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Resumen: Diplomacia, de Kissinger - Capítulo 19 - La guerra de Corea

Detalle de la portada del libro Diplomacy, de Henry Kissinger. La imagen muestra grandes letras serifadas marrones que forman Henry Kissinger en la mitad superior, una línea horizontal negra en el centro y el título Diplomacy en letras serifadas rojas debajo, sobre un fondo blanco sencillo, sin personas, sala, paisaje ni escena histórica.

Kissinger usa la Guerra de Corea para examinar los límites y dilemas de la contención durante la Guerra Fría.

En 1994, Henry Kissinger publicó el libro La Diplomacia. Él fue un diplomático erudito y renombrado que sirvió como Consejero de Seguridad Nacional de los Estados Unidos y Secretario de Estado. Su libro ofrece un amplio panorama de la historia de las relaciones exteriores y del arte de la diplomacia, con un énfasis especial en el siglo XX y el mundo occidental. Kissinger, conocido por su alineación con la escuela realista de Relaciones Internacionales, explora los conceptos del equilibrio de poder, de la razón de estado y de la Realpolitik a través de diferentes épocas.

Su trabajo ha sido ampliamente elogiado por su alcance y complejidad. Sin embargo, también ha sido criticado por su enfoque en individuos en lugar de en fuerzas estructurales, y por presentar una visión reduccionista de la historia. Además, los críticos han señalado que el libro se concentra excesivamente en el papel individual de Kissinger en los eventos, potencialmente exagerando su impacto sobre ellos. De todos modos, sus ideas merecen ser consideradas.

Este artículo presenta un resumen de las ideas de Kissinger en el decimonoveno capítulo de su libro, titulado "El dilema de la contención: la guerra de Corea".

Puede encontrar todos los resúmenes disponibles de este libro, o puede leer el resumen del capítulo anterior del libro, haciendo clic en estos enlaces.


La contención ante sus ambigüedades

Estados Unidos no volvió al desentendimiento después de la Segunda Guerra Mundial. Permaneció en Europa, construyó instituciones y aceptó una responsabilidad continuada en la resistencia a la expansión soviética. En sus primeros años, la contención parecía funcionar. El Plan Marshall, la OTAN, la ayuda a Grecia y Turquía y el puente aéreo de Berlín mostraban que las democracias defenderían los derechos ya establecidos. En cada caso, la Unión Soviética retrocedió antes que forzar una confrontación.

Para Kissinger, esos éxitos ocultaban dos supuestos equivocados. Los dirigentes estadounidenses esperaban que los desafíos futuros se parecieran a las pruebas morales y estratégicas claras de la Segunda Guerra Mundial, y suponían que los regímenes comunistas esperarían pasivamente mientras la contención exponía sus debilidades internas. La doctrina se había explicado al Congreso sobre todo como una política europea. Un ataque soviético contra Europa occidental, o quizá un golpe directo contra Estados Unidos, dominaba la planificación. Una ofensiva comunista en un teatro lejano y políticamente complejo quedaba en segundo plano.

La invasión norcoreana de Corea del Sur el 25 de junio de 1950 obligó a Estados Unidos a afrontar esa posibilidad descuidada. Corea estaba lejos del centro europeo de la planificación estadounidense. Washington había retirado sus tropas de Corea del Sur en 1949, y las fuerzas surcoreanas habían sido entrenadas sobre todo para tareas de orden interno porque los responsables estadounidenses temían que Seúl intentara reunificar la península por la fuerza. El general Douglas MacArthur y el secretario de Estado Dean Acheson habían indicado, de maneras distintas, que Corea quedaba fuera del perímetro defensivo estadounidense en Asia. Por tanto, las declaraciones estratégicas de Washington daban a Moscú o a Pyongyang pocos motivos para esperar una intervención militar.

Kissinger describe el origen de la guerra como un doble malentendido. El campo comunista juzgaba la conducta estadounidense desde el interés geopolítico. Como Estados Unidos no había impedido la victoria comunista en China, una presa incomparablemente mayor, Corea del Norte y sus apoyos supusieron que Washington no lucharía por la mitad meridional de una península que había descontado públicamente. Los dirigentes estadounidenses, en cambio, juzgaron el desafío desde el principio. Tras el bloqueo de Berlín, el golpe comunista en Checoslovaquia y la caída de China, una invasión transfronteriza parecía probar que el comunismo había pasado de la subversión a la agresión abierta. Truman también tenía razones estratégicas tradicionales para actuar: si Corea caía, la seguridad de Japón y su orientación prooccidental podían quedar sacudidas.

La intervención de Truman y el problema de la guerra limitada

Truman improvisó bajo una presión extrema. El 27 de junio, dos días después de la invasión, ordenó la entrada en acción de las fuerzas aéreas y navales estadounidenses. El 30 de junio ya había comprometido tropas terrestres procedentes de las fuerzas de ocupación en Japón. El boicot soviético al Consejo de Seguridad de la ONU, emprendido por la negativa a entregar a Pekín el asiento de China, le dio una apertura diplomática inesperada. Como el representante soviético estaba ausente, no podía vetar la resolución que exigía a Corea del Norte detenerse y volver al paralelo 38. Truman pudo presentar así la respuesta estadounidense como una acción colectiva de las Naciones Unidas.

Ese marco multilateral encajaba con la costumbre estadounidense de justificar la guerra mediante un principio universal. Aunque Kissinger señala que Truman tenía fuertes razones geopolíticas para actuar, el presidente apeló principalmente al derecho, a la seguridad colectiva y a la resistencia frente a la agresión. Estados Unidos combatía, según esta presentación, para sostener el Consejo de Seguridad y defender el imperio de la ley frente a la fuerza. Kissinger trata esto como parte de un patrón estadounidense recurrente: el país prefiere decir que defiende el principio antes que el interés, la ley antes que el poder.

Ese encuadre moral creó un problema estratégico para la guerra limitada. En una guerra general, la doctrina estadounidense aún suponía la victoria total, como en la Segunda Guerra Mundial. Corea, sin embargo, era una guerra limitada. Si Estados Unidos solo restauraba el paralelo 38, la agresión no tendría castigo. Futuros agresores podían concluir que el peor resultado de un ataque fallido sería el statu quo ante. Si Washington buscaba una sanción más allá de la restauración de la antigua línea, corría el riesgo de ampliar la guerra y provocar a China o a la Unión Soviética. La cuestión central pasó a ser cómo castigar la agresión sin convertir un conflicto limitado en guerra general.

La coalición de las Naciones Unidas añadía otra restricción. Aliados de la OTAN como Gran Bretaña y Turquía apoyaban la seguridad colectiva y enviaron fuerzas, en parte porque podían necesitar ese principio más tarde en Europa. Aun así, tenían poco interés directo en Corea y estaban menos dispuestos a aceptar riesgos más allá de repeler la invasión. Estados Unidos luchó así por un país que había declarado estratégicamente marginal, bajo una doctrina que no había explicado la guerra limitada, y a través de una coalición que apoyaba la resistencia a la agresión, pero no necesariamente una victoria más amplia.

La contención también empujó a Washington a ampliar el marco político. Los asesores de Truman interpretaron la invasión como parte de un diseño comunista global, no como un acto local con motivos mezclados. Por eso, mientras enviaba tropas a Corea, Truman ordenó a la Séptima Flota proteger Taiwán frente a la China comunista y aumentó la ayuda militar a las fuerzas francesas en Vietnam. Esas decisiones pretendían mostrar resolución en todo el Pacífico y amortiguar las críticas internas por China. Mao Zedong podía leer los mismos movimientos como prueba de cerco: la protección estadounidense de Taiwán cubría a los nacionalistas derrotados, mientras que el apoyo en Vietnam parecía extender un perímetro hostil alrededor de China.

De Inchon a la intervención china

La campaña militar agrandó la brecha entre los fines políticos y el impulso del campo de batalla. Al principio, las fuerzas estadounidenses y surcoreanas fueron empujadas al perímetro de Pusan. MacArthur restauró después la situación mediante el audaz desembarco en Inchon, cerca de Seúl, a más de 300 kilómetros detrás de las líneas enemigas. El desembarco cortó las líneas de suministro norcoreanas, hundió al ejército norcoreano y abrió el camino hacia el norte.

Kissinger trata lo ocurrido tras Inchon como la oportunidad decisiva perdida. Truman tenía tres opciones generales. Podía detenerse en el paralelo 38 y restaurar la frontera anterior. Podía avanzar más al norte para imponer una sanción y mantener la guerra limitada. O podía permitir que MacArthur buscara la unificación hasta la frontera china. A su juicio, el mejor curso habría sido avanzar hasta el estrechamiento de la península coreana, unos 160 kilómetros al sur del río Yalu. Esa línea habría incluido la mayor parte de la población coreana y Pyongyang, habría sido defendible y habría evitado un desafío directo a lo largo de la frontera china.

MacArthur avanzó en cambio hacia el Yalu. Kissinger subraya que MacArthur era brillante como estratega, pero débil como analista político. Subestimó la sensibilidad histórica de China ante fuerzas hostiles que avanzaban por Corea hacia Manchuria, la ruta asociada antes a la expansión japonesa. Truman, impresionado por Inchon y reacio a contradecir a un comandante victorioso, aceptó. Washington ordenó a MacArthur no acercarse al Yalu con fuerzas no coreanas, pero la orden no se hizo pública ni se tradujo en una propuesta concreta a Pekín. MacArthur trató la restricción como impracticable, y Washington no insistió.

Estados Unidos abandonó así el terreno intermedio entre la restauración y la victoria total. En vez de defender una línea corta bajo la frontera china, las fuerzas estadounidenses tuvieron que sostener un frente extendido cerca de las principales concentraciones del poder chino. Kissinger no afirma tener certeza sobre la decisión de Mao, ya que los archivos chinos pertinentes aún no estaban abiertos. Aun así, la política debía haber influido en el cálculo chino de riesgos y recompensas. Una propuesta de zona desmilitarizada al norte de un avance estadounidense limitado podría haber reducido el incentivo chino para intervenir, o al menos obligado a Pekín a ponderar la intervención en condiciones menos favorables.

Cuando las fuerzas chinas atacaron a finales de noviembre de 1950, la sorpresa fue devastadora. Las fuerzas estadounidenses y de las Naciones Unidas se retiraron desde el Yalu más allá de Seúl, que volvió a caer. Los objetivos estadounidenses cambiaron repetidamente bajo la presión de los acontecimientos. Al principio, el propósito había sido repeler la agresión. Después de Inchon, se convirtió en la unificación. Una vez que China intervino, Washington volvió al lenguaje de detener la agresión y preservar la seguridad de las fuerzas de las Naciones Unidas. Kissinger ve esos cambios como prueba de que la administración Truman carecía de una doctrina de guerra limitada y perdió el control de la relación entre operaciones militares y finalidad política.

China también se excedió. A comienzos de enero de 1951, el frente estaba al sur del paralelo 38 y Seúl se hallaba en manos comunistas. Kissinger sostiene que Mao podría haber ofrecido un arreglo a lo largo de la antigua línea divisoria y reclamado el prestigio de haber obligado a Estados Unidos a retroceder después de la guerra civil china. En cambio, como Truman tras Inchon, Mao se dejó arrastrar por el éxito y trató de expulsar a las fuerzas estadounidenses de la península. Los ataques chinos contra posiciones estadounidenses fijas produjeron entonces muchas bajas y demostraron los límites de la potencia de fuego china una vez pasado el factor sorpresa. En abril de 1951, las fuerzas estadounidenses volvieron a cruzar el paralelo 38.

MacArthur, el estancamiento y el miedo a la escalada

Para entonces, la administración Truman estaba dominada por el temor a una guerra más amplia. Kissinger sostiene que ese temor descansaba en una imagen equivocada de la unidad comunista. Washington suponía que Moscú dirigía una conspiración global coordinada y que China y Corea del Norte no habrían actuado sin respaldo soviético. Bajo esa premisa, cualquier intento de victoria limitada podía llevar al Kremlin a subir la apuesta y quizá a lanzar una guerra general en Europa. Estados Unidos llegó casi a creer que no podía permitirse ni siquiera un éxito limitado, porque el bloque comunista pagaría cualquier precio para evitar la derrota.

La interpretación de Kissinger es muy distinta. En su opinión, Stalin solo había aceptado el plan de Kim Il-sung porque estaba convencido de que la invasión sería rápida y de bajo riesgo. Si Stalin alentó la intervención china, probablemente fue para atar más estrechamente a Pekín a Moscú, no para provocar una guerra mundial. La Unión Soviética tenía poca capacidad de ataque nuclear en comparación con Estados Unidos, mientras que el Strategic Air Command estadounidense seguía fuera del conflicto coreano. Stalin era cauto y difícilmente arriesgaría una guerra directa por Corea. Su ayuda reticente y pagada a China ayudó a plantar las semillas de la posterior ruptura sino-soviética.

El miedo de la administración a la escalada la empujó hacia el estancamiento. Truman quería resistir la agresión y evitar que el conflicto se extendiera, pero Kissinger critica el objetivo resultante como estratégicamente vacío cuando pasó a centrarse en la «seguridad» de fuerzas ya puestas en peligro por la propia guerra. MacArthur rechazó el estancamiento como política con sentido. Argumentó que los riesgos de escalada existían desde el momento en que Estados Unidos intervino y que una contención excesiva podía aumentarlos al prolongar el conflicto. Sus propuestas incluían bombardear bases en Manchuria, bloquear China, reforzar las tropas estadounidenses e introducir fuerzas nacionalistas chinas desde Taiwán en el teatro coreano.

Algunas propuestas, según Kissinger, habrían trasladado la guerra civil china al suelo coreano y habrían arriesgado un conflicto abierto e indefinido con la República Popular China. Sin embargo, MacArthur había identificado la cuestión estratégica central: si Estados Unidos tenía alguna opción entre el estancamiento y la guerra total. Truman tuvo que destituirlo el 11 de abril de 1951 porque un comandante públicamente insubordinado no podía desafiar la autoridad civil. Aun así, al rechazar el enfoque de MacArthur sin desarrollar una alternativa de victoria limitada, la administración dejó la iniciativa al enemigo.

Las audiencias posteriores a la destitución de MacArthur expusieron la división conceptual. MacArthur defendió la visión tradicional de que, una vez iniciada la guerra, la victoria militar no debía quedar paralizada por restricciones políticas. Kissinger responde que esa visión convertiría toda guerra en total, con independencia de lo que estuviera en juego, algo especialmente peligroso en la era nuclear. Al mismo tiempo, critica a la administración Truman por ofrecer solo tres opciones: retirada, la lucha limitada existente o guerra total. Bradley, Marshall y Acheson sostenían que Estados Unidos necesitaba tiempo para prepararse ante un posible conflicto global y trataban un esfuerzo coreano más amplio como estratégicamente equivocado. Kissinger considera que esa lectura entendía mal el equilibrio de poder. Estados Unidos era más fuerte de lo que creía, mientras que la debilidad soviética hacía mucho menos probable una intervención directa de lo que temía Washington.

Kissinger vuelve por eso al curso intermedio perdido. Después de la intervención china, Estados Unidos aún podía haber explorado una línea defendible en el estrechamiento de la península, respaldada por una desmilitarización supervisada más allá de ella. El general Matthew Ridgway, sucesor de MacArthur, también pensaba que China probablemente carecía de medios para impedir esa línea, aunque no recomendó la política. Un claro revés comunista, sugiere Kissinger, podría haber vuelto más cautos a los movimientos revolucionarios posteriores y acelerado la ruptura entre China y la Unión Soviética.

Negociaciones, tensión interna y lecciones de la Guerra Fría

Después de que Ridgway reorganizara el esfuerzo bélico, las fuerzas estadounidenses avanzaron hacia el norte por desgaste, liberaron Seúl y cruzaron de nuevo el paralelo 38. En junio de 1951, los comunistas propusieron negociaciones de armisticio. Washington ordenó entonces el fin de las grandes operaciones ofensivas, convencido de que la contención mejoraría el ambiente de las conversaciones al probar que no buscaba la victoria.

Kissinger trata esto como un error característico de Estados Unidos. Como los dirigentes estadounidenses suelen suponer que la paz es normal y que la buena voluntad será correspondida, intentan fomentar las negociaciones mediante una contención unilateral. En guerra, sin embargo, esos gestos pueden entregar poder de negociación. La presión del campo de batalla crea a menudo el incentivo para negociar; reducirla permite al adversario prolongar las conversaciones y esperar más concesiones. En Corea, la pausa permitió a las fuerzas chinas recuperarse, fortificar terreno difícil y realizar operaciones limitadas que aumentaron la frustración estadounidense. La guerra se convirtió en un equilibrio agotador entre las limitaciones materiales chinas y las inhibiciones psicológicas estadounidenses. Kissinger señala que las bajas estadounidenses durante las negociaciones superaron las del periodo anterior de guerra a gran escala.

El estancamiento afectó a los soldados, a la política y al consenso de política exterior. El objetivo de las Naciones Unidas de repeler la agresión y restaurar la paz era demasiado vago para dar a comandantes o tropas un punto final concreto. Los partidarios de MacArthur veían los límites de la guerra como una fórmula de frustración; la administración Truman veía la guerra como demasiado grande para su propósito político y demasiado pequeña para la doctrina estratégica construida en torno a Europa. La contención mostró a la vez poder y debilidad. Dio a los estadounidenses impulso moral e hizo significativa la seguridad colectiva, pero también alentó interpretaciones apocalípticas, sobrestimó las capacidades soviéticas y a veces valoró las fórmulas jurídicas por encima del propósito político. Acheson valoraba Corea ante todo como prueba de la seguridad colectiva, siempre que se evitara la derrota.

En casa, la carga fue pesada. Se pidió a los estadounidenses que aceptaran bajas mientras sus dirigentes intentaban resistir la agresión y evitar una guerra general sin definir operativamente ninguno de esos objetivos. La frustración alimentó los ataques contra Marshall y Acheson, y el senador Joseph McCarthy explotó las sospechas de infiltración comunista. Con todo, Kissinger subraya más la resistencia que la impaciencia. El público soportó una guerra inconclusa porque Estados Unidos había aceptado una responsabilidad global. Corea se diferenció de Vietnam en este aspecto: los críticos de la guerra de Corea generalmente exigían la victoria, lo que daba a Truman una palanca negociadora, mientras que los críticos posteriores de Vietnam solían exigir la retirada, debilitando la posición negociadora estadounidense.

Para Kissinger, las lecciones de la guerra variaron según el beligerante. Estados Unidos superó su primera gran prueba de liderazgo global, aunque con torpeza y a gran coste. Sus dirigentes merecen crédito por revertir sus declaraciones anteriores sobre Corea cuando comprendieron que una conquista comunista de la península minaría la posición estadounidense en Asia, especialmente la relación con Japón. La crisis también fortaleció la defensa de Europa: el gasto militar estadounidense se triplicó, la OTAN obtuvo sustancia militar bajo un comandante supremo estadounidense, el rearme alemán apareció en el horizonte, y el vacío militar de Europa Central comenzó a cerrarse.

China ganó el prestigio de empatar con una superpotencia materialmente superior, pero también aprendió el coste de enfrentarse directamente al poder estadounidense. No hubo más choques militares sino-estadounidenses durante la Guerra Fría, y la reticencia soviética a apoyar generosamente a Pekín profundizó las tensiones que después dividirían a los gigantes comunistas. La Unión Soviética fue, a juicio de Kissinger, la gran perdedora. La guerra movilizó el lado estadounidense de la división global, reforzó la cohesión aliada y desplazó el equilibrio contra Moscú. En los dieciocho meses posteriores a la invasión, Stalin inició una reevaluación que produciría la apertura diplomática soviética más importante de los primeros años de posguerra.


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