
La imagen de portada sitúa este resumen de capítulo dentro del estudio más amplio de Kissinger sobre diplomacia y orden internacional.
En 1994, Henry Kissinger publicó el libro La Diplomacia. Él fue un diplomático erudito y renombrado que sirvió como Consejero de Seguridad Nacional de los Estados Unidos y Secretario de Estado. Su libro ofrece un amplio panorama de la historia de las relaciones exteriores y del arte de la diplomacia, con un énfasis especial en el siglo XX y el mundo occidental. Kissinger, conocido por su alineación con la escuela realista de Relaciones Internacionales, explora los conceptos del equilibrio de poder, de la razón de estado y de la Realpolitik a través de diferentes épocas.
Su trabajo ha sido ampliamente elogiado por su alcance y complejidad. Sin embargo, también ha sido criticado por su enfoque en individuos en lugar de en fuerzas estructurales, y por presentar una visión reduccionista de la historia. Además, los críticos han señalado que el libro se concentra excesivamente en el papel individual de Kissinger en los eventos, potencialmente exagerando su impacto sobre ellos. De todos modos, sus ideas merecen ser consideradas.
Este artículo presenta un resumen de las ideas de Kissinger en el trigésimo capítulo de su libro, titulado "El fin de la Guerra Fría: Reagan y Gorbachov".
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La sobreextensión soviética y el inicio de los años ochenta
La Guerra Fría había comenzado cuando Estados Unidos esperaba la paz después de la Segunda Guerra Mundial, y terminó cuando los estadounidenses se preparaban para una larga confrontación. Kissinger presenta esa inversión como uno de los cambios más abruptos de la historia internacional moderna. El imperio soviético parecía avanzar a finales de la década de 1970, pero en menos de diez años perdió su órbita en Europa oriental, abandonó la mayor parte del alcance imperial acumulado desde Pedro el Grande y se disolvió sin haber sido derrotado en una guerra convencional.
El aparente impulso soviético después de 1975 hacía que el colapso posterior pareciera improbable. La caída de Indochina fue seguida por la retirada estadounidense de Angola y por profundas divisiones internas en Estados Unidos, además de una renovada actividad soviética. Fuerzas cubanas, apoyadas por asesores soviéticos, actuaban en Angola y Etiopía. Vietnam, con respaldo soviético, dominaba Camboya. Afganistán estaba ocupado por más de 100.000 soldados soviéticos. En Irán cayó el sah prooccidental, y un régimen revolucionario antiestadounidense tomó rehenes estadounidenses. Para muchos observadores, la temida secuencia de fichas de dominó parecía estar ocurriendo.
Kissinger sostiene, sin embargo, que ese mismo periodo expuso la debilidad básica de la Unión Soviética. El Estado soviético había sobrevivido a la guerra civil, al aislamiento internacional y al terror de Stalin. También había sobrevivido a la invasión nazi, al monopolio atómico estadounidense y al comienzo de la Guerra Fría. Esos éxitos animaron a sus gobernantes a confundir supervivencia con fuerza. Después de establecer el control sobre Europa oriental y convertirse en una potencia militar global, el Kremlin extendió las ambiciones soviéticas por regiones lejanas mientras desafiaba a la mayoría de las otras grandes potencias desde una base económica frágil. Los dirigentes soviéticos poseían un aparato militar formidable, pero carecían de la creatividad económica, la flexibilidad social y la legitimidad política necesarias para sostener la carga que habían creado.
En la interpretación de Kissinger, el error fatal soviético fue una pérdida de proporción. Stalin había entendido, al menos de forma intermitente, la necesidad de maniobrar entre potencias más fuertes y de evitar el agotamiento del sistema soviético. Sus sucesores interpretaron erróneamente la cautela occidental tras la muerte de Stalin como prueba de debilidad. Jrushchov y los dirigentes posteriores intentaron ir más allá de la estrategia estalinista de dividir el mundo capitalista. Lanzaron ultimátums sobre Berlín, colocaron misiles en Cuba y apoyaron la expansión revolucionaria en el mundo en desarrollo. Estos movimientos hicieron que la Unión Soviética pareciera audaz y convirtieron la estagnación en colapso al crear compromisos que la sociedad soviética no podía soportar.
El colapso se hizo visible durante el segundo mandato de Reagan, aunque Kissinger reconoce el papel de administraciones anteriores y de George Bush en la gestión de la fase final. La presidencia de Reagan marcó el punto de inflexión porque aplicó presión en el momento en que el Estado soviético estaba menos capacitado para responder. El resultado no procedió de una sola política ni de un solo líder. Procedió de la convergencia entre una larga estrategia occidental, la extralimitación soviética y la capacidad poco común de Reagan para convertir la confianza estadounidense en una ofensiva política sostenida.
La estrategia intuitiva de Reagan y el excepcionalismo estadounidense
Kissinger trata a Reagan como un instrumento improbable de éxito estratégico. Reagan tenía pocos conocimientos formales de historia, recurría a menudo a anécdotas inexactas y mostraba un interés limitado por los detalles de la política exterior. Su fuerza estaba en otra parte. Mantenía unas pocas convicciones con una firmeza inusual. El apaciguamiento era peligroso, el comunismo era moral y políticamente defectuoso, Estados Unidos era una fuerza de libertad y el poder soviético era más quebradizo de lo que suponían los expertos. Estas convicciones dieron coherencia a su presidencia en un momento en que el análisis complejo solía producir cautela más que dirección.
Para Kissinger, la sencillez de Reagan no equivalía a irrelevancia. En el sistema estadounidense, las declaraciones presidenciales ayudan a disciplinar una burocracia extensa y a definir el debate público. Por eso sus discursos importaron: expresaban una visión del mundo constante y él los pronunciaba con una convicción genuina. La idea de que era solo el instrumento de sus redactores de discursos omite el hecho político de que él escogía a esos asesores, aceptaba su lenguaje y lo usaba para expresar creencias que ya sostenía. En algunos asuntos, sobre todo en la Iniciativa de Defensa Estratégica, iba por delante de muchos miembros de su propia administración.
Reagan también comprendía la base emocional de la política exterior estadounidense. Nixon y Ford compartían su evaluación básica de que había que resistir la expansión soviética y de que la historia favorecía a las sociedades democráticas. Aun así, su explicación de la política era muy distinta. Nixon, marcado por Vietnam y por la necesidad de sostener el apoyo interno a confrontaciones difíciles, trataba los esfuerzos de paz como un requisito previo para la resistencia. Reagan dirigía un país cansado de retiradas y presentaba la resistencia en términos morales más que geopolíticos. Kissinger compara esta diferencia con el contraste entre Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson: Roosevelt entendía mejor la mecánica de la política internacional, mientras que Wilson entendía mejor el vocabulario moral que movía a los estadounidenses.
La versión reaganiana del excepcionalismo estadounidense era distintiva porque la aplicaba a la política cotidiana de la Guerra Fría. Presidentes anteriores habían invocado principios estadounidenses para apoyar proyectos concretos, como la Sociedad de Naciones o el Plan Marshall. Reagan convirtió esos principios en armas activas contra el comunismo. En su primera rueda de prensa, describió a la Unión Soviética como dispuesta a mentir, hacer trampas y cometer crímenes para sus fines. En 1983 la llamó «imperio del mal». Ese lenguaje ofendió a muchos diplomáticos, periodistas y académicos, que lo vieron como primitivo o peligroso. El juicio de Kissinger es distinto: la retórica funcionó porque llegó en un momento en que la confianza soviética ya se debilitaba y la sociedad estadounidense necesitaba recuperar la convicción de que el conflicto ideológico seguía importando.
Al mismo tiempo, la confrontación de Reagan iba unida a una creencia utópica en la reconciliación. Creía que el conflicto con la Unión Soviética podía terminar mediante el contacto personal y la conversión moral, no mediante la victoria militar ni la hostilidad permanente. Sus cartas a Brézhnev y Andrópov, sus esperanzas de una conversación directa con Chernenko y su expectativa de una cumbre con Gorbachov reflejaban la convicción estadounidense de que la tensión es una anomalía y de que la buena voluntad puede revelar intereses humanos comunes.
Esa combinación produjo una diplomacia extraña pero eficaz. Reagan veía el comunismo como un mal, pero creía que los dirigentes comunistas podían convertirse. Rechazaba el pesimismo del equilibrio de poder, aunque perseguía la confrontación con más vigor que sus predecesores. Quería un desenlace final más que una gestión gradual, y ese deseo le daba flexibilidad táctica. Según Kissinger, la presidencia de Reagan unió dos corrientes del pensamiento estadounidense que a menudo tiran en direcciones opuestas: el impulso misionero de transformar el mundo y la esperanza pacífica de que el conflicto pueda desaparecer cuando se elimina el malentendido.
Derechos humanos, democracia y doctrina Reagan
La ofensiva ideológica de Reagan utilizó los derechos humanos como arma contra el sistema soviético. Nixon había planteado la cuestión de la emigración soviética, Ford había aceptado las disposiciones de derechos humanos de los Acuerdos de Helsinki y Carter había hecho de los derechos humanos un eje de la política exterior. Reagan fue más lejos al tratarlos como algo más que una preocupación diplomática: se convirtieron en un medio para socavar la legitimidad comunista. Su argumento era wilsoniano en la premisa: los gobiernos basados en el consentimiento tenían menos probabilidades de librar guerras agresivas, y las instituciones democráticas poseían por tanto valor estratégico además de moral.
El gobierno de Reagan extendió esa lógica más allá de la Unión Soviética. Promovió la reforma democrática incluso en Estados autoritarios anticomunistas. Estados Unidos presionó al régimen de Augusto Pinochet en Chile hacia un referéndum y unas elecciones, y cooperó en la salida de Ferdinand Marcos en Filipinas. En el relato de Kissinger, esta política llevaba implicaciones no resueltas. Una cruzada por la democracia planteaba preguntas sobre la no intervención, la seguridad nacional, la sobreextensión y el precio que los estadounidenses pagarían por promover sus valores. Esos dilemas se volverían más importantes después de la Guerra Fría, cuando la claridad de la amenaza soviética ya no organizara las decisiones estadounidenses.
Durante los primeros años ochenta, sin embargo, Reagan se concentró menos en esas ambigüedades que en detener la expansión soviética. Rechazó la doctrina Brézhnev, que trataba los avances comunistas como irreversibles, y actuó como si el comunismo pudiera ser hecho retroceder en vez de limitarse a contenerlo. Estados Unidos derogó restricciones a la ayuda para fuerzas anticomunistas en Angola, aumentó el apoyo a las guerrillas afganas que combatían la ocupación soviética, resistió a movimientos comunistas en Centroamérica y proporcionó ayuda humanitaria a Camboya. En pocos años desde el trauma de Vietnam, Estados Unidos volvía a disputar la influencia soviética por todo el mundo.
Este enfoque se conoció como doctrina Reagan. Su objetivo era ayudar a fuerzas anticomunistas a alejar sus países de la esfera soviética. La doctrina invirtió el patrón de las décadas de 1960 y 1970, cuando la Unión Soviética había apoyado insurgencias contra gobiernos proestadounidenses. Ahora Estados Unidos elevaba el coste de las intervenciones soviéticas y prosoviéticas. Los resultados aparecieron en Afganistán y Angola, después en Etiopía, Camboya y Nicaragua, aunque algunos desenlaces llegaron después de que Reagan dejara el cargo. Las tropas soviéticas se retiraron de Afganistán en 1989. Las fuerzas cubanas salieron de Angola en 1991. El gobierno respaldado por los comunistas en Etiopía se derrumbó en 1991. En Nicaragua, los sandinistas aceptaron elecciones en 1990. La ocupación vietnamita de Camboya terminó, seguida de elecciones y retornos de refugiados.
Kissinger subraya tanto la eficacia como la ambigüedad moral de esta política. El lenguaje público de Reagan celebraba la libertad y la democracia, pero la lógica operativa estaba más cerca del realismo clásico: el enemigo del enemigo propio podía convertirse en aliado. Estados Unidos ayudó a demócratas auténticos en algunos lugares, a fundamentalistas islámicos en Afganistán, a fuerzas de derecha en Centroamérica y a actores tribales o regionales en África. El denominador común era la oposición al poder soviético más que la compatibilidad ideológica. Esta estrategia ayudó a acelerar el declive de la confianza comunista, pero también reavivó un dilema permanente del estadista: qué medios quedan justificados por qué fines.
La presión regional importó porque cambió la psicología de los reformistas soviéticos. Lo que en los años setenta había parecido avance revolucionario aparecía cada vez más a finales de los ochenta como una serie de fracasos costosos. La implicación soviética en el mundo en desarrollo drenaba recursos, producía estancamientos y exponía la debilidad de la toma de decisiones centralizada. Así, la doctrina Reagan hizo más que imponer costes materiales. Ayudó a persuadir a partes de la élite soviética de que la política exterior de la era Brézhnev había arruinado el sistema política, económica y moralmente.
Rearme, misiles europeos y defensa estratégica
El aumento militar de Reagan fue el desafío más directo al poder soviético. Durante mucho tiempo había sostenido que las defensas estadounidenses eran insuficientes y que se acercaba la superioridad estratégica soviética. Kissinger señala que esos temores simplificaban en exceso el significado de la superioridad militar en la era nuclear. Aun así, el efecto político fue decisivo. Reagan reunió apoyo conservador para un gran rearme y, más importante aún, obligó a los dirigentes soviéticos a preguntarse si su economía podía igualar a Estados Unidos en recursos, tecnología e innovación.
El rearme restauró programas de armamento abandonados o retrasados bajo Carter, incluido el bombardero B-1, y desplegó el misil MX, el primer nuevo misil intercontinental terrestre estadounidense en una década. Sin embargo, Kissinger identifica dos decisiones estratégicas como especialmente importantes: el despliegue por la OTAN de misiles estadounidenses de alcance intermedio en Europa y el compromiso de Reagan con la Iniciativa de Defensa Estratégica, o IDE.
La cuestión de los misiles de alcance intermedio comenzó bajo Carter, pero se convirtió en una gran prueba de cohesión aliada bajo Reagan. El problema inmediato era el SS-20 soviético, capaz de golpear objetivos europeos desde el interior del territorio soviético. El problema más profundo era político. Europa occidental necesitaba la garantía de que Estados Unidos arriesgaría una guerra nuclear para defender Europa si un ataque soviético permanecía geográficamente limitado. Los líderes europeos dudaban de que Washington lanzara armas nucleares desde el territorio estadounidense o desde fuerzas marítimas en esas circunstancias. Colocar misiles estadounidenses en suelo europeo pretendía «acoplar» la defensa de Europa a la defensa de Estados Unidos al hacer que cualquier ataque soviético contra Europa probablemente desencadenara una escalada más amplia.
El despliegue también respondía a los temores de neutralismo alemán. Después de que Helmut Schmidt perdiera el poder en 1982, partes del Partido Socialdemócrata alemán se movieron hacia posiciones que preocupaban a Francia y a otros miembros de la OTAN. Moscú intentó explotar esas dudas. Brézhnev, Andrópov y Gromyko trataron la oposición a los misiles como un objetivo central, amenazaron con abandonar las conversaciones sobre armas y advirtieron a Alemania Occidental de que el despliegue dañaría su seguridad. La propaganda soviética apoyó manifestaciones pacifistas y movimientos por la congelación nuclear en toda Europa.
La contrapropuesta de Reagan, la «opción cero», ofrecía cancelar los misiles estadounidenses si los soviéticos eliminaban sus SS-20. Estratégicamente, la propuesta planteaba preguntas porque el despliegue estadounidense buscaba resolver el acoplamiento aliado más que los SS-20 por sí solos. Políticamente, fue brillante. La idea de abolir toda una clase de armas era fácil de entender para los públicos europeos, y la negativa soviética facilitó que los gobiernos occidentales siguieran adelante. Helmut Kohl se mantuvo firme en Alemania Occidental, mientras François Mitterrand proporcionó apoyo crucial desde Francia al argumentar que desacoplar Europa de Estados Unidos amenazaría la paz. El despliegue final mostró que la dirección soviética ya no podía intimidar a Europa occidental.
La IDE planteó un desafío aún mayor. En marzo de 1983, Reagan pidió un programa que hiciera los misiles nucleares «impotentes y obsoletos». La frase golpeaba el fundamento del estatus soviético de superpotencia. Durante dos décadas, la Unión Soviética había vertido recursos en alcanzar la paridad estratégica. Reagan proponía ahora un salto tecnológico que podía anular ese esfuerzo o forzar a Moscú a una carrera que no podía permitirse.
La propuesta también desafiaba la ortodoxia estratégica de la destrucción mutua asegurada. Desde la aparición de grandes arsenales nucleares, muchos intelectuales de defensa habían sostenido que la disuasión dependía de mantener a ambas poblaciones lo bastante vulnerables como para hacer suicida la guerra nuclear. Kissinger ve esa doctrina como una huida de la defensa racional porque convertía la vulnerabilidad civil en base de la seguridad. La IDE atraía a Reagan porque prometía una salida a la elección entre rendición y Armagedón. Los críticos argumentaban que era tecnológicamente impracticable, desestabilizadora, dañina para el control de armamentos o peligrosa para la cohesión de la OTAN. Kissinger acepta que los expertos tenían muchos argumentos técnicos, pero sostiene que Reagan captó una verdad política: los líderes que no hacen ningún esfuerzo por defender a su pueblo frente a una catástrofe pueden ser juzgados con dureza si esta ocurre.
El valor estratégico de la IDE no requería un escudo perfecto. Incluso una defensa imperfecta podía complicar la planificación soviética, elevar el coste de un ataque y funcionar especialmente bien frente a fuerzas nucleares menores. Los dirigentes soviéticos podían descartar el lenguaje moral de Reagan. La capacidad tecnológica estadounidense era más difícil de descartar. Como ocurrió con propuestas estadounidenses anteriores de defensa antimisiles, la reacción soviética contradijo la ortodoxia del control de armamentos: la IDE ayudó a devolver a los soviéticos a las negociaciones.
Reikiavik y la paradoja nuclear
La política nuclear de Reagan contenía una paradoja profunda. Modernizó las fuerzas estratégicas estadounidenses y desafió la planificación nuclear soviética. Al mismo tiempo, deslegitimó las armas nucleares al insistir una y otra vez en que una guerra nuclear nunca podía ganarse y nunca debía librarse. Su horror personal ante el conflicto nuclear no era táctico. Procedía de un miedo literal al Armagedón y de una creencia sincera en que un mundo sin armas nucleares era necesario y posible. Kissinger rechaza por tanto la afirmación de que el lenguaje abolicionista de Reagan fuera solo una cobertura cínica para el rearme.
Esa sinceridad creó oportunidades y riesgos. Aliados y adversarios que tomaran literalmente el lenguaje de Reagan podían preguntarse si Estados Unidos usaría realmente las armas de las que dependía la estrategia de la OTAN. El peligro siguió siendo manejable porque el poder soviético declinaba demasiado deprisa para poner a prueba la credibilidad de las amenazas nucleares estadounidenses. Aun así, el enfoque de Reagan preocupó a los aliados, sobre todo cuando pareció dispuesto a negociar directamente con Moscú sobre los fundamentos de la estrategia nuclear sin una consulta aliada plena.
El ejemplo más claro fue la cumbre de Reikiavik de 1986 con Gorbachov. Durante cuarenta y ocho horas, Reagan y Gorbachov avanzaron hacia propuestas extraordinariamente amplias: una reducción del 50 % de las fuerzas estratégicas en cinco años y la destrucción de todos los misiles balísticos en diez años. En algunos momentos, incluso discutieron la posible eliminación de todas las armas nucleares. Esto se acercó al condominio soviético-estadounidense que aliados y potencias neutrales habían temido durante mucho tiempo. Si Washington y Moscú hubieran presionado conjuntamente por la abolición nuclear, Reino Unido, Francia y China se habrían enfrentado a presión pública y aislamiento diplomático. También podrían haber afrontado presiones para abandonar sus disuasiones independientes.
El acuerdo fracasó porque Gorbachov intentó vincular las reducciones nucleares a una prohibición de diez años de las pruebas de la IDE. Kissinger sostiene que Gorbachov forzó demasiado su posición. Una táctica más hábil habría sido publicitar las reducciones de misiles ya acordadas y remitir la IDE a negociaciones posteriores. Eso habría preservado los avances dramáticos y probablemente habría creado una crisis dentro de la OTAN y con China. En cambio, Gorbachov presionó a Reagan en el único punto que Reagan había prometido preservar. Reagan hizo entonces lo que un diplomático convencional no habría aconsejado: se marchó.
Después de Reikiavik, el gobierno de Reagan persiguió lo que podía implementarse. Las dos partes avanzaron hacia la eliminación de misiles estadounidenses y soviéticos de alcance intermedio y medio en Europa y hacia grandes reducciones estratégicas. Como el acuerdo no afectaba a las fuerzas nucleares británicas y francesas, evitó algunas disputas aliadas que un arreglo más amplio habría creado. Al mismo tiempo, comenzó la desnuclearización de Alemania, lo que acarreaba riesgos futuros para la estrategia de la OTAN. Si la Guerra Fría hubiese continuado, Alemania podría haberse visto tentada hacia una política más nacional y hacia doctrinas incompatibles con la dependencia de la OTAN respecto de un posible primer uso de armas nucleares.
El punto más amplio de Kissinger es que Reagan convirtió una maratón en un sprint. Una estrategia avanzada similar podría haber sido demasiado peligrosa en la fase temprana y consolidada de la Guerra Fría, cuando la confianza soviética era mayor y los públicos aliados temían la confrontación. En los años ochenta, sin embargo, la estagnación soviética hizo más eficaz la presión. Que Reagan entendiera conscientemente la profundidad de la debilidad soviética importa menos que el encaje histórico entre sus instintos y la oportunidad que tenía delante. Su estilo confrontativo, claridad ideológica, rearme y flexibilidad diplomática ayudaron a empujar el sistema soviético hacia decisiones que no podía sostener.
El nuevo pensamiento de Gorbachov y la búsqueda de margen
Gorbachov llegó al poder en 1985 como líder de una superpotencia nuclear, pero heredó una sociedad en decadencia económica y social. Kissinger lo describe como inteligente y pulido, un dirigente de una generación distinta a la de las figuras soviéticas mayores formadas directamente bajo Stalin. Su llegada inspiró miedo porque la Unión Soviética seguía siendo poderosa y opaca. También inspiró esperanza porque los gobiernos occidentales llevaban mucho tiempo buscando señales de que un líder soviético pudiera escoger por fin la paz. Durante un tiempo, Gorbachov pareció encarnar esa posibilidad.
Kissinger da crédito a Gorbachov por enfrentarse a problemas que quizá fueran insolubles. Cuarenta años de Guerra Fría habían alineado a la mayoría de las potencias industriales contra la Unión Soviética. China, antes aliada, se había unido de hecho al campo opuesto. Europa oriental drenaba recursos soviéticos y seguía obediente principalmente por la amenaza implícita de la fuerza. Las aventuras en el Tercer Mundo se habían vuelto costosas e inconclusas. Afganistán imponía pruebas parecidas a la experiencia estadounidense en Vietnam, pero en el borde mismo del imperio soviético. Mientras tanto, el aumento militar estadounidense y la IDE exponían el atraso tecnológico de una economía soviética estancada justo cuando Occidente entraba en la era del ordenador y el microchip.
Gorbachov entendía que la reforma interna requería calma internacional. Al principio creía que el Partido Comunista podía purificarse y que elementos limitados de mercado podían revivir la planificación central. En ese sentido se parecía a dirigentes postestalinistas anteriores, que habían buscado alivio de la tensión para fortalecer el sistema soviético. La diferencia era que Jrushchov había creído que la producción soviética superaría al capitalismo, mientras que Gorbachov comprendía que la Unión Soviética estaba muy atrasada y necesitaba un largo periodo de recuperación.
Para ganar ese tiempo, reevaluó la política exterior soviética. En el XXVII Congreso del Partido, en 1986, se alejó de los supuestos marxista-leninistas más radicalmente que cualquier dirigente soviético anterior. Las versiones anteriores de la coexistencia pacífica se habían justificado como respiros temporales dentro de una lucha de clases continua. Gorbachov trató la coexistencia como un fin en sí mismo. Aunque seguía reconociendo diferencias ideológicas, argumentó que la supervivencia global y la cooperación pesaban más que ellas. En la interpretación de Kissinger, fue una inversión histórica: el líder soviético sustituyó el conflicto leninista por un lenguaje wilsoniano de interdependencia e intereses compatibles.
Al principio, los veteranos occidentales de la Guerra Fría tuvieron dificultades para creer el cambio. Las burocracias soviéticas seguían actuando según viejos hábitos, y las tácticas de control de armamentos parecían familiares: Moscú aún intentaba restringir las defensas estadounidenses mientras preservaba ventajas ofensivas. Funcionarios soviéticos también describían el «nuevo pensamiento» como una forma de privar a Occidente de una imagen enemiga y debilitar la cohesión occidental. Con el tiempo, sin embargo, el giro doctrinal se volvió imposible de descartar. Destruyó el fundamento intelectual de la política exterior soviética al retirar la lucha de clases que había justificado la confrontación, la represión interna y la movilización permanente del Estado soviético.
La dificultad era que la agenda de Gorbachov era demasiado amplia para una diplomacia gradual. Los responsables soviéticos tenían que gestionar las relaciones con las democracias occidentales, reparar las relaciones con China y contener tensiones en Europa oriental. También tenían que reducir la carrera armamentística y reformar el sistema interno. Cualquiera de estas tareas habría sido difícil; juntas eran abrumadoras. El control de armamentos, el lenguaje central de la diplomacia Este-Oeste, era demasiado lento para proporcionar el alivio que Gorbachov necesitaba. Negociar niveles de fuerzas, verificación e implementación podía consumir años. Después del fracaso de Reikiavik, Gorbachov perdió su mejor oportunidad de terminar o ralentizar radicalmente la carrera armamentística con rapidez.
En diciembre de 1988 pasó a reducciones militares unilaterales. En Naciones Unidas anunció recortes de 500.000 soldados y 10.000 tanques. Incluían reducciones importantes frente a la OTAN y la retirada de la mayoría de las fuerzas soviéticas de Mongolia. La medida buscaba tranquilizar a Occidente y China debilitando la imagen de una amenaza soviética. Kissinger interpreta el gesto como señal de debilidad, no de confianza. Ningún líder soviético del medio siglo anterior habría podido hacer una concesión semejante. Vindicaría la tesis original de contención de Kennan: una vez que Occidente construyera y mantuviera posiciones de fuerza, la Unión Soviética se desmoronaría por presión interna.
China, Europa oriental y colapso de la doctrina Brézhnev
Gorbachov también buscó reparar las relaciones con China, pero Pekín abordaba la diplomacia de forma distinta al proceso occidental de control de armamentos. Los dirigentes chinos no aceptaban una mejora del tono como sustituto de un arreglo político. Exigían el fin de la ocupación vietnamita de Camboya, la retirada soviética de Afganistán y la reducción de las fuerzas soviéticas a lo largo de la frontera sino-soviética. Esas condiciones requerían cambios concretos, no atmósfera. Gorbachov tardó casi tres años en hacer progresos suficientes para que Pekín lo recibiera.
Incluso entonces, los acontecimientos lo superaron. Cuando visitó Pekín en mayo de 1989, las manifestaciones de Tiananmén estaban en marcha. Su bienvenida oficial fue alterada, las protestas podían oírse desde el interior del Gran Palacio del Pueblo y la atención mundial se concentró en la lucha del liderazgo chino por mantener la autoridad. Una vez más, el esfuerzo de Gorbachov por crear margen diplomático fue rebasado por fuerzas políticas que no controlaba.
La crisis mayor llegó en Europa oriental. Desde 1980, el movimiento Solidaridad en Polonia se había convertido en una fuerza política duradera pese a la represión del general Jaruzelski. En Checoslovaquia, Hungría y Alemania Oriental, grupos opositores invocaban el lenguaje de derechos humanos del proceso de Helsinki. Los gobernantes comunistas afrontaban un problema insoluble. Para satisfacer a sus públicos nacionales, necesitaban afirmar más independencia de Moscú. Como sus poblaciones los veían como instrumentos del Kremlin, el nacionalismo por sí solo no restauraba legitimidad. La democratización se convirtió en compensación por su falta de credibilidad, pero los partidos comunistas estaban hechos para tomar y conservar el poder, no para competir por él.
El dilema soviético era más agudo. La doctrina Brézhnev exigía que Moscú suprimiera rebeliones en la órbita satélite. El temperamento de Gorbachov y su política exterior hacían esa supresión cada vez más imposible. Una intervención en Europa oriental habría fortalecido a la OTAN, preservado la alineación sino-estadounidense contra Moscú e intensificado la carrera armamentística. Por tanto, Gorbachov afrontó una elección entre suicidio político mediante la represión y erosión gradual del poder soviético mediante la liberalización.
Eligió la liberalización. Hungría avanzó bajo comunistas reformistas, y Polonia recibió permiso para negociar con Solidaridad. En julio de 1989, Gorbachov dijo al Consejo de Europa que el cambio político dentro de cada país pertenecía al pueblo de ese país y que la interferencia en asuntos internos era inadmisible. Según los criterios soviéticos, esa declaración era extraordinaria, porque renunciaba a la intervención y a la lógica más amplia de las esferas de influencia. En octubre de 1989, durante una visita a Finlandia, el abandono se hizo explícito. Guennadi Guerásimov lo llamó en broma la «doctrina Sinatra», lo que significaba que Hungría y Polonia podían hacerlo a su manera.
La concesión llegó demasiado tarde para salvar el comunismo. La liberalización desmoralizó a los partidos que habían dependido del monopolio del poder. Una vez que dejaron de ser instrumentos monolíticos de control, perdieron su razón de existir. Kissinger subraya que Gorbachov nunca comprendió la ecuación que Yeltsin sí entendió: los comunistas no podían convertirse en demócratas sin dejar de ser comunistas.
En octubre de 1989, Gorbachov visitó Berlín Oriental por el cuadragésimo aniversario de la República Democrática Alemana e instó a Erich Honecker a reformarse. Todavía trataba el orden de posguerra y el Muro de Berlín como parte de la estructura que había preservado la paz en Europa. Cuatro semanas después, cayó el Muro. En diez meses, Gorbachov aceptó la unificación alemana dentro de la OTAN. Para entonces, los gobiernos comunistas de toda Europa oriental se habían derrumbado, el Pacto de Varsovia agonizaba y el arreglo simbolizado por Yalta había sido revertido. La Unión Soviética, después de décadas intentando debilitar la cohesión occidental, buscaba ahora buena voluntad occidental porque necesitaba ayuda más que su imperio.
Perestroika, glasnost y ruptura de la autoridad soviética
La estrategia interna de Gorbachov descansaba en la perestroika, o reestructuración, y la glasnost, o liberalización política. La perestroika debía movilizar a los tecnócratas y mejorar el rendimiento económico. La glasnost debía ganar apoyo de la intelligentsia y exponer la estagnación de la vida soviética. Las dos políticas chocaron pronto porque el sistema soviético no tenía instituciones capaces de canalizar la libre expresión hacia una reforma estable, y su economía no tenía recursos para mejorar la vida diaria salvo los ligados al sector militar.
El problema económico comenzó con la planificación central misma. En teoría, el plan daba al Estado un control racional sobre producción y distribución. En la práctica, Kissinger lo describe como una vasta red de colusión entre directores, ministerios y planificadores. Las unidades productivas fijaban objetivos mínimos, ocultaban escaseces y hacían arreglos informales a espaldas de las autoridades centrales. Como los bienes se asignaban en vez de comprarse, los precios no medían demanda ni eficiencia. Con una gran parte del presupuesto dedicada a subvencionar precios, la corrupción se convirtió en el principal sustituto de las señales de mercado. Las autoridades que supuestamente controlaban el sistema no podían ver su condición real.
El Partido Comunista, en otro tiempo instrumento de revolución, se había convertido en parte de la parálisis. Supervisaba instituciones que no entendía y protegía a una clase mandarinal privilegiada en vez de generar reforma. Gorbachov intentó primero hacer del Partido el vehículo de la renovación, pero los intereses creados lo bloquearon. Después trató de debilitar el Partido mientras preservaba la estructura comunista. Ese movimiento destruyó el instrumento básico del poder soviético sin crear una alternativa fiable.
Una parte de ese desplazamiento fue el esfuerzo de Gorbachov por mover la autoridad del Partido hacia la estructura gubernamental. Kissinger sostiene que fue un grave error de cálculo. Desde Lenin, el poder real había pertenecido al Partido Comunista, mientras que el gobierno implementaba decisiones. Las figuras ambiciosas ascendían por tanto a través del Partido, mientras que el aparato gubernamental atraía a administradores más que a líderes políticos. Al trasladar su base a la estructura estatal, Gorbachov puso su revolución en manos de funcionarios formados para administrar, no para diseñar o mandar un nuevo orden.
Otra parte fue la autonomía regional y local. Gorbachov quería apoyo popular contra el Partido, pero conservaba una sospecha leninista hacia la política no controlada. Permitió elecciones en niveles locales y regionales mientras prohibía partidos nacionales distintos del Partido Comunista. Ese arreglo abrió la puerta a fuerzas que el centro soviético no podía contener. Durante tres siglos, Rusia había absorbido pueblos por Europa y Asia sin reconciliarlos con el gobierno central. Cuando las regiones no rusas pudieron elegir gobiernos, muchas desafiaron la autoridad de Moscú. Como esas regiones incluían casi la mitad de la población soviética, la autonomía se convirtió en camino hacia la desintegración.
Gorbachov perdió así su base institucional sin ganar una base popular segura. Antagonizó al Partido, inquietó a los servicios de seguridad y no satisfizo a los reformistas porque no podía ofrecer una alternativa viable ni al comunismo ni al imperio centralizado. El KGB y el ejército entendían la necesidad de reforma porque conocían la ventaja tecnológica de Occidente, pero apoyaban la reforma solo dentro de límites. El KGB aceptaría la apertura solo mientras no disolviera la disciplina; el ejército aceptaría la reestructuración solo mientras se protegieran sus recursos.
A medida que continuaban las reformas, Gorbachov quedó más aislado. Cada concesión creaba un nuevo umbral en vez de un arreglo estable. En 1990, las repúblicas bálticas se estaban separando y la Unión Soviética comenzaba a desintegrarse. Yeltsin usó la propia afirmación de soberanía de Rusia para destruir la estructura soviética más amplia y, con ella, el cargo de Gorbachov como presidente soviético. El juicio de Kissinger es que Gorbachov entendió y no entendió a la vez su situación. Vio qué estaba mal y no identificó qué debía sustituirlo. Avanzó demasiado deprisa para que el sistema comunista lo tolerara y demasiado despacio para controlar el colapso que había desatado.
Por qué terminó la Guerra Fría
En 1991, las democracias habían ganado la Guerra Fría, pero el significado de esa victoria se volvió inmediatamente disputado. Un argumento sostenía que la Unión Soviética nunca había sido una amenaza seria y habría colapsado al margen de la política occidental. Otro afirmaba que la democracia por sí sola ganó la lucha, mientras que la presión militar y geopolítica fue secundaria o innecesaria. Kissinger rechaza ambas visiones como formas de evasión. Las ideas democráticas ayudaron a reunir oposición, sobre todo en Europa oriental, pero se difundieron tan rápidamente porque las élites comunistas habían perdido confianza en su propio sistema y porque la política exterior soviética había fracasado.
Kissinger señala que comentaristas marxistas y soviéticos reconocieron a menudo el equilibrio de fuerzas con más claridad que los críticos estadounidenses. Fred Halliday, escribiendo desde una perspectiva marxista, vio en 1989 que el equilibrio se había desplazado a favor de Estados Unidos y que el «nuevo pensamiento» de Gorbachov era en parte un intento de aliviar la presión. Analistas soviéticos como Viacheslav Dashichev culparon al liderazgo de Brézhnev de unir a las grandes potencias del mundo contra la Unión Soviética y provocar una carrera armamentística por encima de la capacidad soviética. Eduard Shevardnadze criticó de modo parecido la guerra afgana, la disputa con China y la subestimación de Europa. También condenó el despliegue de los SS-20, la salida de las conversaciones sobre armas y la doctrina que exigía a la Unión Soviética igualar cualquier posible coalición contra ella.
Estas reevaluaciones importaban porque reconocían que la política occidental había impuesto costes. Si el aventurerismo soviético no hubiera acarreado penalización alguna, no habría habido razón para que los dirigentes soviéticos lo repudiaran. El colapso de la distensión, en el relato de Kissinger, procedió del intento de Moscú de explotar el trauma estadounidense posterior a Vietnam y cambiar el statu quo geopolítico. La presión de Reagan fue más de lo que la Unión Soviética podía soportar porque golpeó a un sistema ya debilitado por la estagnación, la carga imperial y el agotamiento ideológico.
El final de la Guerra Fría se pareció por tanto más al pronóstico original de George Kennan que a la simplicidad triunfalista o al revisionismo aislacionista. El sistema soviético necesitaba un enemigo externo para justificar el sacrificio interno, la represión, el aparato de seguridad y la prioridad militar. Cuando Gorbachov sustituyó la lucha de clases permanente por la interdependencia, retiró la base moral e ideológica de la coerción interna. Una vez desaparecida esa base, la sociedad soviética, disciplinada pero quebradiza, tuvo dificultades para desplazarse hacia el compromiso, el pluralismo y la iniciativa.
Kissinger no afirma que la contención fuera perfecta. La política estadounidense militarizó a menudo el problema en exceso y alternó entre dureza estratégica y esperanzas emocionales de convertir al adversario. Políticas individuales podían ser criticadas. Aun así, la dirección prolongada de la política estadounidense fue clarividente y notablemente constante a lo largo de ocho administraciones. Si Estados Unidos no hubiera organizado la resistencia cuando el comunismo parecía ser la ola del futuro, los partidos comunistas en la Europa de posguerra podrían haber ganado mucho más terreno. Las crisis de Berlín podrían haberse multiplicado, y los dirigentes soviéticos después de Vietnam podrían haber presionado con más fuerza en África, Afganistán y otros lugares. Estados Unidos preservó el equilibrio global incluso cuando no describía su papel en términos de equilibrio de poder.
La victoria no fue logro de una sola administración. Resultó de cuarenta años de esfuerzo bipartidista estadounidense, setenta años de rigidez comunista y la convergencia particular entre la personalidad de Reagan y la debilidad soviética. Una década antes, la militancia de Reagan podría haber sido peligrosa; una década después, podría haber parecido desfasada. En los primeros y mediados años ochenta, sin embargo, su militancia ideológica reunió a los estadounidenses mientras su flexibilidad diplomática se volvía aceptable incluso para conservadores que habrían rechazado concesiones similares de otro presidente.
Kissinger cierra con una advertencia sobre los límites de ese éxito. La Guerra Fría encajaba de forma inusual con los hábitos estadounidenses porque ofrecía un desafío ideológico claro y un adversario militar definido. Los principios universales podían aplicarse con más facilidad cuando el problema central era el comunismo soviético. Incluso entonces, la política estadounidense sufría cuando grandes ideales chocaban con circunstancias particulares, como en Suez y Vietnam. Después de la Guerra Fría, el mundo ya no tenía una confrontación ideológica dominante ni un único enemigo geoestratégico. Casi cada problema se convirtió en un caso especial. El excepcionalismo estadounidense había ayudado a Estados Unidos a prevalecer, pero el mundo multipolar exigiría una definición más sutil del interés nacional que las viejas alternativas de faro y cruzado.
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