Historia Mundum

Resumen: Diplomacia, de Kissinger - Capítulo 20 - Negociación con los comunistas

Detalle de la portada del libro Diplomacy, de Henry Kissinger. La imagen muestra grandes letras serifadas marrones que forman Henry Kissinger en la mitad superior, una línea horizontal negra en el centro y el título Diplomacy en letras serifadas rojas debajo, sobre un fondo blanco sencillo, sin personas, sala, paisaje ni escena histórica.

Este capítulo usa las negociaciones con las potencias comunistas para explorar los límites prácticos de la diplomacia de la Guerra Fría.

En 1994, Henry Kissinger publicó el libro La Diplomacia. Él fue un diplomático erudito y renombrado que sirvió como Consejero de Seguridad Nacional de los Estados Unidos y Secretario de Estado. Su libro ofrece un amplio panorama de la historia de las relaciones exteriores y del arte de la diplomacia, con un énfasis especial en el siglo XX y el mundo occidental. Kissinger, conocido por su alineación con la escuela realista de Relaciones Internacionales, explora los conceptos del equilibrio de poder, de la razón de estado y de la Realpolitik a través de diferentes épocas.

Su trabajo ha sido ampliamente elogiado por su alcance y complejidad. Sin embargo, también ha sido criticado por su enfoque en individuos en lugar de en fuerzas estructurales, y por presentar una visión reduccionista de la historia. Además, los críticos han señalado que el libro se concentra excesivamente en el papel individual de Kissinger en los eventos, potencialmente exagerando su impacto sobre ellos. De todos modos, sus ideas merecen ser consideradas.

Este artículo presenta un resumen de las ideas de Kissinger en el vigésimo capítulo de su libro, titulado "Negociación con los comunistas: Adenauer, Churchill y Eisenhower".

Puede encontrar todos los resúmenes disponibles de este libro, o puede leer el resumen del capítulo anterior del libro, haciendo clic en estos enlaces.


La nota de paz de Stalin y los límites de la Realpolitik

En marzo de 1952, antes del final de la guerra de Corea, Stalin ofreció discutir un arreglo de la cuestión alemana. Kissinger presenta este movimiento como lo contrario de lo que esperaban los arquitectos de la contención. La oferta no surgió porque el sistema soviético se hubiera moderado bajo presión en un sentido liberal o moral. Llegó porque Stalin, pese a su lenguaje ideológico y su paranoia, comprendía que la Unión Soviética no podía ganar una carrera armamentística prolongada contra el potencial industrial reunido en torno a Estados Unidos.

La propuesta descansaba sobre una premisa especialmente desagradable para la política estadounidense: el reconocimiento abierto de esferas de influencia. El arreglo imaginado por Stalin dejaría a Estados Unidos dominante en Europa occidental y a la Unión Soviética dominante en Europa oriental. Entre ambos quedaría una Alemania unificada, armada y neutral. No crearía el orden mundial armonioso que la retórica estadounidense de guerra había imaginado. Formalizaría, más bien, la división de Europa y retiraría a Alemania del sistema militar occidental que estaba naciendo.

Kissinger plantea el debate histórico sobre la nota de paz de Stalin como un enigma duradero. Algunos observadores posteriores la vieron como una oportunidad perdida para cerrar la Guerra Fría; otros la entendieron como una trampa diseñada para detener el rearme alemán y fracturar la Alianza Atlántica. Kissinger sugiere que quizá el propio Stalin no sabía hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Su nota pudo ser a la vez una negociación exploratoria y una prueba táctica. Con todo, la distinción importaba menos de lo que parece, porque cualquier examen serio de la oferta habría tensado la alianza occidental y debilitado la presión que había inducido la apertura soviética.

El problema más profundo era que los dos bandos entendían la diplomacia desde premisas incompatibles. Los dirigentes estadounidenses tendían a creer que los compromisos jurídicos creaban obligaciones y que acuerdos como Yalta y Potsdam debían aplicarse porque se habían firmado. Stalin trataba los acuerdos como vinculantes solo cuando reflejaban un equilibrio de poder. Hasta que los aliados occidentales generaron una presión que él consideró concreta, acumuló bazas negociadoras y esperó. A comienzos de la década de 1950, esa presión había llegado mediante el Plan Marshall, la OTAN y la creación de la República Federal de Alemania. La movilización liderada por Estados Unidos tras la guerra de Corea añadió más peso.

Desde la perspectiva de Stalin, el equilibrio de posguerra se había vuelto desfavorable. La Unión Soviética poseía un cinturón de seguridad en Europa oriental, pero Kissinger describe ese cinturón como una extensión de debilidad antes que como una verdadera acumulación de poder. Los satélites consumían recursos soviéticos y ofrecían poco comparable al depósito económico de Europa occidental, Estados Unidos y Japón. Los movimientos coercitivos de Stalin, el bloqueo de Berlín, el golpe comunista en Checoslovaquia y el apoyo a la invasión de Corea del Sur, habían producido lo contrario de lo que necesitaba. Habían endurecido la unidad occidental, hecho pensable el rearme alemán y estimulado la creación de una estructura militar en torno a Estados Unidos.

Al mismo tiempo, ambos campos se preparaban para peligros que ninguno pretendía crear. Los dirigentes estadounidenses leyeron mal la guerra de Corea como parte de un diseño soviético más amplio para atraer a Estados Unidos a Asia antes de un posible ataque en Europa. Stalin, a su vez, interpretó el rearme occidental como un posible preludio de la confrontación que llevaba tiempo temiendo. Kissinger subraya que Stalin retrocedía siempre que un conflicto militar real con Estados Unidos se volvía plausible, como en Irán en 1946 y durante el bloqueo de Berlín. La ofensiva de paz de 1952 reflejaba así un esfuerzo por reducir tensiones que el propio Stalin había inflamado, sin admitir debilidad.

La explicación ideológica de ese giro fue indirecta. Stalin rechazó el argumento de Yevgueni Varga de que el capitalismo se había vuelto más estable y reafirmó la tesis ortodoxa de que los Estados capitalistas seguían empujados al conflicto entre sí. En la interpretación de Kissinger, ese dogma tenía una función práctica: tranquilizaba a los comunistas con la idea de que la guerra con la Unión Soviética no era inminente, porque las potencias capitalistas seguirían divididas. Bajo el lenguaje ideológico, Stalin indicaba que Moscú presionaría para obtener ventajas, pero evitaría un desafío militar directo.

La forma diplomática de esa señal fue la nota de paz del 10 de marzo de 1952. Pedía un tratado de paz con Alemania, elecciones libres, reunificación y neutralidad. También proponía la retirada de tropas extranjeras en un año y el derecho de la nueva Alemania a mantener fuerzas armadas. La nota incluía cláusulas de escape que podían sostener la obstrucción, incluida una prohibición de organizaciones hostiles a la democracia y la paz que los negociadores soviéticos podían aplicar contra partidos de estilo occidental. Aun así, Kissinger sostiene que el tono, la precisión y la disposición declarada de la nota a considerar otras propuestas la convertían en algo más que mera propaganda.

Por qué los aliados occidentales se negaron a probar la oferta

El momento de la propuesta de Stalin fue decisivo. Si hubiera aparecido antes del bloqueo de Berlín, del golpe checoslovaco y de la guerra de Corea, podría haber detenido la idea de una Alemania miembro de la OTAN antes de que se desarrollara. En 1952, sin embargo, la Alianza Atlántica ya existía y el rearme alemán estaba en planificación. La Comunidad Europea de Defensa también se debatía en los parlamentos como marco para colocar la fuerza militar alemana dentro de un sistema europeo. La República Federal estaba dirigida por Konrad Adenauer, cuyo estrecho mandato parlamentario no le impidió comprometer a Alemania occidental con Occidente.

Los líderes occidentales entendían que abrir una gran negociación sobre la neutralidad alemana paralizaría las instituciones frágiles que acababan de crear. En Francia e Italia, los partidos comunistas tenían una fuerza electoral considerable y se oponían a la integración atlántica y europea. El Tratado de Estado austríaco llevaba años en negociación, y las conversaciones de armisticio en Corea se arrastraban. En ese contexto, una conferencia alemana podía convertirse en mecanismo de demora antes que en vía de arreglo. Kissinger trata por ello la sospecha occidental como razonable, aunque también reconoce indicios de que Stalin pudo estar dispuesto a explorar un acuerdo más amplio.

Las respuestas occidentales a la nota de Stalin estaban diseñadas menos para negociar que para cerrar la cuestión en términos favorables. Los tres aliados occidentales aceptaron en principio la reunificación alemana. Insistieron, sin embargo, en que una Alemania unificada siguiera libre para incorporarse a asociaciones compatibles con las Naciones Unidas, lo que significaba que podía permanecer vinculada a la OTAN. También ligaron las elecciones libres a libertades políticas que habrían socavado el régimen comunista de Alemania oriental antes de cualquier votación. Stalin contestó con rapidez y con una conciliación poco habitual, y las respuestas soviéticas posteriores se acercaron gradualmente a la posición occidental. Pero en otoño de 1952 Stalin estaba ocupado con el XIX Congreso del Partido, las elecciones presidenciales estadounidenses y su propia salud declinante.

Kissinger ve la disposición de Stalin a discutir elecciones libres como señal de que Alemania oriental seguía siendo una baza negociadora y no un satélite soviético plenamente aceptado. Como la población de la República Federal era mucho mayor, unas elecciones libres en toda Alemania casi con certeza habrían producido un resultado prooccidental. Solo Stalin tenía autoridad para aceptar tal sacrificio. Pero juzgó mal a las democracias al suponer que responderían a un nuevo equilibrio de poder sin tener en cuenta su conducta anterior. En 1952, había creado por fin presión suficiente para buscar alivio, pero también había convencido a Washington de que el compromiso con él era imposible.

La nota de paz también planteaba peligros prácticos que no podían resolverse con buena voluntad. Una Alemania neutral y armada necesitaría reglas para definir neutralidad, supervisión y fuerza militar permitida. Si las fuerzas de ocupación se retiraban, los ejércitos occidentales probablemente volverían al otro lado del Atlántico, mientras que las fuerzas soviéticas solo tendrían que retirarse una corta distancia hasta Polonia, salvo que el acuerdo las obligara a regresar a territorio soviético. Incluso un retiro soviético más amplio plantearía la cuestión de si Moscú quedaría impedida de volver a Europa oriental para rescatar regímenes comunistas. En las condiciones de 1952, los dirigentes occidentales no podían imaginar a Stalin aceptando ese resultado.

Lo más importante era que la propuesta amenazaba con recrear el problema centroeuropeo existente desde la unificación alemana de 1871. Una Alemania fuerte, unificada y guiada por una política puramente nacional había desestabilizado Europa varias veces. En la década de 1950, el peligro era más agudo porque millones de refugiados alemanes de territorios perdidos en el este podían alimentar reivindicaciones revisionistas. La neutralidad podía separar a Alemania de Occidente sin volverla inofensiva. Para Kissinger, esta preocupación explica por qué los dirigentes estadounidenses y Adenauer veían la integración alemana en instituciones occidentales como más segura que la reunificación alemana bajo fórmulas neutralistas.

Adenauer y la definición occidental de la seguridad alemana

El retrato de Adenauer es central en el capítulo porque Adenauer dio a Alemania occidental la dirección política que hacía poco atractiva la oferta de Stalin. Nacido en 1876 en la Renania católica, Adenauer procedía de una región históricamente recelosa de la centralización prusiana. Fue alcalde de Colonia, fue apartado por los nazis en 1933, regresó brevemente bajo auspicios aliados en 1945 y volvió a ser destituido por las autoridades británicas de ocupación debido a su independencia. Cuando llegó a canciller a los setenta y tres años, su edad y serenidad encajaban con un país ocupado y dividido. Su seguridad interior también importaba a una sociedad moralmente dañada e incierta sobre su futuro.

La política de Adenauer se construyó sobre la fiabilidad. Detestaba la tradición alemana de maniobrar entre Este y Oeste y creía que el sistema de Bismarck había hecho a Alemania peligrosa para otros e insegura para sí misma. En el relato de Kissinger, Adenauer quería liberar a Alemania de la tentación de desempeñar un papel flotante en el centro de Europa. Una Alemania dividida y anclada en Occidente era para él preferible a una Alemania unificada cuya neutralidad invitaría presiones de todos lados y reavivaría pasiones nacionalistas.

Esta posición enfrentó a Adenauer con los socialdemócratas, que tenían un sólido historial antinazi y una base histórica en la zona ocupada por los soviéticos. Los socialdemócratas eran democráticos y anticomunistas, pero situaban la unidad alemana por encima de la integración atlántica y estaban dispuestos a considerar la neutralidad como precio de la reunificación. Adenauer rechazó ese acuerdo tanto por razones filosóficas como prácticas. Un arreglo neutral probablemente impondría restricciones, controles y derechos de intervención sobre Alemania. Kissinger presenta la elección de Adenauer como un acto de disciplina estratégica: aceptó posponer la unidad para ganar igualdad, respetabilidad e integración con las democracias occidentales.

La muerte de Stalin en marzo de 1953 puso fin a cualquier posibilidad de saber si habría podido superar la resistencia de Adenauer o la cautela de los aliados occidentales. Sus sucesores necesitaban alivio de la presión de la Guerra Fría aún más que él, pero carecían de su autoridad y unidad. La lucha por la sucesión hacía peligrosas las concesiones. Beria fue pronto detenido y ejecutado con cargos que incluían conspirar para entregar Alemania oriental, aunque la propia política de Stalin se había movido hacia hacer negociable Alemania oriental. Kissinger usa esta contradicción para mostrar cómo la política soviética posterior a Stalin hizo casi imposible una diplomacia seria: los nuevos dirigentes querían los beneficios de una tensión reducida sin aceptar el riesgo político de las concesiones.

El llamamiento de Malenkov a negociar en marzo de 1953 no contenía, por tanto, ninguna oferta concreta. Ambos lados temían un terreno desconocido. La dirección soviética temía que abandonar Alemania oriental deshiciera su sistema de satélites. La administración Eisenhower temía que negociar sobre Alemania destruyera la OTAN y cambiara la sustancia de la alianza por la apariencia de diplomacia. Kissinger sostiene que los líderes estadounidenses tenían razón al considerar estrecho el margen de negociación. Una Alemania neutral se volvería vulnerable al chantaje soviético o reviviría el viejo problema de una potencia central no controlada. Una Alemania unida dentro de la OTAN, quizá con restricciones militares, era más compatible con la estabilidad europea, pero los soviéticos solo habrían podido aceptarla bajo presión intensa.

Churchill, Dulles y la discusión sobre negociar

Winston Churchill, que había vuelto al poder en 1951, era el líder occidental más inclinado a poner a prueba las intenciones soviéticas. Sus comentarios privados sugerían disposición a reabrir el arreglo de Potsdam y, si Moscú se negaba a cooperar, intensificar la Guerra Fría. Ningún otro dirigente occidental estaba preparado para asumir esos riesgos, y la cautela estadounidense preservó la cohesión aliada a costa de perder cualquier oportunidad inmediata de aprovechar la confusión soviética tras la muerte de Stalin.

El debate se desplazó entonces desde qué debía negociar Occidente hasta si negociar en sí era sensato. Kissinger considera revelador ese desplazamiento. Churchill llevaba mucho tiempo a favor de conversaciones de alto nivel con Moscú y no se limitaba a ceder a la vejez o al sentimentalismo. Durante y después de la guerra había imaginado un arreglo basado en una Alemania unificada y neutral y en una línea defensiva occidental más al oeste. También quería una retirada soviética hacia la frontera polaco-soviética y gobiernos neutrales pero independientes a lo largo de la frontera soviética. Antes de 1948, ese diseño podría haber restaurado algo parecido al viejo equilibrio europeo. En 1952, habría exigido deshacer la integración de Alemania occidental y transformar Europa oriental mediante una confrontación que ningún Estado de Europa occidental estaba dispuesto a arriesgar por una Alemania derrotada.

John Foster Dulles representaba el instinto opuesto. Veía el conflicto Este-Oeste como una lucha moral y se resistía a negociar hasta que el sistema soviético cambiara. Esta posición chocaba con el hábito diplomático británico más antiguo de negociar arreglos prácticos con adversarios. Churchill buscaba una coexistencia tolerable mediante contacto repetido; los dirigentes estadounidenses querían que posiciones de fuerza produjeran moderación soviética. Dean Acheson ya había sostenido que las conversaciones debían esperar hasta que Occidente hubiera eliminado sus debilidades. Eisenhower y Dulles heredaron este enfoque, aunque la muerte de Stalin hizo que Churchill insistiera más en descubrir hasta dónde podía llegar Malenkov.

La respuesta de Eisenhower a Malenkov en abril de 1953 rechazó la premisa de Churchill. Argumentó que las causas de la tensión eran claras y que los soviéticos debían demostrar buena fe con actos específicos: un armisticio en Corea, un Tratado de Estado austríaco y el fin de los ataques contra la seguridad en Indochina y Malasia. Kissinger observa que esta formulación agrupaba erróneamente a China y la Unión Soviética y exigía control soviético sobre acontecimientos que Moscú no dirigía plenamente. Aun así, la lógica del discurso era clara: los hechos debían preceder a las negociaciones.

Churchill temía que esa rigidez matara una posible primavera de la política soviética. Propuso una reunión de las potencias de Potsdam e incluso imaginó un contacto preparatorio con Molotov. Eisenhower veía una cumbre como una concesión que invitaría presiones para iniciativas prematuras. Churchill, limitado por la dependencia británica de Estados Unidos, no rompió abiertamente con Washington, pero usó la Cámara de los Comunes para argumentar que los cambios internos en Rusia podían importar más que los gestos soviéticos externos. Quería una cumbre pequeña y flexible que evitara el detalle técnico y fijara principios para futuras negociaciones.

La debilidad de la posición de Churchill era su falta de contenido concreto. Su principal ejemplo era un nuevo arreglo parecido al Pacto de Locarno de 1925, por el que Alemania y Francia aceptaron sus fronteras y Gran Bretaña garantizó a ambas partes. Kissinger considera defectuosa la analogía. Una garantía general en las condiciones ideológicas de los años cincuenta planteaba preguntas sin respuesta sobre qué fronteras se garantizarían, contra qué amenazas y por quién. Si todas las potencias debían concurrir antes de resistir, la agresión soviética podía quedar protegida por veto. Si el acuerdo sustituía a las alianzas existentes, podía disolver las estructuras que daban seguridad a Occidente.

Aun así, Kissinger atribuye a Churchill la intuición estratégica correcta. Los públicos democráticos no podían sostener una confrontación indefinida si los gobiernos no habían mostrado que se habían explorado alternativas. Sin un programa político para aliviar tensiones, las sociedades occidentales podían oscilar entre la intransigencia rígida y la aceptación crédula de ofensivas soviéticas de paz. La idea de reserva de Churchill no era un arreglo completo, sino lo que más tarde se llamaría distensión: un periodo de tensiones suavizadas en el que el tiempo, la fuerza económica y la evolución interna podían trabajar contra la rigidez soviética. La contención ofrecía resistencia y esperanza lejana; un gran arreglo inmediato arriesgaba demasiado. Churchill buscaba un curso intermedio.

Las ideas posteriores de repliegue de George Kennan reflejaron una tensión similar. Preocupado porque la contención se había convertido en justificación de confrontación militar interminable, Kennan propuso retirar tropas soviéticas de Europa central a cambio de la retirada estadounidense de Alemania y apoyó la idea de Adam Rapacki de una zona desnuclearizada en Alemania, Polonia y Checoslovaquia. Kissinger objeta que estos planes se parecían a la nota de paz de Stalin: la integración alemana en Occidente se sacrificaría por una retirada militar soviética, sin garantías fiables contra una nueva intervención soviética ni contra la reaparición de un papel nacional alemán inestable.

El estancamiento que consolidó la división europea

Dulles tenía razón en que unas negociaciones fluidas sobre Alemania podían poner en peligro a Occidente, pero Kissinger sostiene que creó una debilidad psicológica al tratar la evitación de la negociación como el mejor método para preservar la cohesión. Las sociedades democráticas necesitaban algo más que resistencia como propósito. Occidente necesitaba una concepción política que mantuviera a Alemania dentro de las instituciones occidentales y al mismo tiempo aliviara las tensiones a lo largo de la línea divisoria europea. Dulles prefirió reuniones de ministros de Exteriores que terminarían bloqueadas mientras la OTAN y el rearme alemán se consolidaban. Esto convenía tanto a Washington como a Moscú por razones distintas: Estados Unidos ganaba tiempo para su posición a largo plazo, más fuerte, mientras la insegura dirección soviética evitaba decisiones que no podía tomar con seguridad.

Una vez que los soviéticos comprendieron que Occidente no presionaría sobre las cuestiones centroeuropeas, se concentraron en las pruebas específicas que Eisenhower y Dulles habían nombrado. El armisticio coreano, el Tratado de Estado austríaco y las negociaciones sobre Indochina se convirtieron en sustitutos de un arreglo europeo más amplio, no en puertas hacia él. Una reunión de ministros de Exteriores sobre Alemania en enero de 1954 quedó rápidamente bloqueada porque Dulles y Molotov preferían consolidar sus esferas antes que entrar en una diplomacia imprevisible.

El estancamiento no era simétrico. Para Moscú, evitar concesiones conservaba a corto plazo la órbita satélite, pero profundizaba la sobreextensión a largo plazo. Para Estados Unidos, la inflexibilidad produjo controversia interna y vulnerabilidad ante campañas soviéticas de paz superficiales, aunque también servía al fondo de la ventaja estadounidense. La esfera occidental poseía mayor fuerza económica, legitimidad más amplia y mejores perspectivas en una competencia sostenida. Kissinger juzga, por tanto, que Molotov evitó concesiones que quizá habrían ahorrado cargas posteriores a la Unión Soviética, mientras Dulles evitó la flexibilidad de un modo que aun así ayudó a poner las bases del éxito estratégico estadounidense final.

El resultado inmediato fue la incorporación de Alemania occidental a la OTAN. La Comunidad Europea de Defensa fracasó porque Francia temía tanto el rearme alemán como la cesión de autonomía nacional en defensa, especialmente mientras combatía guerras coloniales. Dulles y Anthony Eden pasaron entonces a la membresía alemana directa en la OTAN. Francia la aceptó solo después de que Gran Bretaña aceptara mantener tropas estacionadas permanentemente en suelo alemán, proporcionando la garantía militar concreta que había rechazado tras la Primera Guerra Mundial. Fuerzas británicas, francesas y estadounidenses quedaban ahora en Alemania como aliadas de la República Federal. La iniciativa de Stalin, que pretendía reabrir la cuestión alemana, acabó confirmando la división de Europa.

Cuando Occidente se sintió lo bastante seguro para hablar con Moscú, los asuntos centrales ya se habían endurecido. Churchill se había retirado, la República Federal estaba en la OTAN y la Unión Soviética había decidido que preservar Alemania oriental era más seguro que intentar arrancar Alemania occidental de Occidente. La cumbre de Ginebra de julio de 1955 se pareció poco a las esperanzas anteriores de Churchill. En lugar de abordar las causas de la Guerra Fría, enfatizó atmósfera, contacto personal y propaganda. La propuesta de Eisenhower de «cielos abiertos» para reconocimiento aéreo mutuo implicaba poco riesgo para Estados Unidos y era improbable que fuera aceptada por los soviéticos. El futuro de Europa central se trasladó a los ministros de Exteriores sin principios rectores.

Kissinger trata la reacción occidental a Ginebra como una liberación psicológica tras una década de tensión. Eisenhower y Dulles habían insistido antes en actos soviéticos concretos, pero en Ginebra aceptaron la idea de que un cambio de tono podía ser significativo por sí mismo. El entusiasmo de la prensa, el lenguaje de Dulles sobre la tolerancia soviética y la celebración británica del «espíritu de Ginebra» mostraron cómo el hecho de una reunión amistosa podía confundirse con progreso. A juicio de Kissinger, esto daba a los soviéticos pocos incentivos para hacer concesiones reales.

Las consecuencias fueron severas. Entre la fundación de la OTAN y las negociaciones que terminaron produciendo los Acuerdos de Helsinki en 1975, la diplomacia política sobre Europa quedó en gran parte congelada, salvo cuando los ultimátums soviéticos sobre Berlín obligaban a conversar. La diplomacia Este-Oeste se desplazó cada vez más hacia el control de armamentos, que se convirtió en la contraparte técnica de la estrategia de posiciones de fuerza. Pero el control de armamentos podía limitar el peligro militar sin resolver necesariamente el conflicto político. La división de Europa, y en especial de Alemania, se solidificó como el arreglo operativo que Roosevelt había esperado evitar: dos campos armados frente a frente en el centro del continente, con Estados Unidos comprometido permanentemente con la seguridad europea.

Jrushchov y el deshielo mal leído

La cumbre de Ginebra también animó a los dirigentes soviéticos a extraer conclusiones muy distintas de las occidentales. Los herederos de Stalin habían sobrevivido a la incertidumbre inmediata posterior a Stalin, aplastado el levantamiento de Berlín Este de junio de 1953 sin respuesta occidental, retrasado la unificación alemana sin penalización seria y recibido respetabilidad internacional en Ginebra sin abordar las causas de la tensión. Como marxistas entrenados para interpretar la política mediante la «correlación de fuerzas», concluyeron que la historia se movía a su favor. Sus crecientes capacidades nucleares y termonucleares reforzaron esa confianza.

Kissinger sostiene que los dirigentes occidentales malinterpretaron a la segunda generación soviética al aplicar supuestos de la política democrática. Los sucesores de Stalin se habían formado en el terror, la servidumbre, la denuncia y la ambición. Conocían la brutalidad del estalinismo, pero la explicaban como desviación de un solo hombre antes que como fracaso del sistema comunista. Su lucha por el poder duró años: Beria fue ejecutado en 1953, Malenkov fue apartado en 1955, Jrushchov derrotó al grupo antipartido en 1957 y en 1958 consolidó su autoridad tras la destitución de Zhúkov. Esa turbulencia hacía útil una reducción de la tensión, pero no produjo una concepción occidental de la coexistencia pacífica.

Jrushchov encarnaba la ambigüedad de la era posterior a Stalin. Su ataque contra Stalin y sus experimentos con la desestalinización iniciaron un proceso cuyas implicaciones últimas no entendía y no habría recibido con agrado. En ese sentido limitado, Kissinger lo ve como precursor de Gorbachov y como agente temprano del posterior desmoronamiento del comunismo. Pero Jrushchov también fue temerario en el exterior. Encontró puntos vulnerables en la posición occidental y provocó crisis en Oriente Medio. Lanzó ultimátums sobre Berlín, alentó guerras de liberación nacional y colocó misiles en Cuba. Podía iniciar crisis con más facilidad de la que tenía para terminarlas, y la resistencia occidental acabó convirtiendo su activismo en desperdicio estratégico y humillación.

El camino hacia esas confrontaciones comenzó después de Ginebra. A su regreso de la cumbre, Jrushchov se detuvo en Berlín Este y reconoció la soberanía del régimen comunista de Alemania oriental, algo que Stalin había evitado porque mantenía Alemania oriental como baza negociadora. Desde entonces, la unificación alemana desapareció de las negociaciones internacionales serias y quedó desplazada a las relaciones entre los dos Estados alemanes. Como ni la República Federal ni el régimen comunista de Alemania oriental se disolverían voluntariamente, la unidad solo podía llegar mediante el colapso de uno de ellos. La posterior crisis de Berlín de 1958-1962 tuvo por ello raíces en la falsa tranquilidad de 1955.

Al final del capítulo, el arreglo europeo de posguerra aparece mediante la negociación fallida antes que mediante una paz acordada. Las potencias occidentales y la Unión Soviética aceptaron en la práctica los Estados alemanes de cada campo, incluso sin resolver en principio la cuestión alemana. El arreglo era un orden de esferas de influencia en todo salvo en el nombre, pero también produjo cierta estabilidad al dejar en suspenso la cuestión alemana. Esa estabilidad no puso fin a la Guerra Fría. Jrushchov pronto desafió a Occidente fuera del escenario europeo donde Stalin había sido normalmente más cauto, y el siguiente gran punto de crisis se desplazaría a la crisis de Suez de 1956.


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