Historia Mundum

Resumen: Diplomacia, de Kissinger - Capítulo 16 - Tres aproximaciones a la paz

Detalle de la portada del libro Diplomacy, de Henry Kissinger. La imagen muestra grandes letras serifadas marrones que forman Henry Kissinger en la mitad superior, una línea horizontal negra en el centro y el título Diplomacy en letras serifadas rojas debajo, sobre un fondo blanco sencillo, sin personas, sala, paisaje ni escena histórica.

Portada de Diplomacy, de Henry Kissinger, usada como imagen compartida de esta serie de resúmenes.

En 1994, Henry Kissinger publicó el libro La Diplomacia. Él fue un diplomático erudito y renombrado que sirvió como Consejero de Seguridad Nacional de los Estados Unidos y Secretario de Estado. Su libro ofrece un amplio panorama de la historia de las relaciones exteriores y del arte de la diplomacia, con un énfasis especial en el siglo XX y el mundo occidental. Kissinger, conocido por su alineación con la escuela realista de Relaciones Internacionales, explora los conceptos del equilibrio de poder, de la razón de estado y de la Realpolitik a través de diferentes épocas.

Su trabajo ha sido ampliamente elogiado por su alcance y complejidad. Sin embargo, también ha sido criticado por su enfoque en individuos en lugar de en fuerzas estructurales, y por presentar una visión reduccionista de la historia. Además, los críticos han señalado que el libro se concentra excesivamente en el papel individual de Kissinger en los eventos, potencialmente exagerando su impacto sobre ellos. De todos modos, sus ideas merecen ser consideradas.

Este artículo presenta un resumen de las ideas de Kissinger en el decimosexto capítulo de su libro, titulado "Tres aproximaciones a la paz: Roosevelt, Stalin y Churchill en la Segunda Guerra Mundial".

Puede encontrar todos los resúmenes disponibles de este libro, o puede leer el resumen del capítulo anterior del libro, haciendo clic en estos enlaces.


La victoria hizo inevitable la cuestión de posguerra

La invasión alemana de la Unión Soviética convirtió la guerra europea en el mayor conflicto terrestre de la historia. Los ejércitos alemanes devastaron territorio soviético, pero no lograron destruir el Estado soviético. Fueron detenidos ante Moscú en el invierno de 1941 y después quebrados en Stalingrado en el invierno de 1942-1943, donde se perdió el Sexto Ejército y el esfuerzo bélico alemán recibió un golpe decisivo. Cuando el Eje ya no podía ganar plausiblemente la guerra en Europa, Churchill, Roosevelt y Stalin tuvieron que pensar en las consecuencias políticas de la victoria.

Para Kissinger, cada dirigente abordó ese problema a través de la memoria y los intereses de su país. Churchill quería reconstruir un equilibrio europeo de poder. Eso significaba revivir a Gran Bretaña, Francia y finalmente incluso a una Alemania derrotada como contrapesos frente a la Unión Soviética, con Estados Unidos aportando fuerza al arreglo. Roosevelt imaginaba un sistema distinto, en el que Estados Unidos, Gran Bretaña, la Unión Soviética y China actuarían como los «Cuatro Policías», supervisando la paz y conteniendo a futuros agresores. Stalin perseguía una mezcla de ideología comunista y política tradicional rusa de seguridad: la Unión Soviética convertiría sus victorias en influencia sobre Europa Central y Oriental, creando zonas colchón contra cualquier amenaza alemana resucitada.

Estos objetivos representaban algo más que preferencias distintas dentro de un arreglo común. Descansaban en supuestos contradictorios sobre cómo se preservaba la paz. Roosevelt creía que la derrota de Hitler eliminaría el principal obstáculo para un orden mundial cooperativo. Churchill pensaba que la paz exigía equilibrio entre potencias, porque la buena voluntad por sí sola no podía contener al Estado más fuerte. Stalin suponía que la paz más segura era la garantizada por ejércitos, fronteras y gobiernos dóciles. La alianza podía aplazar esas contradicciones mientras Alemania siguiera siendo peligrosa. Cuando Alemania se debilitó, las contradicciones se convirtieron en la materia de la futura Guerra Fría.

Los Cuatro Policías de Roosevelt y el rechazo del equilibrio

Roosevelt había percibido antes que la mayoría de estadounidenses que una victoria de Hitler amenazaría a Estados Unidos. Sin embargo, Kissinger subraya que Roosevelt no llevó a Estados Unidos a la guerra para restaurar la vieja diplomacia europea. Rechazaba el equilibrio de poder, las esferas de influencia, los acuerdos secretos y los imperios coloniales como partes de un sistema que había fracasado repetidamente. Su objetivo era un orden de posguerra basado en armonía, seguridad colectiva y responsabilidad compartida de las grandes potencias.

Este idealismo moldeó los planes prácticos de Roosevelt de maneras que Kissinger considera profundamente consecuentes. Roosevelt no pretendía mantener tropas estadounidenses en Europa después de la derrota alemana. En 1944 dijo a Churchill que no podía dejar fuerzas estadounidenses en Francia y que Gran Bretaña tendría que cargar con el peso europeo. También rechazó una responsabilidad estadounidense por la reconstrucción económica de Francia, Italia y los Balcanes, describiendo esa tarea como naturalmente británica por la proximidad y el interés de Gran Bretaña. A juicio de Kissinger, esta posición diplomática de Roosevelt sobrestimaba enormemente la capacidad británica de posguerra. También subestimaba el vacío estratégico que surgiría si Estados Unidos se retiraba mientras Alemania quedaba desarmada y Francia seguía débil.

El desprecio de Roosevelt por Francia intensificó el problema. En Yalta, en febrero de 1945, se burló del esfuerzo de Churchill por restaurar a Francia como gran potencia y trató la recuperación francesa como un proyecto británico artificial. Para Churchill, en cambio, una Francia fortalecida era uno de los pocos medios disponibles para resistir la dominación soviética en Europa. Roosevelt imaginaba que los vencedores podrían supervisar Alemania, desarmar amenazas potenciales y vigilar el mundo de forma colectiva. En ese diseño, incluso Francia podía ser tratada como un país sujeto a control antes que como pilar de la recuperación europea.

Los «Cuatro Policías» fueron el compromiso de Roosevelt entre el universalismo wilsoniano puro y el realismo de equilibrio de poder de Churchill. En comparación con la Sociedad de Naciones, el nuevo sistema tendría ejecutores. Las grandes potencias permanecerían armadas, la mayoría de los demás Estados se desarmaría, y los vencedores armados cooperarían para preservar la paz. Kissinger observa que el diseño se parecía más a la Santa Alianza de Metternich de lo que los liberales estadounidenses habrían querido admitir, porque ambos sistemas imaginaban una coalición de vencedores preservando la paz mediante responsabilidad compartida. La diferencia era decisiva: el sistema de Metternich descansaba en un equilibrio real de poder y en algunos valores compartidos entre los Estados principales, mientras que el sistema de Roosevelt emergía de una guerra que había destruido el equilibrio y unido a potencias divididas por la ideología.

El concepto de Roosevelt no tenía una respuesta seria a la posibilidad de que uno de los policías, especialmente la Unión Soviética, se negara a hacer cumplir la paz como Roosevelt la imaginaba. Si eso ocurría, el equilibrio de poder tendría que reconstruirse después de que los elementos del equilibrio ya hubieran sido descartados. Kissinger ve esto como el defecto central del enfoque de Roosevelt. Cuanto más rotundamente denunciaba la política estadounidense el pensamiento de equilibrio de poder durante la guerra, más difícil resultaba crear un equilibrio después de que la Unión Soviética ocupara los territorios en disputa.

El cinturón de seguridad de Stalin y la Realpolitik soviética

Stalin difícilmente podía ser más distinto de Roosevelt. Kissinger lo describe como practicante de la Realpolitik del Viejo Mundo, no como converso al lenguaje cooperativo de la alianza de guerra. Stalin definía la paz como a menudo la habían definido los estadistas rusos: el cinturón de seguridad más amplio posible alrededor de las fronteras expuestas del país. Celebró la rendición incondicional porque eliminaría a Alemania, Italia y Japón como actores diplomáticos en una conferencia de paz e impediría que cualquier potencia derrotada desempeñara el papel que Talleyrand había desempeñado después de Napoleón.

La ideología comunista reforzaba, en vez de sustituir, la tradición estratégica rusa. Stalin no distinguía moralmente entre Estados capitalistas fascistas y democráticos como lo hacía Roosevelt, aunque entendía que las democracias eran menos despiadadas y quizá menos formidables. En la lectura de Kissinger, no tenía razón para cambiar territorio por buena voluntad ni para tratar las declaraciones de principio como más importantes que los ejércitos sobre el terreno. Stalin había negociado con Hitler sin convertirse en simpatizante nazi y se alió con las democracias sin aceptar supuestos democráticos. Tomaba lo que la diplomacia ofrecía y pretendía apoderarse por la fuerza de todo lo que pudiera tomarse sin arriesgar una nueva guerra.

Esto explica por qué Stalin estuvo más dispuesto a discutir objetivos de posguerra cuando la Unión Soviética era más débil. En diciembre de 1941, con fuerzas alemanas cerca de Moscú, planteó cuestiones de posguerra a Anthony Eden. En mayo de 1942 envió a Molotov a Londres y Washington para impulsar conversaciones semejantes. Stalin quería el reconocimiento de las fronteras soviéticas de 1941, incluida la Línea Curzon en Polonia y la incorporación de los Estados bálticos. También favorecía el desmembramiento de Alemania y el desplazamiento de Polonia hacia el oeste. A cambio, estaba dispuesto a reconocer demandas británicas de bases en Europa Occidental y Septentrional. Eran términos brutales, pero Kissinger sostiene que seguían siendo menos amplios que el arreglo que después surgió mediante la ocupación soviética.

En aquella etapa temprana, Stalin había mostrado flexibilidad sobre Polonia y solo tenía demandas limitadas sobre los regímenes de Europa Oriental. Kissinger subraya que el precio que Stalin habría pagado por el reconocimiento de las fronteras de 1941 es incognoscible porque Roosevelt impidió que la negociación se desarrollara. Churchill estaba dispuesto a explorar un quid pro quo. Roosevelt y el secretario de Estado Cordell Hull resistieron cualquier arreglo que pareciera la diplomacia secreta y la negociación territorial de la Primera Guerra Mundial. Hull trató esas negociaciones como violaciones de la Carta del Atlántico y de la oposición histórica estadounidense a la conquista. Stalin, al recibir esa negativa, acabó comprendiendo que Estados Unidos no le pedía concesiones sobre Europa Oriental antes de la victoria. Desde entonces, la demora servía a los intereses soviéticos.

La visita de Molotov a Washington en mayo de 1942 expuso el abismo entre las categorías de Roosevelt y las de Stalin. Roosevelt ofreció un nuevo orden mundial construido alrededor de la seguridad colectiva y los Cuatro Policías. Molotov aceptó la idea en principio, igual que había considerado la oferta anterior de Hitler de un arreglo tripartito, mientras mantenía intactos los objetivos territoriales soviéticos. Siguió centrado en fronteras, influencia en Bulgaria, Rumanía y Finlandia, y derechos especiales en los Estrechos. El punto de Kissinger es que Stalin entendía el valor negociador de esperar. Si las potencias occidentales no discutían el arreglo político mientras Alemania aún era fuerte, la Unión Soviética podía mejorar su posición avanzando con sus ejércitos.

Churchill entre dos colosos

La posición de Churchill era la más familiar históricamente para Kissinger y la menos poderosa en términos materiales. Gran Bretaña había resistido sola contra Hitler después de la caída de Francia en 1940, y solo después de que Hitler atacara a la Unión Soviética y Japón atacara Pearl Harbor pudo Churchill empezar a pensar seriamente en objetivos de guerra. Incluso entonces, Gran Bretaña luchaba junto a dos potencias mayores que amenazaban los intereses británicos desde direcciones distintas. El anticolonialismo de Roosevelt cuestionaba el Imperio británico, mientras el avance de Stalin hacia Europa Central amenazaba el equilibrio del que había dependido durante mucho tiempo la seguridad británica.

Churchill intentó por tanto preservar la política tradicional británica desde una posición de debilidad. Creía que la paz exigía equilibrio, porque un mundo dejado a la potencia más fuerte y despiadada no permanecería libre. También entendía que Gran Bretaña ya no podía defender sus intereses vitales sin participación estadounidense. Esa dependencia dificultaba su diplomacia. Para Roosevelt y muchos funcionarios estadounidenses, los esfuerzos de Churchill por pensar en términos de equilibrios, esferas e intereses imperiales parecían prueba de atraso británico. Para Churchill, la renuencia estadounidense a pensar geopolíticamente corría el riesgo de entregar Europa Oriental a la Unión Soviética.

La disputa anglo-estadounidense sobre el colonialismo agudizó esa desconfianza. Roosevelt estaba decidido a que la guerra contra la dominación fascista también debilitara el dominio imperial británico y francés. Creía que los pueblos asiáticos y africanos acabarían rebelándose contra el dominio colonial blanco y que Estados Unidos debía dirigir la transición hacia la autodeterminación antes de que se convirtiera en una lucha racial. Los funcionarios británicos rechazaron esa interpretación de la Carta del Atlántico, insistiendo en que la carta se aplicaba a las naciones liberadas de la tiranía nazi, no a los arreglos internos del Imperio británico. Estados Unidos, sin embargo, ya había decidido conceder la independencia a Filipinas, lo que hizo su argumento anticolonial más creíble de lo que Londres esperaba.

La disputa colonial tuvo un efecto limitado durante la guerra, pero la discusión sobre la estrategia militar importó de inmediato. Los dirigentes estadounidenses tendían a separar la victoria militar del diseño político de posguerra. Su modelo venía de guerras libradas hasta la victoria decisiva, especialmente la Guerra Civil y la Primera Guerra Mundial. Los diplomáticos definirían objetivos, los soldados derrotarían al enemigo y solo después se resolverían los arreglos políticos. Churchill consideraba peligrosa esa separación. Los recursos limitados de Gran Bretaña habían obligado desde hacía tiempo a sus estrategas a conectar medios y fines políticos, y el recuerdo de la Primera Guerra Mundial hacía que los líderes británicos quisieran evitar otra matanza frontal si la maniobra podía lograr resultados militares y diplomáticos.

Esa diferencia explica la controversia sobre el Mediterráneo y el segundo frente. Churchill favorecía atacar al Eje a través del norte de África, Italia y el «vientre blando» del sur de Europa. Más tarde instó a los ejércitos occidentales a tomar Berlín, Praga y Viena antes que los soviéticos. En cada caso veía las operaciones militares como instrumentos para moldear el mapa de posguerra. Los mandos estadounidenses, especialmente los comprometidos con un asalto directo a través del Canal, consideraban esas propuestas desviaciones que arriesgaban vidas estadounidenses para fines políticos británicos. Roosevelt apoyó el desembarco en el norte de África en noviembre de 1942 y la campaña italiana en 1943, pero se opuso a una estrategia balcánica y finalmente aceptó el desembarco de Normandía en junio de 1944 como el segundo frente decisivo.

Stalin también quería un segundo frente en Francia, y sus razones iban más allá del alivio militar. Al comienzo de la guerra necesitaba alivio frente a la presión alemana. Después de Stalingrado, sin embargo, la lógica estratégica cambió. Un desembarco occidental en Francia mantendría a los ejércitos anglo-estadounidenses lejos de Europa Oriental, los Balcanes y las regiones donde se concentraban las ambiciones soviéticas. Kissinger rechaza el argumento de que la intransigencia posterior de Stalin resultara principalmente de la demora aliada en abrir el segundo frente. Era improbable que el organizador de las purgas, la masacre de Katyn y el pacto nazi-soviético se hubiera vuelto cínico por la estrategia aliada. La ira de Stalin por el segundo frente sirvió a su diplomacia, pero su política hacia Europa Oriental provenía de objetivos más profundos.

El arreglo perdido y la rendición incondicional

Kissinger presenta la negativa a discutir objetivos de posguerra durante la guerra como la decisión fatal que hizo inevitable la Guerra Fría. En su opinión, los Estados que buscan estabilidad deben fijar los términos esenciales de la paz mientras el enemigo aún está en el campo de batalla. La fuerza restante del enemigo fortalece indirectamente a los aliados moderados porque nadie puede reclamar aún los premios por completo. Una vez consumada la victoria, la potencia más decidida que posee el territorio disputado solo puede ser desplazada mediante confrontación.

Este problema se intensificó con la política de rendición incondicional de Casablanca en enero de 1943. Roosevelt apoyó esa fórmula en parte para evitar discusiones de paz divisivas con Alemania, en parte para asegurar a Stalin que no habría paz separada y en parte para impedir otra afirmación alemana de que la nación había sido traicionada en vez de derrotada. Sin embargo, la rendición incondicional también significaba que las potencias del Eje no tendrían lugar en un arreglo político. Sin un acuerdo aliado previo sobre objetivos de posguerra, el vacío sería llenado por los ejércitos que llegaran primero.

El enfoque de Roosevelt produjo planes detallados para las instituciones cooperativas del mundo de posguerra mientras dejaba sin resolver las cuestiones geopolíticas. Conferencias en Dumbarton Oaks, Bretton Woods, Hot Springs y otros lugares desarrollaron arreglos para las Naciones Unidas, las finanzas mundiales, la alimentación y la agricultura, y la ayuda y rehabilitación. Estos eran los componentes wilsonianos del orden. No hubo, sin embargo, un arreglo comparable sobre Europa Oriental, el equilibrio de poder o los criterios por los cuales los países liberados elegirían gobiernos bajo ocupación.

Kissinger sugiere que un arreglo negociado en 1941 o 1942 podría haber producido algo parecido al modelo finlandés para partes de Europa Oriental: respeto por la seguridad soviética, quizá con bases o asistencia mutua, combinado con autonomía interna y política exterior no alineada. Ese resultado nunca fue seguro, y los Estados bálticos planteaban un problema especialmente difícil. Aun así, habría sido más fácil perseguirlo antes de que los ejércitos soviéticos controlaran la región. Al aplazar la negociación, las potencias occidentales dejaron a Stalin libre para convertir el avance militar en control político.

Teherán y la personalización de la diplomacia

La Conferencia de Teherán, del 28 de noviembre al 1 de diciembre de 1943, fue, a juicio de Kissinger, la oportunidad perdida más importante que Yalta. Para entonces Stalingrado había sido ganado, la supervivencia soviética estaba asegurada y una paz separada soviética con Hitler era muy improbable. Los ejércitos soviéticos aún no habían llegado a imponer su sistema en toda Europa Oriental. Si el arreglo de posguerra debía negociarse en una cumbre, Teherán era el momento para un arreglo negociado de posguerra.

Stalin controló buena parte del escenario. Teherán estaba cerca de territorio soviético, y Roosevelt aceptó la invitación de Stalin a alojarse en el complejo soviético después de que se plantearan preocupaciones de seguridad. Roosevelt quiso que el gesto fuera una señal de confianza. Stalin lo trató como útil y secundario. Mantuvo la presión sobre los dirigentes occidentales por el retraso del segundo frente, consiguió una promesa de desembarco en Francia en 1944 y aceptó la desmilitarización de Alemania y las zonas de ocupación. La discusión de los arreglos de posguerra llegó tarde y siguió siendo tentativa.

Roosevelt concedió buena parte del marco polaco de Stalin. Aceptó desplazar Polonia hacia el oeste e indicó que Estados Unidos no obligaría a los soviéticos a salir de los Estados bálticos si el Ejército Rojo los ocupaba, aunque sugirió plebiscitos. Esos comentarios eran políticamente cautelosos y no estaban formulados como un arreglo firme. El objetivo central de Roosevelt en Teherán era establecer los Cuatro Policías y cultivar la confianza de Stalin. Incluso se distanció de Churchill en presencia de Stalin, creyendo que la relación personal podía atravesar la sospecha soviética.

Kissinger trata esta confianza en las relaciones personales como uno de los errores característicos de Roosevelt. La reinvención de Stalin como «tío Joe» reflejaba no solo su propio estilo político, sino también una tendencia estadounidense a ver a los líderes extranjeros como socios potencialmente razonables si se los abordaba con suficiente buena voluntad. La disolución del Comintern por Stalin en mayo de 1943 reforzó esa impresión, aunque Kissinger la trata como un gesto de bajo coste hecho cuando la revolución mundial formal no era una prioridad soviética realista. La confianza estadounidense en la moderación de Stalin sobreviviría incluso cuando el comportamiento soviético la contradecía.

Después del desembarco de Normandía en junio de 1944, las demandas de Stalin se endurecieron a medida que la derrota alemana se volvía segura. Lo que había empezado en 1941 como una demanda de fronteras se convirtió en 1945 en una demanda de control político más allá de esas fronteras. En Polonia, pasó del posible reconocimiento del gobierno polaco en el exilio con sede en Londres a criticar su composición, luego a patrocinar el Comité de Lublin y finalmente a reconocer ese grupo dominado por comunistas como gobierno provisional. Churchill vio el significado de esta progresión, pero carecía del poder para detenerla solo. En octubre de 1944 intentó arreglar Europa Oriental directamente con Stalin mediante un tosco acuerdo de porcentajes: predominio británico en Grecia, predominio soviético en Rumanía y Bulgaria, e influencia dividida en Hungría y Yugoslavia. Kissinger trata el episodio como patético e ineficaz, porque los porcentajes no podían imponerse contra ejércitos en posesión. Grecia quedó fuera del control soviético, mientras la mayoría de los demás Estados se convirtieron en satélites soviéticos; la libertad parcial de Yugoslavia provino de su propia liberación guerrillera y de una breve ocupación soviética, no de la nota de Churchill.

Yalta y el arreglo que ya se estaba perdiendo

Yalta, en febrero de 1945, se convirtió después en el símbolo de la paz perdida, pero Kissinger sostiene que gran parte del resultado ya había sido determinado antes de que empezara la conferencia. Los ejércitos soviéticos habían cruzado las fronteras de 1941 y ocupado buena parte de la región disputada. Ya estaban interviniendo en la política interna de los países liberados. Para entonces, la negociación ocurría bajo condiciones creadas por la posesión.

Los tres dirigentes llegaron con prioridades intactas. Churchill quería discutir el arreglo europeo, restaurar a Francia como gran potencia, resistir el desmembramiento de Alemania y limitar las exigencias soviéticas de reparaciones. Roosevelt buscaba acuerdo sobre los procedimientos de votación de las Naciones Unidas y la entrada soviética en la guerra contra Japón. Stalin recibió con agrado ambos temas porque consumían tiempo que de otro modo podía haberse dedicado a Europa Oriental. También entendía cómo convertir las categorías de Roosevelt en ventaja soviética, respondiendo a los llamados a la democracia con la insistencia de que los gobiernos vecinos debían ser amistosos hacia la Unión Soviética.

Los resultados reflejaron la situación militar. Churchill y Roosevelt aceptaron las fronteras soviéticas de 1941, una concesión dolorosa dada la promesa original británica de defender la integridad territorial de Polonia. Polonia se desplazaría hacia el oeste, hacia los ríos Oder y Neisse, aunque la frontera exacta quedó sin resolver. El gobierno de Lublin apoyado por los soviéticos se ampliaría para incluir a algunas figuras democráticas, y Stalin aceptó la Declaración Conjunta sobre la Europa Liberada, prometiendo elecciones libres y gobiernos democráticos. Kissinger subraya que Stalin entendía ese lenguaje a través de supuestos soviéticos, especialmente mientras el Ejército Rojo controlaba el terreno. Los estadounidenses, por el contrario, trataban los compromisos legales con seriedad y después vieron las violaciones soviéticas como prueba de mala fe.

Yalta también expuso la contradicción en la visión de Roosevelt sobre las esferas de influencia. Para asegurar la participación soviética en la guerra contra Japón, Roosevelt concedió en secreto a Stalin ventajas en Asia. Algunas reclamaciones, como el sur de Sajalín y las islas Kuriles, tenían una relación laxa con la historia y la seguridad rusas. Otras, incluidos los derechos en Port Arthur, Darien y los ferrocarriles manchúes, venían directamente del viejo imperialismo zarista. Kissinger considera esto una de las decisiones menos comprensibles de Roosevelt: aceptó una esfera soviética en el norte de China para inducir a Stalin a unirse a un orden mundial destinado a abolir las esferas de influencia.

Después de Yalta, Roosevelt presentó la conferencia al Congreso como el comienzo de una estructura permanente de paz mediante las Naciones Unidas. Enfatizó el fin de la acción unilateral, las alianzas exclusivas, las esferas de influencia y los equilibrios de poder. La esperanza seguía dominando la interpretación pública, y asesores como Harry Hopkins creían que Stalin podía seguir siendo razonable si no era socavado por colegas de línea más dura. Kissinger observa que este patrón reaparecería en el pensamiento estadounidense: el dirigente soviético era imaginado a menudo como un moderado que necesitaba ayuda contra fuerzas más intransigentes, incluso cuando la política procedía de la propia estructura del poder soviético.

Ocupación, vacío final y juicio de Kissinger

Mientras avanzaban los ejércitos soviéticos, Stalin actuó según el principio que Milovan Djilas le atribuiría después: quien ocupa un territorio impone su sistema social hasta donde llega su ejército. Las decisiones militares finales en Europa tuvieron por tanto consecuencias políticas directas. En abril de 1945, Churchill instó a Eisenhower a tomar Berlín, Praga y Viena antes que los soviéticos. Los jefes de Estado Mayor estadounidenses rechazaron la propuesta por considerarla una mezcla indebida de objetivos políticos y planificación militar. Eisenhower incluso informó a Stalin de que no pretendía avanzar sobre Berlín y propuso un encuentro aliado cerca de Dresde. Stalin aceptó el regalo, minimizó la importancia de Berlín y después concentró grandes fuerzas soviéticas para capturarla.

En abril de 1945, las violaciones soviéticas de las promesas de Yalta ya eran claras, especialmente en Polonia. Churchill apeló a Stalin para incluir a figuras polacas no fundamentalmente hostiles a la Unión Soviética, pero los criterios de Stalin significaban en la práctica gobiernos dominados por comunistas leales a Moscú. La brecha entre las esperanzas occidentales y la práctica soviética se había vuelto visible antes de que terminara la guerra en Europa.

Kissinger aún pregunta si era posible una estrategia democrática distinta. Reconoce que impedir la restauración de las fronteras soviéticas de 1941 habría sido extremadamente difícil. Algunas modificaciones, y quizá un estatuto especial para los Estados bálticos, solo habrían sido posibles cuando la Unión Soviética estaba cerca de la catástrofe en 1941 o 1942. Después de Stalingrado, sin embargo, Occidente podría haber presionado sobre la estructura política de Europa Oriental sin arriesgar seriamente el colapso soviético ni una paz separada soviética con Hitler.

El temor a una paz separada, en opinión de Kissinger, fue exagerado. Stalin nunca amenazó explícitamente con ella, y los episodios conocidos que sugieren posibles contactos soviético-alemanes son ambiguos. Una paz separada no habría resuelto los problemas centrales de Stalin ni de Hitler. Stalin habría afrontado una Alemania todavía poderosa y la futura desconfianza de las democracias. Hitler, por su parte, seguía comprometido con destruir la Unión Soviética y probablemente habría tratado cualquier tregua como temporal.

Los Cuatro Policías fracasaron porque los supuestos policías no compartían una definición de orden. La combinación de paranoia, ideología comunista y ambición imperial rusa de Stalin convirtió la seguridad colectiva en una oportunidad para la expansión soviética o en una trampa. Gran Bretaña era demasiado débil para vigilar Europa sola. China era demasiado débil y dividida para anclar Asia. Estados Unidos, por su parte, no estaba preparado para aceptar las obligaciones globales implícitas en el propio concepto de Roosevelt, ya que Roosevelt seguía prometiendo que tropas y recursos estadounidenses no permanecerían en Europa.

El juicio final de Kissinger es deliberadamente doble. El análisis geopolítico de Churchill resultó más exacto que el de Roosevelt, porque vio que la paz exigía un equilibrio contra el poder soviético. Sin embargo, la negativa de Roosevelt a pensar en términos puramente geopolíticos estaba ligada al idealismo que había llevado a Estados Unidos a la guerra y que después sostendría la resistencia durante la Guerra Fría. Si Roosevelt hubiera adoptado demasiado pronto el lenguaje de Churchill, quizá habría mejorado la posición negociadora occidental, pero habría debilitado el atractivo moral necesario para el liderazgo estadounidense. La guerra terminó por tanto con un vacío geopolítico: el viejo equilibrio de poder había sido destruido, no se había alcanzado un tratado de paz integral y el mundo quedó dividido en campos ideológicos. La lucha de posguerra se convertiría en un esfuerzo prolongado por crear el arreglo que los Aliados no habían logrado asegurar antes de la victoria.


Puede leer el resumen del próximo capítulo del libro haciendo clic en este enlace.

Comentarios