
La imagen de portada sitúa este resumen de capítulo dentro del estudio más amplio de Kissinger sobre diplomacia y orden internacional.
En 1994, Henry Kissinger publicó el libro La Diplomacia. Él fue un diplomático erudito y renombrado que sirvió como Consejero de Seguridad Nacional de los Estados Unidos y Secretario de Estado. Su libro ofrece un amplio panorama de la historia de las relaciones exteriores y del arte de la diplomacia, con un énfasis especial en el siglo XX y el mundo occidental. Kissinger, conocido por su alineación con la escuela realista de Relaciones Internacionales, explora los conceptos del equilibrio de poder, de la razón de estado y de la Realpolitik a través de diferentes épocas.
Su trabajo ha sido ampliamente elogiado por su alcance y complejidad. Sin embargo, también ha sido criticado por su enfoque en individuos en lugar de en fuerzas estructurales, y por presentar una visión reduccionista de la historia. Además, los críticos han señalado que el libro se concentra excesivamente en el papel individual de Kissinger en los eventos, potencialmente exagerando su impacto sobre ellos. De todos modos, sus ideas merecen ser consideradas.
Este artículo presenta un resumen de las ideas de Kissinger en el vigésimo octavo capítulo de su libro, titulado "La política exterior como geopolítica: la diplomacia triangular de Nixon".
Puede encontrar todos los resúmenes disponibles de este libro, o puede leer el resumen del capítulo anterior del libro, haciendo clic en estos enlaces.
Del dominio al liderazgo sostenible
Kissinger presenta la política exterior de Nixon como una respuesta a dos cambios relacionados de finales de la década de 1960. Primero, Estados Unidos intentaba terminar su implicación en Vietnam sin perder su posición global. Segundo, incluso sin el trauma de Vietnam, los fundamentos de la preponderancia estadounidense de posguerra habían empezado a debilitarse. Estados Unidos ya no poseía una superioridad nuclear abrumadora, y su primacía económica era desafiada por los mismos aliados a los que había ayudado a reconstruir, sobre todo Europa y Japón. En consecuencia, el problema no era simplemente cómo salir de Indochina. Era cómo definir un papel entre la abdicación y la sobreextensión.
Al mismo tiempo, el mundo de la Guerra Fría se volvía más flexible de lo que había supuesto la doctrina estadounidense anterior. El atractivo ideológico del comunismo había sufrido por las revelaciones de Jruschov en 1956 sobre Stalin y por la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968. Más importante aún, la ruptura entre China y la Unión Soviética debilitaba la pretensión de Moscú de liderar un bloque comunista unido. Para Kissinger, esas fisuras creaban posibilidades diplomáticas que una visión rígida del comunismo como monolito único no podía aprovechar.
En este relato, Nixon heredó un país cercano a la quiebra interna y profundamente frustrado por los costes del activismo global. Kissinger lo retrata como personalmente difícil, desconfiado, inseguro y a menudo poco generoso, pero a la vez como inusualmente informado sobre los asuntos internacionales y excepcionalmente atento a las relaciones geopolíticas. Nixon carecía del alcance histórico de Churchill o de De Gaulle. Aun así, captaba rápidamente las relaciones de poder y centraba su pensamiento de política exterior en el interés estadounidense. A juicio de Kissinger, sus instintos políticos internos podían deformarse por el resentimiento y la ambición, mientras que sus instintos estratégicos en política exterior eran mucho más disciplinados.
El contraste con el internacionalismo wilsoniano es central en el capítulo. Wilson había imaginado un mundo que avanzaba hacia la paz, la democracia y la seguridad colectiva, con Estados Unidos ayudando a ese movimiento. Nixon veía un mundo más áspero de amigos, adversarios, cooperación y conflicto. La paz no era la condición natural de la vida internacional, sino un resultado frágil de esfuerzo constante. Por eso, Nixon creía que la estabilidad dependía de un equilibrio de poder entre grandes centros: Estados Unidos, Europa, la Unión Soviética, China y Japón. En su visión, unos Estados Unidos fuertes eran condición del equilibrio.
Esta mirada realista no eliminaba el apego de Nixon al excepcionalismo estadounidense. Kissinger subraya la paradoja de que Nixon admiraba a Woodrow Wilson y usaba a menudo lenguaje wilsoniano sobre destino, liderazgo espiritual y fines pacíficos del poder estadounidense. El resultado fue una síntesis poco habitual. Nixon invocaba retórica idealista para explicar el propósito de Estados Unidos, pero recurría al interés nacional para guiar la táctica. Compartía la creencia de que Estados Unidos tenía un papel internacional indispensable, aunque también creía que otros Estados esperaban previsibilidad, no altruismo. La tarea, tal como la entendía, era preservar el papel mundial de una nación idealista haciendo sostenible ese papel.
La doctrina Nixon y los límites de la intervención
Nixon formuló por primera vez su nuevo enfoque en Guam el 25 de julio de 1969, al comienzo de un viaje mundial posterior al amerizaje del Apollo 11. La declaración empezó como una formulación improvisada y se convirtió en la doctrina Nixon tras ser desarrollada más tarde en 1969 y en el primer informe presidencial anual de política exterior, en febrero de 1970. Su propósito era evitar otra Corea u otro Vietnam, donde Estados Unidos había librado grandes guerras en zonas no cubiertas por alianzas formales.
La doctrina contenía tres principios. Estados Unidos honraría sus compromisos de tratado. Proporcionaría un escudo nuclear cuando una potencia nuclear amenazara a un aliado o a un país considerado vital para la seguridad estadounidense. En los casos de agresión no nuclear, no obstante, el país amenazado tendría que asumir la responsabilidad principal de aportar la mano de obra para su propia defensa. En teoría, este marco separaba los compromisos estadounidenses indispensables de las responsabilidades locales y animaba a aliados o socios a cargar con más de sus propios costes.
Kissinger subraya enseguida las ambigüedades de la doctrina. Prometer cumplir los compromisos no explicaba cómo se interpretarían esos compromisos, especialmente en una era nuclear. El escudo nuclear planteaba más preguntas. Si un país vital para la seguridad estadounidense era amenazado por medios convencionales, ¿actuaría Estados Unidos de todos modos? Si el apoyo era automático ante una amenaza nuclear, ¿qué diferencia práctica producía una alianza formal? La exigencia de mano de obra local también creaba un dilema de reparto de cargas. Si el interés nacional exigía que Estados Unidos defendiera una zona estratégica, un país amenazado podía descuidar su propia defensa y aun así esperar ser rescatado.
Por eso, la doctrina importaba sobre todo en crisis periféricas fuera de alianzas formales y con fuerzas locales respaldadas por los soviéticos. Kissinger la trata menos como una guía universal que como un intento de formular una regla contra la repetición de Vietnam. Expresaba el deseo de la administración de evitar tanto el aislamiento como la intervención indiscriminada, pero no resolvía la pregunta más profunda de cómo debían decidir los líderes estadounidenses dónde eran vitales los intereses.
Esa pregunta exigía una reevaluación de la contención misma. Kissinger divide el debate de la Guerra Fría en tres escuelas. La primera, asociada a Dean Acheson y John Foster Dulles, trataba el sistema soviético casi teológicamente: la ideología comunista hacía a Moscú permanentemente agresivo. La segunda, que Kissinger llama escuela psiquiátrica, trataba el comportamiento soviético como producto parcial de la inseguridad y pedía diálogo para fortalecer a las fuerzas pacíficas dentro del Kremlin. La tercera, una visión radical más reciente intensificada por Vietnam, sostenía que el comunismo colapsaría por su propia expansión y que la resistencia estadounidense solo lo fortalecía. Teorías de convergencia relacionadas afirmaban que las sociedades comunistas y capitalistas se movían hacia la similitud, haciendo innecesaria la confrontación.
Nixon rechazó las tres. No creía que Estados Unidos pudiera esperar pasivamente a que la historia derrotara a sus adversarios, ni que la diplomacia requiriera la transformación interna de la Unión Soviética antes de que pudieran empezar las negociaciones. Tampoco aceptaba la idea de que la hostilidad soviética pudiera disolverse principalmente mediante reafirmaciones tranquilizadoras. En su lugar, buscó convertir el interés nacional en el principio organizador de la política estadounidense. En el informe de política exterior de 1970, la administración sostuvo que los compromisos debían derivar de los intereses, no definirlos. Esto sonaba normal según los estándares diplomáticos europeos, pero Kissinger lo presenta como inusual en la retórica presidencial estadounidense del siglo XX.
Interés nacional, distensión y linkage
Kissinger distingue cuidadosamente el enfoque de Nixon del apaciguamiento o de la indiferencia ante la expansión soviética. La administración Nixon, sostiene, compartía los objetivos antiexpansionistas de la contención anterior. Reaccionó con dureza ante movimientos soviéticos percibidos como amenazantes. Entre ellos estuvieron una posible base naval soviética en Cuba en 1970, los misiles soviéticos desplazándose hacia el canal de Suez y la invasión siria de Jordania. A esa lista se sumaban el papel soviético en la guerra indo-pakistaní de 1971, la amenaza implícita de Brézhnev de intervenir en la guerra árabe-israelí de 1973 y, más tarde, el uso de tropas cubanas en Angola bajo la administración Ford. La diferencia residía en el método. Nixon no exigía un cambio en el sistema interno soviético como condición previa para negociar.
El concepto de distensión de la administración era, por tanto, ni confrontación pura ni conciliación sentimental. Nixon veía las relaciones soviético-estadounidenses como un conjunto de asuntos con distintos grados de posible arreglo. La cooperación en un área podía usarse para influir en la conducta soviética en otra, siempre que los asuntos estuvieran realmente relacionados en la práctica. Las negociaciones podían dar respiro a ambas superpotencias, especialmente mientras Estados Unidos se retiraba de Vietnam y la Unión Soviética afrontaba una confrontación cada vez más peligrosa con China. En la interpretación de Kissinger, Nixon creía que el tiempo favorecía a Estados Unidos porque el control político y la vitalidad económica soviéticos se debilitarían bajo una competencia pacífica prolongada.
Esta estrategia produjo la controvertida idea de linkage. Nixon se resistía a la suposición de que el control de armas debía avanzar aislado de la conducta soviética en Berlín, Oriente Medio o Vietnam. En febrero de 1969, argumentó que una crisis en una región y una cooperación genuina en otra no podían sostenerse indefinidamente. El punto no era forzar conexiones artificiales entre asuntos no relacionados. Más bien, el arte de gobernar exigía reconocer conexiones reales y crear incentivos o penalizaciones que hicieran la moderación más atractiva que la confrontación.
Muchos funcionarios, defensores del control de armas y especialistas soviéticos se opusieron a este método. La burocracia estadounidense de política exterior, en opinión de Kissinger, tendía a fragmentar la política en iniciativas separadas, cada una defendida por sus propios especialistas y clientelas. Los partidarios del control de armas querían negociaciones estratégicas tempranas porque consideraban urgente en sí misma la restricción nuclear. Los kremlinólogos temían que la presión sobre Moscú fortaleciera a los duros soviéticos. Las filtraciones de prensa y el impulso burocrático empujaron a la administración hacia las Conversaciones sobre Limitación de Armas Estratégicas antes de lo que Nixon prefería, incluso mientras él intentaba usar la perspectiva de conversaciones como palanca.
El debate sobre el control de armas también reflejaba supuestos más profundos de la Guerra Fría. Durante las décadas de 1960 y 1970, el pensamiento estratégico se centró menos en el desarme total que en reducir el riesgo de ataque sorpresa. El análisis de Albert Wohlstetter de 1959 había argumentado que las fuerzas nucleares podían ser vulnerables si se concentraban de formas que permitieran a un primer ataque destruirlas antes de la represalia. Esto desplazó la atención experta hacia capacidades de primer y segundo golpe, estabilidad estratégica, vulnerabilidad, precisión y verificación. Kissinger recalca, sin embargo, que la sofisticación técnica del control de armas podía ocultar la realidad política. La guerra nuclear sería decidida por líderes políticos bajo una presión aterradora, no por analistas en seminarios, y ninguno de los dos lados tenía experiencia operativa con toda la complejidad de un gran intercambio nuclear.
Por sí solo, el control de armas corría el riesgo de hacer más tolerable la contención sin resolver el conflicto político subyacente. Las crisis continuaban desde el Sudeste Asiático hasta Oriente Medio y Europa, mientras las negociaciones estratégicas ofrecían una forma de gestionar el peligro sin cambiar la relación adversarial. La política de linkage de Nixon intentó impedir esa separación. Al principio, el enfoque tuvo éxito limitado: un esfuerzo de 1969 por combinar conversaciones estratégicas con movimiento en Vietnam fracasó porque los asuntos avanzaban en calendarios distintos y Hanoi seguía intratable. Al final, sin embargo, el linkage se volvió eficaz porque la administración creó un incentivo más poderoso para la moderación soviética: la apertura a China.
China y el triángulo estratégico
Para Kissinger, la apertura a China fue el movimiento decisivo que transformó el tablero diplomático. Si la Unión Soviética ya no podía asumir una hostilidad permanente entre Washington y Pekín, los líderes soviéticos tendrían que considerar que un comportamiento agresivo podía acercar a Estados Unidos y China. La mejora de las relaciones sino-estadounidenses se convirtió así en elemento central de la estrategia de Nixon hacia la Unión Soviética. En la lógica de la diplomacia triangular, Estados Unidos ganaría influencia al estar más cerca de ambas potencias comunistas de lo que cada una estaba de la otra.
La política requería revertir dos décadas de aislamiento. Después de la victoria comunista en China en 1949 y de la intervención china en la guerra de Corea, la política estadounidense había tratado a Pekín como enemigo excluido. El contacto diplomático se había reducido a reuniones hostiles de embajadores en Varsovia. Durante la Revolución Cultural, hasta ese canal se interrumpió cuando casi todos los embajadores chinos fueron llamados de vuelta. Los supuestos estadounidenses también cambiaron lentamente. Muchos veían la China comunista como más ideológica, más revolucionaria y menos negociable que la Unión Soviética. Irónicamente, algunos especialistas soviéticos que favorecían el diálogo con Moscú advirtieron a Nixon que acercarse a China provocaría paranoia soviética y pondría en peligro las relaciones soviético-estadounidenses.
Kissinger sostiene que los estadistas europeos habían entendido antes la oportunidad. Adenauer habló de la ruptura sino-soviética a finales de la década de 1950, y De Gaulle vio que la disputa de Moscú con China podía hacer a la Unión Soviética más interesada en cooperar con Occidente. El análisis de De Gaulle era astuto, aunque Francia carecía del poder para explotarlo plenamente. Los responsables estadounidenses, limitados por hábitos ideológicos y por la memoria reciente de las guerras asiáticas, tardaron más en percibir el significado estratégico de la ruptura.
Nixon ya había indicado antes de asumir el cargo que China no podía permanecer aislada permanentemente. Kissinger, escribiendo para la campaña de Nelson Rockefeller en 1968, también había argumentado que una relación triangular entre Washington, Pekín y Moscú mejoraría las opciones estadounidenses con ambas potencias comunistas. Aun así, la apertura inmediata vino menos del diseño estadounidense que del miedo chino a la Unión Soviética. En la primavera de 1969, choques a lo largo del río Ussuri enfrentaron a fuerzas chinas y soviéticas. Washington asumió primero que el radicalismo chino era responsable, pero la conducta soviética pronto despertó sospechas. Diplomáticos soviéticos informaron a Washington con detalle inusual y preguntaron cómo reaccionaría Estados Unidos si el conflicto escalaba. Después, la inteligencia sugirió que los choques se producían cerca de bases de suministro soviéticas y lejos de centros de comunicación chinos, mientras las fuerzas soviéticas crecían a más de cuarenta divisiones a lo largo de la extensa frontera china.
Si Moscú se preparaba para atacar China, Kissinger creía que el equilibrio mundial afrontaría su peligro más grave desde la crisis de los misiles de Cuba. Un intento soviético de imponer la doctrina Brézhnev a China subordinaría el país más poblado del mundo a una superpotencia nuclear y recrearía el peligro estratégico asociado antaño a un bloque comunista unificado. Por tanto, Nixon tomó dos grandes decisiones en el verano de 1969. Dejó a un lado la agenda sino-estadounidense tradicional de Taiwán, reclamaciones, restricciones de viaje y agravios diplomáticos, y eligió explorar si China y la Unión Soviética se temían más entre sí de lo que cualquiera de ellas temía a Estados Unidos. También advirtió a Moscú que Estados Unidos no sería indiferente ante un ataque soviético a China.
Esa advertencia se expresó con cautela pero con claridad. En septiembre de 1969, el subsecretario de Estado Elliot Richardson declaró que Estados Unidos no buscaba explotar el conflicto sino-soviético. Añadió que Washington estaría profundamente preocupado si escalaba hasta una gran ruptura de la paz internacional. Kissinger interpreta la declaración como un acto clásico de Realpolitik. Estados Unidos estaba señalando posible apoyo a un país con el que no tenía relaciones diplomáticas, ni contacto, y sí una larga historia de hostilidad mutua, porque la independencia de China se había vuelto esencial para el equilibrio de poder.
De señales cautelosas al Comunicado de Shanghái
La administración reforzó este giro mediante pequeñas medidas unilaterales y declaraciones públicas. En julio de 1969, suavizó las restricciones de viaje a la República Popular China, permitió que los estadounidenses llevaran a Estados Unidos una cantidad limitada de bienes chinos y autorizó envíos limitados de grano. En agosto, el secretario de Estado William Rogers declaró en Australia que Estados Unidos acogería favorablemente un papel chino significativo en los asuntos asiáticos y pacíficos si Pekín salía del aislamiento y abría canales de comunicación. Estos gestos fueron modestos, pero anunciaron que Washington ya no trataba la exclusión de China como principio permanente.
China enviaba igualmente señales, aunque muchas se perdieron. En abril de 1969, Lin Piao, pronto designado heredero de Mao, dejó de identificar a Estados Unidos como principal enemigo de China y colocó a la Unión Soviética en un nivel comparable de amenaza. Mao ya había usado al periodista Edgar Snow como canal indirecto, incluida una invitación para que Nixon visitara China, pero Washington no reconoció a Snow como intermediario fiable y no recibió el mensaje a tiempo. Así, ambos lados querían contacto antes de contar con un canal eficaz.
Las conversaciones de embajadores en Varsovia se reanudaron en diciembre de 1969 tras un encuentro incómodo en un desfile de moda yugoslavo en Varsovia, donde el embajador estadounidense Walter Stoessel intentó acercarse al encargado de negocios chino. Las conversaciones pronto se bloquearon porque la agenda heredada era demasiado estrecha para las cuestiones geopolíticas más importantes. Del lado estadounidense, la consulta con el Congreso y los aliados hacía el proceso aún más pesado. Cuando China suspendió las conversaciones después del ataque estadounidense contra santuarios camboyanos en mayo de 1970, Nixon y Kissinger no quedaron del todo decepcionados, porque ambos lados ya buscaban una vía más flexible. Pakistán terminó proporcionando ese canal, que condujo al viaje secreto de Kissinger a Pekín en julio de 1971.
Kissinger presenta a los líderes chinos como especialmente receptivos al estilo conceptual de Nixon. Mao, Zhou Enlai y después Deng Xiaoping estaban menos preocupados por la negociación técnica que por determinar si los intereses podían alinearse. La distinción atribuida a Mao entre la «pequeña cuestión» de Taiwán y la «gran cuestión» del mundo captaba la escala de la discusión. China quería asegurarse de que Estados Unidos no cooperaría con la Unión Soviética en aplicar la doctrina Brézhnev contra Pekín. Nixon quería saber si China ayudaría a bloquear la expansión soviética. Por tanto, cada lado probó la visión del otro sobre el equilibrio global antes de reducir la relación a concesiones prácticas.
Kissinger contrasta con fuerza la diplomacia china y la soviética. Los negociadores soviéticos rara vez discutían conceptos amplios. Presionaban con demandas específicas de forma persistente y trataban la diplomacia como una disputa áspera sobre detalles. Los líderes chinos, en cambio, parecían más interesados en la confianza y las prioridades de largo plazo. Mao aseguró a Nixon que China no usaría la fuerza contra Taiwán en el corto plazo y podía esperar. Zhou, durante la redacción del Comunicado de Shanghái, se resistió a intercambiar mecánicamente frases ofensivas y prefirió persuadir sobre por qué una frase debía cambiarse. En la descripción de Kissinger, esto no reflejaba buena voluntad sentimental. Reflejaba el reconocimiento chino de que necesitaba la confianza estadounidense más que victorias retóricas inmediatas.
El Comunicado de Shanghái, firmado durante la visita de Nixon de febrero de 1972, se convirtió en la hoja de ruta de las relaciones sino-estadounidenses. Su rasgo inusual fue que gran parte del texto declaraba abiertamente desacuerdos sobre ideología, Vietnam, Taiwán y asuntos mundiales. Precisamente porque los desacuerdos eran explícitos, las áreas de acuerdo tenían peso. Las dos partes afirmaron que la normalización servía a los intereses de todos los países y que ambas querían reducir el peligro de conflicto militar. También declararon que ninguna buscaría hegemonía en la región Asia-Pacífico, que ambas se oponían al intento de cualquier otra potencia de establecer tal hegemonía y que ninguna negociaría en nombre de terceros.
Kissinger interpreta estas cláusulas como la creación de una alineación tácita contra la expansión soviética en Asia. China no empeoraría las situaciones en Indochina o Corea, y ni China ni Estados Unidos colaborarían con el bloque soviético. Dado que la Unión Soviética era la única potencia capaz de dominar Asia, el comunicado equivalía a una asociación antihegemónica de hecho. En febrero de 1973, un comunicado posterior hizo el entendimiento más explícito y más global al pasar de la oposición a la resistencia conjunta contra el esfuerzo de cualquier país por dominar el mundo.
Una nueva estructura de paz y sus límites
La apertura a China alteró las relaciones soviético-estadounidenses más deprisa de lo que muchos especialistas habían predicho. Los críticos habían advertido que mejores relaciones con Pekín dañarían las relaciones con Moscú. En cambio, después del viaje secreto de Kissinger a China, el Kremlin dejó de aplazar una cumbre Nixon-Brézhnev e invitó a Nixon a Moscú. Las negociaciones soviético-estadounidenses se aceleraron cuando los líderes soviéticos reconocieron que los intentos de extraer concesiones unilaterales corrían el riesgo de dejarlos aislados entre la OTAN al oeste y China al este.
Este fue el significado práctico de la diplomacia triangular. Estados Unidos no necesitaba mandar sobre China ni jugar una simple «carta china». China cooperaba porque tenía sus propias razones para temer la expansión soviética, y el papel estadounidense consistía en construir un marco en el que pudieran operar intereses paralelos. Nixon no quería, además, situar a Estados Unidos inequívocamente del lado de China contra Moscú. La palanca estadounidense era más fuerte cuando Washington estaba más cerca de ambas potencias comunistas que estas entre sí. Esa posición daba a Moscú un incentivo para moderar crisis y a Pekín un incentivo para preservar la buena voluntad estadounidense.
Kissinger describe este resultado como una nueva estructura de paz, aunque reconoce que la frase podía sonar grandilocuente. La estructura descansaba en incentivos más que en confianza. Los líderes soviéticos dudarían antes de aplicar presión por debajo del umbral de guerra general porque hacerlo podía profundizar la cooperación sino-estadounidense. China, a su vez, evitaría acciones que pusieran en peligro el apoyo estadounidense frente al poder soviético. Estados Unidos seguiría negociando asuntos prácticos con Moscú mientras mantenía un diálogo conceptual más amplio con Pekín. En este arreglo, la distensión y la apertura a China eran partes mutuamente reforzadas de un único diseño geopolítico.
La parte final del capítulo pasa del logro diplomático a la fragilidad política. Nixon fue el primer presidente desde Theodore Roosevelt en conducir la política exterior estadounidense de forma tan explícita en el lenguaje del interés nacional. La fuerza de ese enfoque era su claridad sobre poder, incentivos y límites. Su debilidad era la falta de resonancia emocional en una sociedad acostumbrada a explicar la política exterior mediante un propósito moral excepcional. El interés nacional no era evidente para la cultura política estadounidense del modo en que lo era para tradiciones diplomáticas antiguas como las de Gran Bretaña, Francia o China.
Nixon tampoco contaba con las condiciones políticas necesarias para educar al público en este enfoque. Durante su primer mandato, Vietnam y la protesta hacían sospechosa para muchos estadounidenses cualquier doctrina de firmeza anticomunista. Durante el segundo, el Watergate destruyó su autoridad. Kissinger añade que el estilo de Nixon era demasiado chocante para los hábitos ideológicos estadounidenses. Dulles había vestido juicios realistas con lenguaje moral, y Reagan usaría más tarde retórica idealista para apoyar políticas que, en términos operativos, se parecían más a las de Nixon de lo que sugería la retórica. Nixon, por contraste, era demasiado cerebral y gobernaba en un momento en que el lenguaje idealista sobre la lucha contra el comunismo podía haber inflamado al país en vez de unirlo.
En consecuencia, los logros de la diplomacia de Nixon se volvieron más fáciles de dar por sentados una vez que los peligros que evitó retrocedieron. La apertura a China, la distensión con Moscú y el desplazamiento resultante del equilibrio global ayudaron a trasladar a Estados Unidos desde la aparente debilidad de Vietnam hacia una posición internacional más fuerte. Sin embargo, Vietnam y Watergate impidieron la aparición de un consenso duradero en torno al método que produjo esos resultados. El capítulo se cierra con esa tensión no resuelta: la diplomacia triangular de Nixon restauró la iniciativa estadounidense mediante razonamiento de equilibrio de poder, pero Estados Unidos siguió dividido sobre si tal realismo reivindicaba sus ideales o los comprometía.
Puede leer el resumen del próximo capítulo del libro haciendo clic en este enlace.