
Portada de Diplomacy, de Henry Kissinger, usada como imagen común de esta serie de resúmenes.
En 1994, Henry Kissinger publicó el libro La Diplomacia. Él fue un diplomático erudito y renombrado que sirvió como Consejero de Seguridad Nacional de los Estados Unidos y Secretario de Estado. Su libro ofrece un amplio panorama de la historia de las relaciones exteriores y del arte de la diplomacia, con un énfasis especial en el siglo XX y el mundo occidental. Kissinger, conocido por su alineación con la escuela realista de Relaciones Internacionales, explora los conceptos del equilibrio de poder, de la razón de estado y de la Realpolitik a través de diferentes épocas.
Su trabajo ha sido ampliamente elogiado por su alcance y complejidad. Sin embargo, también ha sido criticado por su enfoque en individuos en lugar de en fuerzas estructurales, y por presentar una visión reduccionista de la historia. Además, los críticos han señalado que el libro se concentra excesivamente en el papel individual de Kissinger en los eventos, potencialmente exagerando su impacto sobre ellos. De todos modos, sus ideas merecen ser consideradas.
Este artículo presenta un resumen de las ideas de Kissinger en el vigésimo primer capítulo de su libro, titulado "La contención por turnos: la crisis de Suez".
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La entrada soviética en Oriente Medio
La Cumbre de Ginebra de 1955 alentó el lenguaje de la coexistencia pacífica, pero Kissinger subraya que la Guerra Fría seguía siendo una competición en la que la ganancia de un bando solía tratarse como la pérdida del otro. En Europa, el poder estadounidense había estabilizado la esfera occidental y había disuadido el aventurerismo soviético. Ese bloqueo europeo dejaba espacio para moverse en otros lugares. La venta de armas a Egipto en 1955, organizada formalmente a través de Checoslovaquia y pagada con algodón egipcio, mostró que Moscú competiría ahora en zonas antes tratadas como reservas occidentales.
Kissinger contrasta la iniciativa de Jrushchov con la cautela de Stalin. Stalin había visto el mundo en desarrollo como lejano, inestable y difícil de controlar, y había evitado comprometer allí la credibilidad soviética. Jrushchov vio que el suministro de armas podía penetrar en movimientos nacionalistas sin imponer las cargas del dominio directo. Las armas soviéticas avivarían el nacionalismo árabe, complicarían el conflicto árabe-israelí y desafiarían la preponderancia occidental, pero el coste para Moscú era bajo y la perturbación para Occidente podía ser enorme.
La presión recayó primero sobre Gran Bretaña. Egipto era uno de los restos centrales de la posición imperial británica después de la India, y el Canal de Suez era la arteria principal para los envíos de petróleo hacia Europa occidental. La posición regional británica aún descansaba en Irán como base petrolera y en Egipto como base estratégica. También mantenía fuerzas en Egipto, Irak e Irán, e influencia hasta Jordania mediante el mando de Glubb Pasha sobre la Legión Árabe. Esa estructura ya había empezado a deshacerse. La nacionalización del petróleo iraní por Mossadegh en 1951 mostró que Gran Bretaña necesitaba el respaldo estadounidense para usar la fuerza cerca de la frontera soviética. Estados Unidos ayudó a fomentar el golpe de 1953 que apartó a Mossadegh; la preeminencia británica en Irán quedó rota. En Egipto, el derrocamiento del rey Faruq por jóvenes oficiales en 1952 produjo un nuevo liderazgo nacionalista centrado en Gamal Abdel Nasser.
Nasser encarnaba la política anticolonial que Gran Bretaña y Francia temían y que Estados Unidos malinterpretaba. Había quedado humillado por la derrota árabe de 1948 y veía la creación de Israel como parte de un proceso colonial occidental más largo. También aspiraba a expulsar a británicos y franceses de la región y a presentarse como campeón del nacionalismo árabe. Su ascenso expuso el conflicto entre Estados Unidos y sus aliados europeos sobre el colonialismo. Truman y Eisenhower se opusieron a la acción militar británica en Irán o Egipto, invocando públicamente las Naciones Unidas y reconociendo en privado que asociarse con el imperialismo británico era políticamente insostenible.
Nasser, el no alineamiento y el error occidental
Kissinger sostiene que el anticolonialismo estadounidense contenía su propia ilusión. Los dirigentes estadounidenses tendían a imaginar que los nuevos Estados se parecerían a Estados Unidos después de la independencia. También suponían que preferirían de forma natural a Washington al ver su diferencia con los antiguos imperios europeos. Muchos líderes de esos nuevos Estados, sin embargo, gobernaban de manera autoritaria, usaban lenguaje marxista y veían el conflicto Este-Oeste como una palanca contra el viejo sistema imperial. Para ellos, la oposición estadounidense al colonialismo no convertía a Estados Unidos en socio natural; hacía de Washington un miembro útil del campo occidental al que se podían arrancar concesiones.
La contención y la seguridad colectiva, aun así, arrastraron a Estados Unidos más profundamente hacia Oriente Medio. Washington creía que debía oponerse a la expansión soviética allí donde apareciera y buscó estructuras de alianza regionales semejantes a la OTAN. Los dirigentes de la región solían considerar a Moscú menos como una amenaza para su independencia que como una herramienta de negociación. Nasser, en particular, tenía pocos incentivos para identificarse con Occidente. Su posición interna dependía de demostrar que Egipto había obtenido no solo independencia, sino libertad de maniobra frente a las democracias occidentales. El no alineamiento era por tanto política exterior y teatro interno a la vez.
Gran Bretaña y Estados Unidos supusieron al principio que la resistencia de Nasser reflejaba agravios que podían satisfacerse. Londres esperaba preservar una versión modificada de su dominio histórico. Washington esperaba atraerlo a la contención. La Unión Soviética, en cambio, reconoció que armar a Nasser podía desbordar las defensas occidentales sin exigir control soviético sobre la política interna egipcia. Nasser utilizó esos tres impulsos unos contra otros. Cuanto más intentaba Occidente aplacarlo, más equilibraba los beneficios occidentales con gestos hacia Moscú o hacia el neutralismo radical.
La respuesta preferida de Kissinger habría consistido en aislar a Nasser tras el acuerdo de armas soviético y mostrar que el apoyo soviético no aportaba ninguna ventaja. Si Nasser abandonaba después a Moscú, o si un dirigente más moderado lo sustituía, Occidente podría haber seguido con una iniciativa diplomática generosa. En 1955, no obstante, las democracias eligieron la conciliación. El intento de construir el Pacto de Bagdad reveló la misma confusión. El gobierno de Eisenhower quería un Cinturón Norte de Estados a lo largo del flanco meridional de la Unión Soviética, pero la alianza carecía de propósito común, peligro común e integración militar útil. Siria se negó a entrar, Irak temía más al radicalismo árabe que a una invasión soviética, Pakistán se preocupaba por la India y Nasser vio el pacto como un intento de restaurar la influencia colonial y aislar a Egipto.
La búsqueda fallida de una fórmula occidental
Tras no castigar a Nasser por el acuerdo de armas soviético, Gran Bretaña y Estados Unidos intentaron alejarlo de Moscú mediante la paz árabe-israelí y la financiación occidental de la presa alta de Asuán. La iniciativa de paz descansaba en la creencia de que la derrota árabe de 1948 y el establecimiento de Israel habían impulsado el radicalismo árabe. Para Nasser, una paz genuina con Israel habría dañado su pretensión de liderazgo árabe. Egipto exigía la devolución del Néguev y la repatriación de los refugiados palestinos. Israel, que no entregaría la mitad de su territorio ni aceptaría una transformación demográfica capaz de deshacer el Estado judío, insistía en una paz formal y fronteras abiertas. Los dirigentes árabes consideraban intolerable esa exigencia porque implicaba la aceptación permanente de Israel. El bloqueo creó un patrón que duró hasta la iniciativa de Sadat en Egipto, e incluso más tiempo en otras partes del mundo árabe.
El proyecto de la presa de Asuán era igual de contradictorio. Eden, aunque quería apartar a Nasser, se convirtió en uno de los principales defensores de la financiación angloestadounidense de la presa para mantener fuera de Egipto la influencia económica soviética y preservar el papel diplomático británico. En diciembre de 1955, Gran Bretaña y Estados Unidos ofrecieron apoyo en dos etapas, con Estados Unidos asumiendo la mayor parte de la carga. La oferta era extraña porque ambos gobiernos desconfiaban de Nasser y se inquietaban por su deriva hacia Moscú. Esperaban que la financiación futura les diera influencia sobre Egipto, del mismo modo que la dependencia financiera anterior había dado poder a Occidente sobre Egipto en el siglo XIX.
La presa, en cambio, aumentó la confianza de Nasser. Regateó las condiciones, se negó a ayudar a las negociaciones árabe-israelíes y alentó la presión contra los intereses británicos. Cuando Gran Bretaña empujó a Jordania hacia el Pacto de Bagdad, disturbios proegipcios ayudaron a obligar al rey Hussein a destituir a Glubb Pasha en marzo de 1956. Después, el 16 de mayo, Nasser reconoció a la República Popular China, una afrenta directa a Estados Unidos y en especial al secretario de Estado John Foster Dulles, muy comprometido con Taiwán. En junio, el ministro soviético de Asuntos Exteriores, Dmitri Shepílov, llegó a Egipto con una oferta para financiar y construir la presa, lo que permitió a Nasser enfrentar a las superpotencias entre sí.
Dulles respondió el 19 de julio retirando la oferta estadounidense. Creía haber hecho una gran jugada diplomática: si los soviéticos se negaban a construir la presa, Nasser quedaría humillado; si aceptaban, Moscú tendría que justificar enormes gastos en el extranjero mientras sus satélites seguían siendo pobres. Kissinger juzga que Dulles confundió oportunidades de propaganda con estrategia real. Un movimiento dramático exigía disposición a correr riesgos serios, y Dulles no tenía un plan claro para la respuesta egipcia. El embajador francés en Washington vio de inmediato que Nasser podía tomar represalias a través de Suez, donde podía dañar directamente a Gran Bretaña y Francia.
El 26 de julio de 1956, Nasser dio su respuesta en Alejandría. Presentó la cuestión como una lucha contra el imperialismo y vinculó la causa de Egipto con el nacionalismo árabe, Israel y Argelia. Al invocar a Ferdinand de Lesseps, el constructor francés del canal, dio la clave para que las fuerzas egipcias se apoderaran de la Compañía del Canal de Suez. La nacionalización transformó la retirada de la financiación de la presa por Dulles en un triunfo público para Nasser. También colocó a Gran Bretaña y Francia ante un desafío directo a su prestigio, sus intereses económicos y su posición imperial restante.
Gran Bretaña, Francia y el dilema estadounidense
La crisis reveló fuertes diferencias entre las democracias occidentales. Eden veía a Nasser a través de la memoria de las responsabilidades imperiales británicas y del trauma del apaciguamiento. Francia era aún más hostil porque el apoyo de Nasser a los movimientos anticoloniales amenazaba las posiciones francesas en Marruecos y sobre todo en Argelia. Los dirigentes franceses temían que las armas soviéticas enviadas a Egipto pudieran llegar a las guerrillas argelinas. Guy Mollet comparó a Nasser con Hitler, un juicio que Kissinger considera analíticamente inexacto. El nacionalismo árabe buscaba borrar fronteras impuestas después de la Primera Guerra Mundial, no conquistar naciones históricamente asentadas. Aun así, una vez que Eden y Mollet formularon el asunto como otra prueba contra el apaciguamiento, retroceder se volvió casi imposible en términos políticos y psicológicos.
La primera respuesta de Dulles pareció apoyar la posición anglo-francesa. En Londres, el 1 de agosto, sostuvo que un solo país, y en especial Egipto, no podía controlar el canal y que la opinión mundial debía movilizarse en favor de una operación internacional. Propuso una Conferencia Marítima de veinticuatro usuarios principales para diseñar un régimen de libre navegación. Así empezó un proceso que frustró a Londres y París porque Dulles combinaba objetivos duros con renuencia a usar la fuerza. Eden y Mollet querían derribar o humillar a Nasser. Eisenhower y Dulles estaban más preocupados por las relaciones de largo plazo con el mundo árabe y temían que una acción militar inflamase el sentimiento anticolonial durante una generación.
Kissinger sostiene que ambos lados leyeron mal la situación. Londres y París imaginaban que eliminar a Nasser podía restaurar el orden anterior a Nasser, que ya había desaparecido. Estados Unidos imaginaba que otro dirigente nacionalista aún podría incorporarse a un sistema de contención. El nacionalismo regional, sin embargo, se basaba en la libertad frente a ese alineamiento. En términos analíticos, Kissinger cree que Washington debería haber reconocido el nacionalismo militante de Nasser como un gran obstáculo y haber ayudado a demostrar que apoyarse en la Unión Soviética tenía costes. Si Estados Unidos tenía que separarse de Gran Bretaña y Francia, ese momento debería haber llegado después de la derrota de Nasser, cuando Washington podría haber apoyado objetivos nacionalistas moderados sin favorecer una restauración colonial.
En lugar de eso, la política estadounidense hirió a sus aliados y dejó sin resolver el problema estratégico. Las dos potencias europeas no aceptaban que derrotar a Nasser exigiría concesiones a un sucesor. Washington subestimó cuánto importaba a sus aliados su autopercepción como grandes potencias para estar dispuestos a asumir cargas internacionales. Optó por distanciarse diplomáticamente de Gran Bretaña y Francia, luego oponerse a ellas en público y demostrar los límites de su poder independiente.
Dulles profundizó la confusión. Kissinger lo presenta como un estadista informado pero moralista, cuyo sentido religioso del excepcionalismo estadounidense a menudo sonaba como un sermón para los dirigentes europeos. En Londres, su combinación de retórica moral, creatividad procedimental y negativa a usar la fuerza pareció evasiva. Apoyaba el objetivo declarado de internacionalizar la operación del canal, pero cada propuesta se convirtió en un instrumento de demora una vez que descartó la coerción.
La Conferencia Marítima produjo un plan mayoritario que aceptaba la soberanía egipcia y al mismo tiempo creaba un régimen internacional de operación. Nasser lo rechazó el 10 de septiembre. Dulles propuso entonces una Asociación de Usuarios que cobraría tasas y operaría mediante barcos situados fuera de las aguas territoriales egipcias, pero debilitó esa propuesta al renunciar de nuevo a la fuerza el 2 de octubre. También declaró que Estados Unidos desempeñaría un papel independiente en las cuestiones coloniales fuera del área del tratado de la OTAN. Kissinger observa que esta distinción jurídica se volvió después contra Washington cuando los aliados estadounidenses negaron apoyo en Vietnam y durante la guerra de Oriente Medio de 1973. Para Gran Bretaña y Francia en 1956, significaba que Washington no definía sus intereses en Oriente Medio como ellas los definían.
De la diplomacia a la apuesta anglo-franco-israelí
Eden sostuvo cada vez más que el problema ya no era solo Nasser, sino la penetración soviética. Dulles probablemente entendía el peligro, pero estaba condicionado por Eisenhower, apasionadamente contrario a la guerra. Eisenhower creía que Estados Unidos era lo bastante fuerte para resistir más tarde y que Suez no justificaba la fuerza. Eden y Mollet lo interpretaron mal, suponiendo que era demasiado afable o estaba demasiado limitado políticamente para oponerse a ellos en público. Ignoraron advertencias repetidas, incluido el argumento de Eisenhower de que una acción militar occidental uniría a buena parte de Oriente Próximo, el norte de África, Asia y África contra Occidente.
La última oportunidad diplomática llegó en las Naciones Unidas. Gran Bretaña y Francia habían evitado antes la ONU porque esperaban que los Estados no alineados apoyaran a Egipto. Cerca del final de la diplomacia, recurrieron a ella en parte para mostrar que los procedimientos institucionales habían fracasado. Por un momento, la ONU produjo avances: representantes egipcios, británicos y franceses aceptaron Seis Principios cercanos a la posición mayoritaria de la Conferencia Marítima. Incluían operación egipcia, un consejo supervisor de usuarios y arbitraje de disputas. El 13 de octubre, sin embargo, el Consejo de Seguridad aprobó los principios, pero la Unión Soviética vetó su aplicación.
Kissinger trata ese veto como la última oportunidad de paz. Estados Unidos podría haber presionado a Egipto para que Moscú retirase el veto, o podría haber advertido a la Unión Soviética de que Washington estaría con sus aliados en una confrontación. En cambio, Washington intentó preservar a la vez la amistad aliada y su apertura al mundo no alineado. Ese intento de mantenerse entre políticas incompatibles hizo probable la guerra.
Gran Bretaña y Francia aceptaron entonces un plan diseñado con Israel. Israel invadiría Egipto y avanzaría hacia el canal. Gran Bretaña y Francia emitirían un ultimátum que exigiría a Egipto e Israel retirarse de la Zona del Canal, sabiendo que Egipto se negaría. Después intervendrían para ocupar el canal en nombre de la libre navegación. Kissinger es severo con esta maniobra. Contradecía la diplomacia anterior, centrada en crear un régimen internacional para el canal, y hacía parecer que Gran Bretaña y Francia necesitaban a Israel para enfrentarse a Egipto. Israel perdió la ventaja de presentarse como el Estado que buscaba la paz con vecinos que rechazaban negociar. Las posiciones británicas en Jordania e Irak se debilitaron, y Eisenhower se sintió ofendido por lo que parecía un intento de explotar sus circunstancias electorales.
La ejecución militar agravó el error político. Israel invadió el Sinaí el 29 de octubre. Gran Bretaña y Francia emitieron su ultimátum el 30 de octubre, antes de que las fuerzas israelíes hubieran llegado al canal. El 31 de octubre anunciaron la intervención. Sus tropas desembarcaron cuatro días después y nunca cumplieron la misión de tomar rápidamente el canal. La demora dio tiempo a que se reuniera la oposición internacional e hizo que la operación pareciera agresiva e indecisa.
La ruptura estadounidense con sus aliados
Estados Unidos reaccionó con furia moral y diplomática. El 30 de octubre presentó una resolución en el Consejo de Seguridad que exigía la retirada de Israel detrás de las líneas de armisticio, sin una condena paralela de las incursiones patrocinadas por Egipto ni del bloqueo árabe del golfo de Aqaba. Cuando Gran Bretaña y Francia entraron en el conflicto, Eisenhower condenó su uso de la fuerza y llevó el asunto a la Asamblea General después de los vetos británico y francés esperados en el Consejo de Seguridad. Kissinger señala la ironía de que un rechazo tan absoluto de la fuerza no hubiera guiado la política estadounidense en Guatemala dos años antes ni guiara la intervención estadounidense en Líbano dos años después. Suez fue la primera y única vez que Estados Unidos votó con la Unión Soviética contra sus aliados más cercanos.
La Asamblea General exigió el fin de las hostilidades el 2 de noviembre por una votación abrumadora y pronto avanzó hacia una fuerza de paz de las Naciones Unidas. Para el 5 de noviembre, esa fuerza había sido creada. Ese mismo día, las fuerzas soviéticas aplastaron el levantamiento húngaro, mientras la ONU ofrecía solo una oposición simbólica. Kissinger subraya la simultaneidad sombría: Estados Unidos ayudaba a humillar a sus aliados más cercanos por Suez mientras la Unión Soviética reprimía una revuelta en Europa oriental con mucha mayor brutalidad.
La Unión Soviética explotó entonces la división de la alianza occidental. En la noche del 5 de noviembre, los dirigentes soviéticos emitieron comunicaciones que presentaban a Moscú como protectora de Egipto. Bulganin advirtió a Gran Bretaña y Francia con un lenguaje que insinuaba ataques con cohetes, amenazó la existencia de Israel y propuso una acción militar soviético-estadounidense conjunta para poner fin al conflicto. También sugirió que la guerra podía convertirse en una tercera guerra mundial. Kissinger describe esto como una bravata característica de Jrushchov. En 1956, la Unión Soviética era mucho más débil que Estados Unidos, especialmente en fuerzas nucleares, y no estaba en condiciones de arriesgar una confrontación.
Eisenhower rechazó una acción militar conjunta con Moscú y advirtió que Estados Unidos se opondría a cualquier movimiento soviético unilateral. Sin embargo, las amenazas soviéticas aumentaron la presión estadounidense sobre Gran Bretaña y Francia. El 6 de noviembre, una corrida contra la libra esterlina se volvió alarmante, y Estados Unidos se negó a calmar el mercado. Aislado en el Parlamento, sin apoyo de la Commonwealth y abandonado por Washington, Eden aceptó un alto el fuego. Las tropas británicas y francesas habían estado en suelo egipcio menos de cuarenta y ocho horas.
Kissinger reconoce que la expedición anglo-francesa estuvo mal concebida, mal ejecutada y carecía de un objetivo político claro. Estados Unidos no podía haber apoyado una operación así. Su crítica se dirige a la brutalidad y al carácter absoluto de la disociación estadounidense. Washington podría haber ralentizado el proceso de la ONU, reconocido las provocaciones de fondo, mencionado los planes internacionales anteriores para la operación del canal, abordado el bloqueo de Aqaba y las incursiones apoyadas por Egipto, y vinculado la condena de Gran Bretaña y Francia con la condena de la represión soviética en Hungría. Al tratar Suez como un problema puramente jurídico y moral, Estados Unidos ignoró el efecto geopolítico de conceder a Nasser una victoria incondicional respaldada por armas y amenazas soviéticas.
El error conceptual y sus consecuencias
Kissinger identifica tres premisas estadounidenses detrás de la política de Suez. Primero, Washington trató las obligaciones de alianza como estrictamente limitadas por documentos jurídicos. Segundo, trató la fuerza como inadmisible salvo en una autodefensa definida de forma estrecha. Tercero, creyó que oponerse a Gran Bretaña y Francia permitiría a Estados Unidos emerger como líder del mundo en desarrollo. Cada premisa reflejaba una tradición estadounidense real, pero cada una resultó inadecuada para la crisis.
Eisenhower sostenía que la ley exigía un mismo código para amigos y adversarios. Kissinger responde que la diplomacia no puede agotarse en la imparcialidad jurídica. En la práctica, los estadistas deben distinguir entre casos y entre aliados y adversarios. Dulles interpretó más tarde el artículo 1 del tratado de la OTAN como una obligación de que los miembros resolvieran sus disputas pacíficamente, pero Kissinger considera esa lectura singularmente pacifista para una alianza militar. La cuestión más profunda no era si la OTAN cubría jurídicamente Egipto. Era si una alianza llevaba alguna obligación tácita de comprender la visión de un aliado sobre sus intereses vitales más allá del área del tratado. George Kennan pidió contención, y Walter Lippmann sostuvo que, una vez que Gran Bretaña y Francia habían actuado, el interés estadounidense estaba en su éxito más que en su humillación.
La esperanza de ganar al mundo en desarrollo también fracasó. Nixon celebró la independencia estadounidense frente a la política colonial anglo-francesa y esperaba un gran beneficio político. Kissinger sostiene que tal beneficio no llegó. Nasser no moderó sus políticas. Admitir que la presión estadounidense lo había salvado habría dañado su prestigio nacionalista radical. En su lugar, intensificó los ataques contra gobiernos árabes prooccidentales. En dos años, el gobierno prooccidental de Irak cayó ante un régimen radical, Siria avanzó aún más en la misma dirección, Egipto intervino después en Yemen y las relaciones egipcio-estadounidenses se rompieron en 1967. Como Estados Unidos heredó las posiciones abandonadas por Gran Bretaña, el radicalismo de Nasser terminó volviéndose contra Washington.
El mundo no alineado más amplio tampoco se volvió proestadounidense. Sus dirigentes aprendieron que Nasser había ganado jugando con las superpotencias entre sí. También aprendieron una asimetría de la Guerra Fría: la presión sobre Estados Unidos tendía a producir declaraciones de buena voluntad e intentos de acomodación, mientras que la presión sobre la Unión Soviética arriesgaba contrapresión. Con el tiempo, la crítica de la política estadounidense se volvió ritual en las conferencias no alineadas, mientras las condenas de acciones soviéticas eran raras y cuidadosas. Kissinger interpreta este patrón como un cálculo de interés más que como un juicio moral.
La crisis también cambió la alianza atlántica. Anwar Sadat, entonces propagandista egipcio, concluyó que solo Estados Unidos y la Unión Soviética eran verdaderas grandes potencias. Los aliados estadounidenses llegaron a la misma conclusión. Suez les mostró que los intereses europeos y estadounidenses no eran automáticamente congruentes. Francia extrajo la lección de que necesitaba una capacidad nuclear independiente y, bajo De Gaulle, se orientó después hacia un marco franco-alemán simbolizado por el tratado de 1963 con Adenauer. Gran Bretaña extrajo una lección distinta. Aceptó la subordinación permanente dentro de la «relación especial» con Estados Unidos, con la esperanza de influir en las decisiones tomadas en Washington en vez de actuar por su cuenta como gran potencia.
Para la Unión Soviética, Suez fue peligrosamente alentador. En menos de un año desde el espíritu de Ginebra, Moscú había entrado en Oriente Medio, había aplastado Hungría y había amenazado Europa occidental mientras la indignación internacional se concentraba sobre todo en Gran Bretaña y Francia. Jrushchov interpretó la conducta estadounidense como debilidad más que como principio. El acuerdo de armas egipcio había dividido la alianza atlántica y aumentado la influencia soviética entre los Estados en desarrollo. Ese éxito aparente contribuyó, según la interpretación de Kissinger, al estilo confrontativo posterior de Jrushchov, que empezó con el ultimátum de Berlín de 1958 y terminó en la humillación de la crisis de los misiles de Cuba en 1962.
Estados Unidos hereda el vacío
La ironía final es que Suez marcó la ascensión de Estados Unidos al liderazgo global. Washington utilizó la crisis para liberarse de aliados que asociaba con el colonialismo, la Realpolitik y la diplomacia del equilibrio de poder. El poder seguía trayendo consecuencias. Los vacíos se llenan, y después de que Gran Bretaña y Francia fueran expulsadas de sus papeles históricos en Oriente Medio, Estados Unidos tuvo que cargar con el equilibrio regional por sí mismo.
Esta transformación apareció casi de inmediato. El 29 de noviembre de 1956, Washington declaró que las amenazas a la integridad territorial o la independencia política de los miembros del Pacto de Bagdad serían vistas con la máxima seriedad. Era lenguaje diplomático para un compromiso estadounidense de seguridad con Estados que Gran Bretaña ya no podía proteger. El 5 de enero de 1957, Eisenhower pidió al Congreso aprobar lo que se convirtió en la Doctrina Eisenhower: ayuda económica, asistencia militar y protección contra la agresión comunista en Oriente Medio. En su discurso sobre el Estado de la Unión, amplió aún más el principio al definir los intereses vitales estadounidenses como mundiales y vincular a Estados Unidos con toda nación libre.
El capítulo termina subrayando la carga creada por el intento estadounidense de separarse del imperialismo europeo. Durante la crisis, Washington aún esperaba gestionar el mundo en desarrollo a través de las Naciones Unidas y de una distinción moral entre el anticolonialismo estadounidense y el colonialismo europeo. Sin embargo, en dos años, fuerzas estadounidenses desembarcarían en Líbano bajo la Doctrina Eisenhower. Una década más tarde, Estados Unidos afrontaría Vietnam casi solo, mientras muchos aliados invocaban argumentos parecidos a los que Washington había usado durante Suez. En el relato de Kissinger, Suez fue por tanto una ruptura moral y una iniciación estratégica: Estados Unidos repudió a las viejas potencias imperiales, pero heredó las responsabilidades que ellas ya no podían asumir.
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