra cientos de kilómetros antes de que el ejército alemán alcanzara la frontera soviética.

La garantía descansaba sobre supuestos que Kissinger considera erróneos. Polonia era heroica, pero no una gran potencia militar capaz de resistir sola a Alemania. Francia y Gran Bretaña no eran lo bastante fuertes para derrotar a Alemania sin otros aliados si Polonia se derrumbaba rápido. La Unión Soviética no tenía un interés asentado en preservar el statu quo de Europa Oriental. Por último, el abismo ideológico entre Hitler y Stalin no era tan absoluto como para que Moscú tuviera que unirse a la coalición anti-Hitler. Una vez que Gran Bretaña hubo garantizado Polonia, Stalin podía explorar la opción alemana con mucho menos riesgo.

Las pujas de Gran Bretaña y Alemania

La estrategia de Stalin consistía en seguir siendo la última gran potencia en comprometerse. Así podía ofrecer cooperación o neutralidad al mejor postor. Gran Bretaña quería preservar el arreglo de Europa Oriental y evitar la guerra. Stalin creía que la guerra era probable y quería sus beneficios sin sus costes inmediatos. Cuanto más demostraba Gran Bretaña lealtad a Polonia, más seguro se sentía Stalin al negociar con Berlín.

En abril de 1939, Gran Bretaña propuso que la Unión Soviética emitiera una declaración unilateral prometiendo ayuda a los vecinos europeos que resistieran una agresión. Stalin rechazó la idea por unilateral. Respondió con una alianza británico-franco-soviética, una convención militar y garantías para todos los Estados situados entre el Báltico y el mar Negro. Kissinger argumenta que Stalin sabía que la oferta sería difícil de aceptar. Los Estados de Europa Oriental no querían garantías soviéticas, la convención llevaría tiempo y Gran Bretaña había pasado años evitando precisamente esa alianza.

A medida que los dirigentes británicos se acercaban lentamente a las condiciones soviéticas, Stalin elevó el precio. En mayo, Molotov reemplazó a Litvinov como ministro de Exteriores, señal de que Stalin había asumido el control personal. Molotov exigió garantías para todos los países situados a lo largo de la frontera soviética y amplió la agresión para incluir la «agresión indirecta», es decir, concesiones a amenazas alemanas incluso sin invasión. Como Moscú definiría esa cesión, la demanda equivalía a reclamar un derecho de intervención en los asuntos internos de los vecinos soviéticos.

Para julio, Stalin tenía suficiente tranquilidad desde el lado occidental. Los negociadores soviéticos y occidentales alcanzaron un borrador de tratado que parecía aceptable, lo que le daba una red de seguridad mientras probaba la oferta de Hitler. Durante el mismo periodo, Stalin señaló su disposición a considerar una propuesta alemana, pero evitó moverse primero. Hitler vacilaba por la misma razón, temiendo que Stalin usara un acercamiento alemán para mejorar las condiciones con Gran Bretaña y Francia. Los nervios de Stalin eran más firmes porque no afrontaba un plazo inmediato, mientras que Hitler necesitaba claridad antes de atacar Polonia.

La puja alemana comenzó mediante negociaciones comerciales a finales de julio. Karl Schnurre, representante de Alemania, sugirió que ningún problema desde el Báltico hasta el mar Negro o en Extremo Oriente quedaba fuera de un arreglo entre Berlín y Moscú. A mediados de agosto, Molotov preguntó qué significaba eso en términos concretos: presión sobre Japón, un pacto de no agresión, arreglos bálticos y Polonia. Hitler, cada vez más desesperado, estaba dispuesto a conceder porque quería la neutralidad soviética antes de atacar Polonia.

Stalin comprendió que Alemania estaba preparada para negociar a un nivel más alto y con más concreción que Gran Bretaña. Ribbentrop fue ofrecido como enviado plenipotenciario, mientras que ningún ministro británico había ido a Moscú durante las prolongadas negociaciones occidentales. Aun así, Stalin exigió una propuesta alemana precisa antes de aceptar la visita, incluido un protocolo secreto sobre cuestiones territoriales. Eso lo protegía si las conversaciones fracasaban, porque la iniciativa y el borrador serían alemanes.

El 20 de agosto, Hitler escribió directamente a Stalin para pedir negociaciones urgentes. Stalin había ganado la competición de paciencia. Hitler estaba a punto de ofrecer, sin una guerra soviética contra Alemania, lo que una alianza con Gran Bretaña y Francia solo podía ofrecer después de un conflicto sangriento: revisión territorial en Europa Oriental. Stalin respondió favorablemente e invitó a Ribbentrop a Moscú. En tres días, la revolución diplomática estaba completa.

El pacto y su significado

En Moscú, Stalin mostró poco interés por las profesiones de amistad o por la fórmula de no agresión en sí misma. Lo esencial era el protocolo secreto que dividía Europa Oriental. Alemania propuso partir Polonia en esferas siguiendo la antigua frontera imperial, con Varsovia del lado alemán. Finlandia y Estonia quedarían en la esfera soviética, Lituania en la alemana, y Letonia sería dividida. Stalin exigió toda Letonia, y Hitler cedió. También aceptó la reclamación de Stalin sobre Besarabia, en Rumanía.

Kissinger rechaza la idea de que solo la lentitud británica causara el pacto. Londres cometió graves errores psicológicos: ningún ministro fue a Moscú, las conversaciones militares se retrasaron, la composición de la delegación no respondía a las preocupaciones soviéticas sobre la guerra terrestre y la lenta llegada de la misión sugería falta de urgencia. La reticencia británica a garantizar los Estados bálticos también alimentó el temor de Stalin de que Hitler pudiera ser invitado a golpear a la Unión Soviética.

Sin embargo, el problema más profundo no fue la torpeza, sino la incompatibilidad entre los principios británicos y el precio de Stalin. Gran Bretaña no podía trazar una línea moral contra los ataques alemanes a países pequeños y conceder al mismo tiempo a la Unión Soviética un derecho equivalente a dominar a sus vecinos. Una política británica más dura y más cínica quizá habría trazado la línea defensiva en la frontera soviética, no en la polaca, dando así a Stalin una razón más fuerte para negociar la defensa de Polonia. Las democracias, sin embargo, no podían consagrar moralmente un conjunto de agresiones para detener otro. Stalin tenía estrategia sin principios; las democracias tenían principios sin estrategia.

La comparación final con 1914 afina el juicio de Kissinger. En 1914, la planificación militar había sobrepasado el propósito político; en 1939, las potencias occidentales tenían un propósito político defendible, pero ninguna estrategia militar capaz de alcanzarlo. Polonia no podía ser defendida por un ejército francés pasivo detrás de la línea Maginot mientras el ejército soviético permanecía dentro de sus propias fronteras. Rusia importó decisivamente en ambas guerras: en 1914 mediante la movilización rígida y las obligaciones de alianza, y en 1939 mediante la decisión de Stalin de liberar a Hitler del miedo a una guerra en dos frentes.

Alemania también repitió su impaciencia. En ambas crisis eligió la guerra cuando esperar podía haber fortalecido su posición. La Unión Soviética, por el contrario, entró en la crisis mal equipada, pero salió de la Segunda Guerra Mundial como superpotencia. La afirmación final de Kissinger es que el ascenso soviético comenzó en la manipulación implacable de Stalin de la subasta diplomática creada por la fragmentación de Europa.


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