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Resumen: Diplomacia, de Kissinger - Capítulo 17 - El comienzo de la Guerra Fría

Detalle de la portada del libro Diplomacy, de Henry Kissinger. La imagen muestra grandes letras serifadas marrones que forman Henry Kissinger en la mitad superior, una línea horizontal negra en el centro y el título Diplomacy en letras serifadas rojas debajo, sobre un fondo blanco sencillo, sin personas, sala, paisaje ni escena histórica.

Portada de Diplomacy, de Henry Kissinger, usada como imagen compartida de esta serie de resúmenes.

En 1994, Henry Kissinger publicó el libro La Diplomacia. Él fue un diplomático erudito y renombrado que sirvió como Consejero de Seguridad Nacional de los Estados Unidos y Secretario de Estado. Su libro ofrece un amplio panorama de la historia de las relaciones exteriores y del arte de la diplomacia, con un énfasis especial en el siglo XX y el mundo occidental. Kissinger, conocido por su alineación con la escuela realista de Relaciones Internacionales, explora los conceptos del equilibrio de poder, de la razón de estado y de la Realpolitik a través de diferentes épocas.

Su trabajo ha sido ampliamente elogiado por su alcance y complejidad. Sin embargo, también ha sido criticado por su enfoque en individuos en lugar de en fuerzas estructurales, y por presentar una visión reduccionista de la historia. Además, los críticos han señalado que el libro se concentra excesivamente en el papel individual de Kissinger en los eventos, potencialmente exagerando su impacto sobre ellos. De todos modos, sus ideas merecen ser consideradas.

Este artículo presenta un resumen de las ideas de Kissinger en el decimoséptimo capítulo de su libro, titulado "El comienzo de la Guerra Fría".

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La muerte de Roosevelt y el fin de la unidad de guerra

Roosevelt murió el 12 de abril de 1945, cuando los ejércitos aliados ya estaban profundamente dentro de Alemania y la lucha contra Japón entraba en su fase final en Okinawa. Su muerte no salvó a la Alemania nazi, pese a la fantasía temporal de Hitler y Goebbels de que la historia pudiera repetir el «milagro de la Casa de Brandeburgo». Los crímenes nazis habían creado un propósito aliado que se mantuvo firme hasta el final: la destrucción del nazismo. Cuando ese objetivo estaba casi alcanzado, la desaparición del enemigo común dejó al descubierto un vacío de poder en Europa y una divergencia básica entre los vencedores.

Kissinger presenta la ruptura de la alianza de guerra como la consecuencia de propósitos incompatibles. Churchill quería impedir la dominación soviética de Europa central. Stalin quería compensación territorial por las victorias soviéticas y por el inmenso sufrimiento del pueblo soviético. Truman, recién elevado a la presidencia, intentó al principio continuar la política de Roosevelt de mantener la unidad aliada. Al final del primer mandato de Truman, esa unidad había desaparecido, y Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaban en el centro de Europa en vez de cooperar como garantes distantes del orden mundial.

A primera vista, Truman parecía una figura improbable para gestionar esa transformación. Procedía de la clase media rural del Medio Oeste y llegó a la presidencia sin estudios universitarios. Había ascendido a través de la maquinaria política de Kansas City y recibió muy poca preparación para las decisiones diplomáticas que heredó, incluida la ausencia de información sobre la bomba atómica. Aun así, Kissinger lo trata como uno de los presidentes decisivos del siglo XX. Con Truman, los Cuatro Policías de Roosevelt dieron paso a coaliciones lideradas por Estados Unidos, los antiguos enemigos fueron animados a reintegrarse en el mundo democrático y programas de recuperación como el Plan Marshall expresaron su creencia de que Estados Unidos podía derrotar a sus enemigos y luego ayudarlos a reconstruirse como socios.

La herencia de Truman y los límites de la buena voluntad

Truman admiraba a Roosevelt y carecía de su compromiso emocional con la unidad aliada. Como senador, había visto la Alemania nazi y la Unión Soviética como dictaduras moralmente comparables, aunque no quería que Hitler ganara. Como presidente, primero intentó tratar con Stalin, en parte porque los mandos militares estadounidenses aún querían ayuda soviética contra Japón. Su reacción inicial ante el comportamiento soviético fue, según Kissinger, típicamente estadounidense: trató la intransigencia soviética como inmadurez o mala educación, no como expresión de intereses geopolíticos incompatibles.

El mundo que Truman heredó ya estaba dividido por las líneas alcanzadas por los ejércitos en avance. Francia estaba postrada, Gran Bretaña había vencido pero estaba agotada, y Alemania estaba siendo dividida en cuatro zonas de ocupación. El problema alemán se había invertido: la fuerza alemana había obsesionado a Europa después de 1871, pero el colapso alemán amenazaba ahora con producir caos. Mientras tanto, Stalin había empujado el poder soviético hacia el oeste hasta el Elba, y se abría un vacío ante él porque Europa occidental era débil y se esperaba la retirada de las fuerzas estadounidenses.

Pese a estos hechos, Truman empezó reafirmando la visión de Roosevelt sobre la seguridad colectiva. En abril de 1945 declaró que las grandes potencias tenían un deber especial de preservar la paz y que las disputas internacionales no debían resolverse por la fuerza salvo en defensa del derecho. El mismo tema apareció en la conferencia de San Francisco que organizó las Naciones Unidas. El lenguaje reflejaba la creencia estadounidense de que una comunidad mundial podía sustituir a la política de poder, pero Kissinger sostiene que los hechos sobre el terreno ya estaban siendo modelados por un líder que entendía la diplomacia de una manera muy distinta.

Stalin volvió a los métodos que habían guiado su política exterior antes de la guerra. Quería pago en la única moneda en la que confiaba: el control territorial. Entendía los acuerdos precisos, las esferas de influencia y los intercambios de concesiones. Una política exterior basada en la buena voluntad colectiva o en principios jurídicos le resultaba ajena. En el relato de Kissinger, Stalin no podía comprender por qué los líderes estadounidenses se preocupaban por las instituciones libres en Europa oriental, especialmente en Polonia, donde Estados Unidos no tenía un interés estratégico convencional. Como las objeciones estadounidenses le parecían separadas de toda ventaja material, sospechó motivos ocultos.

Stalin consolidó entonces las bazas negociadoras que ya había creado la ocupación del Ejército Rojo. Ante un cálculo claro de riesgo y recompensa, podría haber hecho concesiones. Las apelaciones morales por sí mismas no le daban razón para ceder. Kissinger compara su comportamiento en 1945 con su conducta hacia Hitler en 1940: en ambos casos, Stalin se enfrentaba a un adversario potencial más fuerte, fingía ser menos vulnerable de lo que era y trataba de hacer creer al otro lado que la retirada era menos probable que un avance adicional. En ambos casos juzgó mal la reacción. La línea dura de Molotov había ayudado a convencer a Hitler de invadir la Unión Soviética, y en 1945 ayudó a convertir la buena voluntad estadounidense en confrontación.

La Realpolitik de Churchill y la resistencia de Washington

Churchill entendió la lógica de la posición de Stalin con más claridad que los asesores de Truman. Quería una cumbre temprana para forzar las cuestiones políticas antes de que el control soviético se endureciera en Europa oriental. También quería que los aliados occidentales conservaran capacidad de presión. Las tropas aliadas habían avanzado más al este de lo esperado y controlaban temporalmente territorio asignado a la zona de ocupación soviética en Alemania. Churchill propuso por ello retrasar la retirada hasta que se abordara el futuro político de Europa central y oriental.

La administración Truman rechazó este enfoque con la misma firmeza que Roosevelt. Aceptó la idea de una cumbre en Potsdam y mantuvo su rechazo a usar las líneas de ocupación como instrumentos de negociación. A finales de junio de 1945, las fuerzas estadounidenses se retiraron a la línea de demarcación acordada, dejando a Gran Bretaña pocas opciones salvo seguirlas. Truman también rechazó la invitación de Churchill a detenerse en Gran Bretaña antes de Potsdam, para evitar la impresión de un bloque anglo-estadounidense contra Stalin. Aun así, buscó su propio contacto directo con Stalin. Esto continuó la tendencia estadounidense a actuar como mediador entre Londres y Moscú, no como socio británico en el equilibrio frente al poder soviético.

Los emisarios que Truman envió antes de Potsdam revelaron la confusión de la política estadounidense. Joseph E. Davies, antiguo embajador en Moscú que había interiorizado mucha propaganda soviética, fue enviado a Londres pese a estar singularmente mal preparado para apreciar la visión de Churchill sobre el mundo de posguerra. Trató la preocupación de Churchill por la expansión soviética como un intento imperial británico de preservar influencia, reforzando la sospecha estadounidense de que la política de equilibrio de poder amenazaba la paz en vez de protegerla.

Harry Hopkins, asesor cercano de Roosevelt, fue a Moscú y repitió los hábitos de la diplomacia de guerra. Subrayó la comprensión y la buena voluntad, mientras Stalin defendía su posición con quejas calculadas sobre el préstamo y arriendo y sobre el enfriamiento de las relaciones soviético-estadounidenses. Stalin afirmó no entender por qué Estados Unidos se preocupaba tanto por las elecciones en Polonia y en la cuenca del Danubio cuando esas zonas estaban cerca de las fronteras soviéticas. Hopkins no logró transmitir que Estados Unidos consideraba la autodeterminación de Europa oriental un asunto serio, no un irritante manejable mediante gestos.

El resultado, a juicio de Kissinger, fue una ambigüedad dañina. Hopkins pidió a Stalin que modificara lo suficiente el comportamiento soviético para aliviar las presiones internas estadounidenses, pero Stalin solo ofreció incorporaciones simbólicas de figuras democráticas a un gobierno polaco dominado por comunistas. La cuestión real eran las elecciones libres, y Hopkins ni siquiera pudo proporcionar nombres para los representantes democráticos que quería incluir. Stalin actuaba también dentro de una tradición rusa más antigua: exigir carta blanca cerca de sus fronteras y resistir la intervención exterior hasta enfrentarse a la amenaza de guerra. Truman intentaba así navegar entre la visión universalista de Roosevelt y su propio resentimiento creciente ante el comportamiento soviético. En esa fase, seguía viendo el equilibrio de poder como algo ajeno a una paz legítima.

Potsdam y el colapso de los Cuatro Policías

La Conferencia de Potsdam, celebrada del 17 de julio al 2 de agosto de 1945, marcó el final del sueño de Roosevelt de los Cuatro Policías. La delegación estadounidense llegó con un documento de orientación que denunciaba las esferas de interés como política de poder y sostenía que la verdadera tarea era eliminar las causas que hacían que los Estados considerasen necesarias esas esferas. Kissinger señala que esta visión wilsoniana no explicaba qué llevaría a Stalin a transigir en ausencia de presión. Truman intentó de todos modos tranquilizar a Stalin diciendo que Estados Unidos solo buscaba paz, seguridad y amistad. Stalin no tenía un marco de referencia para dirigentes que afirmaban desinteresarse de los asuntos que tenían delante.

La agenda de la conferencia era demasiado amplia para una cumbre breve. Iba desde Alemania y las reparaciones hasta los tratados de paz, las colonias italianas, los Estrechos y una propuesta soviética de base en el Bósforo. Rápidamente se convirtió en un diálogo de sordos. Stalin quería consolidar su esfera, mientras Truman y Churchill querían ver reivindicados principios mediante elecciones libres y acuerdos jurídicos. Cada lado usó su veto donde tenía poder: los aliados occidentales rechazaron la demanda de Stalin de reparaciones alemanas masivas, mientras Stalin seguía fortaleciendo a los partidos comunistas en Europa oriental.

La frontera germano-polaca mostró cómo los hechos consumados sustituyeron a los principios acordados. El lenguaje de Yalta sobre los ríos Óder y Neisse había sido ambiguo, y Stalin usó esa ambigüedad para empujar la frontera polaca hasta el Neisse occidental, incluida Breslavia. Esto implicaba la expulsión de millones de alemanes más. Estados Unidos y Gran Bretaña reservaron formalmente el derecho de reconsiderar la frontera más tarde, pero la reserva tenía poco valor práctico y aumentó la dependencia de Polonia respecto de la protección soviética.

Potsdam produjo acuerdos limitados y muchos aplazamientos. Se creó un mecanismo de cuatro potencias para las cuestiones alemanas, Truman logró que Stalin aceptara que cada potencia ocupante tomara reparaciones de su propia zona, y Stalin prometió entrar en la guerra contra Japón. Las cuestiones políticas cruciales quedaron sin resolver, y tras la derrota electoral de Churchill durante la conferencia, los asuntos pendientes pasaron a ministros de Exteriores con menos autoridad y aún menos margen para transigir.

El momento más significativo de Potsdam ocurrió fuera de la agenda formal, cuando Truman dijo a Stalin que Estados Unidos poseía la bomba atómica. Stalin ya lo sabía por el espionaje soviético y recibió la revelación de Truman con estudiada indiferencia, diciendo solo que esperaba que se usara eficazmente contra Japón. Kissinger ve ahí el comienzo de una táctica soviética que duró hasta que Moscú tuvo su propia bomba: Stalin minimizaría públicamente las armas nucleares y se negaría a admitir intimidación.

Churchill sugirió más tarde que, si hubiera permanecido en el cargo, habría forzado las cuestiones hasta un acuerdo en Potsdam. Kissinger lo considera plausible solo si Stalin hubiera sido confrontado con una presión lo bastante severa como para hacerle ver necesaria la retirada. Los líderes estadounidenses, sin embargo, no estaban dispuestos a arriesgar una confrontación por el pluralismo político o las fronteras de Europa oriental, mucho menos una guerra nuclear. La opinión pública estadounidense quería la desmovilización y el regreso de los soldados. El resultado práctico fue el movimiento de Europa hacia dos esferas de influencia, exactamente el desenlace que los líderes estadounidenses habían esperado evitar.

Conferencias fallidas y crecimiento de la sospecha

La conferencia de ministros de Exteriores en Londres, en septiembre y octubre de 1945, confirmó la ruptura. Su propósito era preparar tratados de paz para Finlandia, Hungría, Rumanía y Bulgaria. Byrnes exigió elecciones libres, y Molotov se negó. Byrnes había esperado que la bomba atómica reforzara la posición negociadora estadounidense después de su uso contra Japón, pero Molotov siguió rígido. La bomba no había cambiado la conducta soviética porque Washington no la había integrado en una diplomacia de presión.

Truman todavía intentó preservar la vieja visión. En octubre de 1945 insistió en que Estados Unidos no buscaba territorio ni bases y que su política descansaba en la rectitud, la justicia y el rechazo a transigir con el mal. También dijo que no existían conflictos de interés entre las potencias victoriosas tan profundos que no pudieran resolverse. En el relato de Kissinger, este lenguaje moral expresaba una tradición estadounidense genuina. La capacidad de presión necesaria para alterar el comportamiento de Stalin tenía que venir de otra parte.

La reunión de ministros de Exteriores de diciembre de 1945 produjo un gesto soviético que Kissinger trata como cínico. Stalin propuso que comisiones occidentales asesoraran a Rumanía y Bulgaria sobre la ampliación de sus gobiernos. George Kennan vio esas concesiones como cobertura democrática para una dictadura estalinista. Byrnes, sin embargo, reconoció Bulgaria y Rumanía antes de que terminaran los tratados de paz, interpretando la maniobra de Stalin como un reconocimiento parcial del lenguaje democrático de Yalta. Truman se enfadó porque Byrnes había aceptado el compromiso sin consultarle, y el episodio inició el distanciamiento que llevó a la dimisión de Byrnes en menos de un año.

En 1946, nuevas reuniones de ministros de Exteriores completaron algunos tratados secundarios, pero las tensiones aumentaron mientras Stalin convertía Europa oriental en un apéndice político y económico de la Unión Soviética. Kissinger subraya la brecha cultural que había detrás del estancamiento. Los negociadores estadounidenses creían que recitar derechos jurídicos y morales debía producir el resultado deseado. Stalin consideraba ese lenguaje vacío o engañoso salvo que estuviera respaldado por la fuerza. Su propia visión combinaba control estratégico ruso, solidaridad paneslava e ideología comunista.

La debilidad de Stalin, la ideología soviética y la lectura errónea de lo nuclear

La deriva hacia la Guerra Fría se aceleró por la conciencia que Stalin tenía de la debilidad soviética. La Unión Soviética había sufrido una devastación catastrófica y más de veinte millones de muertos durante la guerra. Cargaba además con el trauma adicional de las purgas, la colectivización forzosa, el hambre y los campos. Ahora se enfrentaba a unos Estados Unidos intactos y con monopolio atómico. Un líder normal podría haber elegido un respiro, pero Stalin creía que la debilidad visible invitaría a demandas en el exterior y preguntas en casa.

Actuó por ello como si la Unión Soviética fuera más fuerte de lo que era. Mantuvo al Ejército Rojo en el centro de Europa, alentó la creación de gobiernos títeres y proyectó tal ferocidad que muchos observadores occidentales temieron una ofensiva soviética hasta el canal de la Mancha. Kissinger llama en gran medida ilusorio a ese temor. El propósito de Stalin era menos la conquista inmediata de Europa occidental que el fortalecimiento de su posición para una eventual confrontación diplomática. Como las democracias desafiaban el control soviético sobre todo con retórica y no con riesgos que Stalin considerase serios, la ocupación soviética se endureció gradualmente hasta convertirse en dominio satélite.

Stalin trabajó también para restar importancia a la bomba atómica. La propaganda soviética clasificó las armas nucleares como un factor temporal, no como una transformación estratégica decisiva. Irónicamente, partes del debate estratégico occidental se movieron en la misma dirección. Tanto los científicos que temían una guerra nuclear como los servicios militares estadounidenses que defendían sus funciones institucionales tendían a minimizar el carácter decisivo de la bomba. En consecuencia, el periodo de mayor fuerza relativa occidental produjo la creencia engañosa de que la Unión Soviética era militarmente superior porque poseía ejércitos convencionales más grandes.

Dentro de la Unión Soviética, Stalin convirtió la victoria en una nueva movilización ideológica. En mayo de 1945 agradeció brevemente al pueblo ruso su confianza en el gobierno durante los repliegues de 1941 y 1942. Poco después volvió a las fórmulas comunistas, se dirigió al pueblo como camaradas y atribuyó la victoria al partido. En su discurso del 9 de febrero de 1946 declaró que el sistema social soviético había demostrado su superioridad y que la guerra nacía de las contradicciones del capitalismo antes que de Hitler por sí solo. Esta lógica implicaba que la paz con el mundo capitalista era solo un armisticio.

Las consecuencias internas fueron severas. Stalin exigió industria pesada, colectivización continuada, represión y objetivos de producción que requerían varios nuevos planes quinquenales. Para los supervivientes de las purgas y la guerra, la vida normal no volvería. La interpretación de Kissinger es que Stalin restableció la confrontación antes del discurso del Telón de Acero de Churchill y mientras las tropas estadounidenses abandonaban Europa, porque el sistema de partido que había creado no podía sobrevivir ni a una relajación interna ni a una coexistencia pacífica genuina.

Churchill, Kennan y el camino hacia la contención

Churchill, ya fuera del poder, intentó de nuevo advertir a las democracias. En Fulton, Misuri, el 5 de marzo de 1946, describió un «Telón de Acero» que se extendía desde el Báltico hasta el Adriático. Argumentó que la Unión Soviética había instalado gobiernos procomunistas allí donde el Ejército Rojo había estado. Reclamó una alianza entre Estados Unidos y la Commonwealth británica para afrontar el peligro inmediato, mientras defendía también la unidad europea y la reconciliación con Alemania como solución a largo plazo. Su punto central era la urgencia: cuanto más se retrasara un acuerdo, más difícil y peligroso sería.

Kissinger presenta a Churchill como un profeta cuyas advertencias fueron rechazadas hasta que los acontecimientos las hicieron innegables. En la década de 1930 había pedido rearme mientras otros buscaban negociación. A finales de la década de 1940 y en la de 1950 pidió un ajuste diplomático decisivo mientras otros, convencidos de su debilidad, se concentraban en acumular fuerza. Esa debilidad era en parte autoinducida, porque Stalin era menos capaz de arriesgar una confrontación directa de lo que la opinión occidental imaginaba.

El «Telegrama Largo» de Kennan ayudó a aclarar la lógica. Kennan subrayó que Stalin vería la presión extranjera como peligrosa porque podía retrasar la reconstrucción y consolidación del socialismo soviético. Kissinger extrae de ello la conclusión de que Stalin no podía reconstruir la Unión Soviética y arriesgar una guerra con Estados Unidos al mismo tiempo. Una invasión soviética de Europa occidental era, por tanto, improbable; el resultado más probable era que Stalin pusiera a prueba la resolución occidental, pero retrocediera ante una confrontación seria.

El sistema satélite, según esta lectura, surgió gradualmente. En los dos primeros años posteriores a la guerra, solo Yugoslavia y Albania se convirtieron abiertamente en dictaduras comunistas. Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia y Rumanía todavía tenían gobiernos de coalición, aunque los comunistas eran poderosos y los partidos no comunistas sufrían acoso, especialmente en Polonia. Incluso en 1947, las categorías de Andrei Zhdanov para Europa oriental no habían reducido por completo cada Estado al mismo modelo satélite.

Esta ambigüedad plantea la pregunta final de Kissinger sobre si Stalin podría haber aceptado algo parecido al estatus de Finlandia para partes de Europa oriental: gobiernos nacionales y parcialmente democráticos que respetaran los intereses de seguridad soviéticos. La prueba seguía siendo incierta. Stalin había dicho a Hopkins en 1945 que quería gobiernos amistosos con composición política abierta. Los funcionarios soviéticos sobre el terreno ya imponían lo contrario. En abril de 1947, después de que Estados Unidos se comprometiera a ayudar a Grecia y Turquía y comenzara a consolidar las zonas occidentales de ocupación en Alemania, Stalin dijo al secretario de Estado George Marshall que era posible llegar a compromisos en todas las grandes cuestiones.

Si Stalin lo decía en serio, sostiene Kissinger, había esperado demasiado. Había destruido la confianza estadounidense mediante amenazas, movimientos unilaterales y la conversión constante de Europa oriental en una esfera soviética. El resultado fue el Plan Marshall, la Alianza Atlántica y el rearme occidental, ninguno de los cuales podía haber formado parte del diseño previsto por Stalin. Churchill probablemente tenía razón en que la mejor oportunidad para un acuerdo político llegó inmediatamente después de la guerra, antes de que la retirada estadounidense redujera la capacidad de presión occidental y antes de que el control soviético se endureciera.

En 1947, sin embargo, los líderes occidentales creían que una política dual de negociación y consolidación era demasiado peligrosa. Los partidos comunistas eran fuertes en Francia e Italia, Alemania occidental estaba dividida por el neutralismo y los movimientos por la paz desafiaban la contención. Marshall concluyó por ello que la recuperación europea no podía esperar mientras los diplomáticos buscaban un compromiso. Estados Unidos eligió la unidad occidental por encima de la negociación Este-Oeste, temiendo que Stalin utilizara las conversaciones para debilitar el orden que Estados Unidos estaba construyendo. La contención se convirtió en el principio rector de la política occidental durante cuarenta años.


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