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Resumen: Diplomacia, de Kissinger — Capítulo 5 — Dos revolucionarios

Detalle de la portada del libro Diplomacy, de Henry Kissinger. La imagen muestra grandes letras serifadas marrones que forman Henry Kissinger en la mitad superior, una línea horizontal negra en el centro y el título Diplomacy en letras serifadas rojas debajo, sobre un fondo blanco sencillo, sin personas, sala, paisaje ni escena histórica.

Portada de Diplomacy, de Henry Kissinger, usada como imagen compartida de esta serie de resúmenes.

En 1994, Henry Kissinger publicó el libro La Diplomacia. Él fue un diplomático erudito y renombrado que sirvió como Consejero de Seguridad Nacional de los Estados Unidos y Secretario de Estado. Su libro ofrece un amplio panorama de la historia de las relaciones exteriores y del arte de la diplomacia, con un énfasis especial en el siglo XX y el mundo occidental. Kissinger, conocido por su alineación con la escuela realista de Relaciones Internacionales, explora los conceptos del equilibrio de poder, de la razón de estado y de la Realpolitik a través de diferentes épocas.

Su trabajo ha sido ampliamente elogiado por su alcance y complejidad. Sin embargo, también ha sido criticado por su enfoque en individuos en lugar de en fuerzas estructurales, y por presentar una visión reduccionista de la historia. Además, los críticos han señalado que el libro se concentra excesivamente en el papel individual de Kissinger en los eventos, potencialmente exagerando su impacto sobre ellos. De todos modos, sus ideas merecen ser consideradas.

Este artículo presenta un resumen de las ideas de Kissinger en el quinto capítulo de su libro, titulado "Dos revolucionarios: Napoleón III y Bismarck".

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El colapso del sistema de Metternich

La guerra de Crimea abrió un periodo en el que las restricciones morales y diplomáticas del acuerdo de Viena desaparecieron con rapidez. Entre 1859 y 1870, Europa atravesó cuatro crisis conectadas: la guerra franco-piamontesa contra Austria, el conflicto de Schleswig-Holstein, la guerra austro-prusiana y la guerra franco-prusiana. De esas crisis salió un nuevo equilibrio de poder en el que Francia perdió su antigua preeminencia y Alemania se convirtió en el Estado más fuerte del continente. Para Kissinger, el cambio más importante fue que el principio de que las monarquías conservadoras debían preservarse mutuamente y resolver sus disputas por consenso dio paso a una práctica más dura de política de poder. La expresión francesa raison d’état fue sustituida por el término alemán Realpolitik, aunque la idea de fondo siguió siendo la misma: los Estados actuarían cada vez más según cálculos de poder y no según una legitimidad compartida.

Napoleón III y Bismarck fueron colaboradores improbables en esa transformación. Napoleón había estado asociado en su juventud a sociedades secretas italianas hostiles a la dominación austriaca, se convirtió en presidente de Francia en 1848 y se transformó en emperador en 1852 tras un golpe de Estado. Bismarck procedía de la élite junker prusiana y se opuso a la Revolución liberal de 1848. Llegó a primer ministro de Prusia en 1862, cuando el rey Guillermo I necesitó a alguien capaz de imponer reformas del ejército contra la resistencia parlamentaria. Sus orígenes y temperamentos eran muy distintos; aun así, ambos rechazaban las premisas del sistema de Viena. Napoleón lo veía como una estructura diseñada para aislar y contener a Francia. Bismarck lo veía como una estructura que condenaba a Prusia a seguir siendo el socio menor de Austria en la Confederación Germánica.

Sus logros, sin embargo, se movieron en direcciones opuestas. Napoleón creía que desmontar el acuerdo de Viena liberaría a Francia de su encierro diplomático y lo convertiría en patrocinador del nacionalismo europeo. En cambio, sus acciones ayudaron a unificar Italia y Alemania. Ambos procesos debilitaron la posición estratégica de Francia. Destruyó muchos de los frenos heredados al conflicto europeo sin crear un orden nuevo favorable a los intereses franceses. Al final de su gobierno, Francia estaba más aislada que bajo Metternich.

El resultado de Bismarck fue el inverso. Antes de que llegara al poder, la unidad alemana solía imaginarse como obra del nacionalismo liberal constitucional, la causa que había animado 1848. En pocos años, Bismarck hizo de la unidad un producto del poder prusiano y de la guerra. La negociación dinástica ayudó a encuadrar el resultado. Su Alemania era demasiado democrática para los viejos conservadores, demasiado autoritaria para los liberales y demasiado indiferente a la legitimidad para los monárquicos tradicionales. Encajaba con el talento de Bismarck para manipular antagonismos dentro y fuera del país; esa dependencia de una inteligencia política excepcional se convertiría en una de sus debilidades más profundas.

Napoleón III y la búsqueda de legitimidad

Napoleón III fue llamado la «Esfinge de las Tullerías», un apodo nacido de la tendencia de sus contemporáneos a confundir la oscuridad con la profundidad y a suponer que sus políticas ocultaban grandes diseños. Bismarck vio el problema con más claridad: en la interpretación de Kissinger, la inteligencia de Napoleón estaba sobrevalorada, mientras los observadores subestimaban su sentimentalismo. Tenía ambición e instinto teatral, y era sensible a la opinión pública. Lo que le faltaba era una brújula estratégica interior.

Su inseguridad empezaba por la legitimidad. Como su tío, Napoleón III llevaba un nombre que atraía apoyo popular y alarmaba a las monarquías legítimas de Europa. Las potencias conservadoras habían reconocido con reticencia la Francia republicana después de 1848, temerosas de que una intervención reavivara las guerras revolucionarias. Tras el golpe de Napoleón y la proclamación del Segundo Imperio, el reconocimiento volvió a plantear un problema: el acuerdo de Viena había excluido expresamente a los Bonaparte del trono francés. Austria aceptó primero el hecho consumado, y Prusia la siguió. Rusia mantuvo una actitud más fría: se negó a tratar a Napoleón como «hermano» monárquico y usó el lenguaje menor de la amistad. Esos desaires importaban menos por sí mismos que por lo que revelaban: Napoleón era un gobernante revolucionario que ansiaba la aceptación del mismo orden dinástico que deseaba socavar.

Kissinger subraya la ironía de que Napoleón tuviera más éxito en la política interior, que le aburría, que en la política exterior, que le fascinaba. Estimuló las instituciones de crédito que ayudaron a industrializar Francia y dio poder al barón Haussmann para transformar París, de una ciudad medieval de calles estrechas, en una capital de grandes bulevares, edificios monumentales y perspectivas abiertas. Esos bulevares también hacían más difícil la revolución al ofrecer a las tropas campos de tiro más claros, sin que ello anulara la magnitud del logro. En política exterior, en cambio, Napoleón estaba dividido entre el deseo de respetabilidad monárquica y el deseo de ser recordado como campeón de la nacionalidad y de la revisión.

Esa división marcó todas sus grandes decisiones. Quería deshacer las cláusulas territoriales de 1815 y reabrir el mapa de Europa. Ese proyecto pasaba por alto que un ataque exitoso al sistema de Viena también haría más probable la unidad alemana. Apoyó el nacionalismo italiano cuando parecía limitado al norte de Italia y el nacionalismo polaco cuando ese apoyo no implicaba un riesgo serio de guerra. Admiraba algunos aspectos del carácter nacional prusiano, mientras temía el ascenso de una Alemania unificada. En cada caso, alentó fuerzas que después intentó contener.

Como Napoleón desconfiaba de las cortes conservadoras y no podía obtener de ellas una legitimidad plena, se apoyó en la opinión pública interior. La política exterior se convirtió en un instrumento para confirmar su trono y sostener su popularidad. Eso lo convirtió en prisionero de las crisis que había ayudado a crear. Alentaba repetidamente la agitación o la revisión diplomática y luego retrocedía cuando las consecuencias se volvían peligrosas. El instrumento que mejor le convenía era un congreso europeo, donde podía posar como árbitro del cambio continental sin comprometer a Francia con un objetivo de guerra claro. El problema era que ninguna otra gran potencia quería acudir a un congreso cuyo propósito fuera revisar fronteras en beneficio de Napoleón. En la lección que extrae Kissinger, un Estado que busca grandes cambios mientras rechaza grandes riesgos se condena a la futilidad.

Tras la guerra de Crimea, Francia tenía dos opciones estratégicas coherentes. Podía seguir la vieja política de Richelieu manteniendo dividida Europa central y preservando los principados alemanes como barrera contra cualquier poder consolidado al este del Rin. También podía apoyar el nacionalismo en Alemania e Italia, con la esperanza de que los nuevos Estados nacionales recompensaran la simpatía francesa. Napoleón intentó seguir ambos cursos a la vez. Eso era especialmente peligroso en Alemania porque la Confederación Germánica, aunque diseñada en parte como escudo contra Francia, era estructuralmente defensiva y casi incapaz de acción ofensiva. Contenía demasiados Estados, demasiadas rivalidades y demasiados límites legales para amenazar a Francia salvo ante un peligro exterior abrumador. Napoleón veía la Confederación como una reliquia hostil de 1815; la verdadera alternativa no era una Europa central inofensivamente fragmentada, sino una Alemania unificada, con más población y mayor potencial industrial que Francia.

Italia, Polonia y los costes de la ambigüedad

El primer gran movimiento de Napoleón tras Crimea se produjo en Italia. En julio de 1858 alcanzó un entendimiento secreto con Camillo Benso di Cavour, primer ministro de Piamonte-Cerdeña. Francia ayudaría a Piamonte a luchar contra Austria y a liberar el norte de Italia, mientras Napoleón recibiría Niza y Saboya. El acuerdo era arriesgado. El éxito crearía un Estado más fuerte al otro lado de una de las rutas tradicionales de invasión de Francia. El fracaso humillaría a Francia. Cualquiera de los dos resultados alarmaría a Europa.

Austria proporcionó el pretexto en 1859 al permitir que las provocaciones piamontesas la arrastraran a declarar la guerra. Francia trató entonces el movimiento austriaco como una declaración contra sí misma. Napoleón imaginaba dos desenlaces posibles. Si la guerra salía bien, el norte de Italia sería liberado de Austria y Europa podría reunirse en un congreso bajo patrocinio francés para revisar de forma más amplia el arreglo continental. Si la guerra se estancaba, podría negociar con Austria a costa de Piamonte y obtener alguna ventaja para Francia. Ese doble cálculo mostraba ya la debilidad de su método. Quería ser a la vez patrón de la nacionalidad y manipulador del equilibrio dinástico.

Las victorias francesas en Magenta y Solferino trajeron éxito militar junto con alarma política. El sentimiento nacional alemán se levantó contra Francia porque los pequeños Estados alemanes temían un nuevo ataque napoleónico contra el mundo alemán. Al mismo tiempo, Napoleón quedó sacudido por la carnicería de Solferino. Sin informar a Piamonte, concluyó el armisticio de Villafranca con Austria el 11 de julio de 1859. El acuerdo no satisfizo ninguno de sus propósitos. Piamonte se indignó porque el nacionalismo italiano había desbordado el plan limitado de Napoleón para un satélite septentrional de tamaño medio. Austria siguió aferrada al Véneto, dejando abierta otra cuestión italiana. Gran Bretaña, ya recelosa, se alejó todavía más. Francia ganó Niza y Saboya, aunque el resultado diplomático más amplio fue un debilitamiento de la influencia francesa.

La revuelta polaca de 1863 profundizó el patrón. Napoleón quiso revivir la tradición bonapartista de simpatía por Polonia y primero pidió a Rusia que hiciera concesiones a sus súbditos rebeldes. Rusia se negó incluso a discutir el asunto. Después buscó cooperación de Gran Bretaña, pero Palmerston desconfiaba de él. Por último, Napoleón se acercó a Austria con un plan fantástico según el cual Austria entregaría sus tierras polacas a un proyectado Estado polaco y el Véneto a Italia, para compensarse luego en Silesia y los Balcanes. Austria no tenía razón para arriesgar una guerra con Rusia y Prusia con el fin de crear una Polonia alineada con Francia en su frontera. El episodio reveló hasta qué punto los planes de Napoleón se habían separado de los intereses de las potencias cuya cooperación esperaba.

Para Kissinger, estos fracasos muestran el coste de una política guiada por el ánimo más que por la estrategia. Francia había buscado históricamente influencia sobre los arreglos internos de Alemania porque una Europa central dividida era la base de su seguridad. Napoleón miró en cambio hacia cuestiones periféricas, Italia y Polonia, donde los gestos dramáticos parecían posibles con menor riesgo. A medida que el centro de gravedad europeo se desplazaba hacia la cuestión alemana, Francia se encontró cada vez más sola.

La cuestión alemana y el camino hacia 1870

La crisis de Schleswig-Holstein de 1864 marcó un cambio decisivo. Los ducados estaban vinculados dinásticamente a Dinamarca, pero también conectados con la Confederación Germánica, lo que creaba una mezcla complicada de reclamaciones legales, nacionales y dinásticas. Sus detalles importaban menos que el hecho diplomático de que Austria y Prusia fueran juntas a la guerra contra Dinamarca en nombre de una causa alemana. Por primera vez desde Viena, las dos principales potencias alemanas alteraban Europa central con una acción ofensiva contra un Estado no alemán. Separaron Schleswig-Holstein de Dinamarca y ocuparon juntas los ducados mientras el resto de Europa se mantenía al margen.

Bajo el sistema antiguo, las grandes potencias probablemente se habrían reunido para restaurar una aproximación al statu quo. En 1864, ese mecanismo se había hundido. Rusia no deseaba oponerse a Austria y Prusia después de la moderación que habían mostrado durante la revuelta polaca. Gran Bretaña desaprobaba el ataque a Dinamarca sin disponer de un aliado continental. Francia oscilaba entre la simpatía por las reclamaciones nacionales y la necesidad francesa tradicional de impedir la consolidación alemana. El ministro francés de Exteriores habló de circunspección, lenguaje que Kissinger trata como el pretexto de un gobierno incapaz de elegir. La inacción permitió a Austria y Prusia resolver la cuestión de los ducados. Bismarck convirtió luego la victoria conjunta en una trampa para Austria. Las dos potencias tenían que administrar territorios contiguos a Prusia y remotos para Austria, lo que daba a Bismarck un escenario ideal de confrontación.

Napoleón aún admiraba a Prusia como la más nacional y liberal de las monarquías alemanas. Creía que una guerra austro-prusiana podía servir a Francia porque esperaba una victoria austriaca y confiaba en intercambiar neutralidad por compensaciones. En febrero de 1866 alentó de hecho a Prusia al prometer neutralidad absoluta. Bismarck entendió que la neutralidad francesa se ofrecía a cambio de un precio e insinuó posibles ganancias francesas en Bélgica o Luxemburgo. Eran promesas de bajo coste, porque no tenía intención de arriesgar a Prusia por Napoleón una vez asegurada la neutralidad.

El proyecto de Napoleón era un intento borroso de revivir la política de equilibrio de Richelieu. Esperaba que Prusia fuera derrotada o contenida, que Francia mediara, que el Véneto pasara a Italia y que Alemania se reorganizara en un norte dirigido por Prusia y un sur sostenido por Austria o por Francia. Richelieu había juzgado la relación de fuerzas y estaba dispuesto a luchar por su diseño. Napoleón no hizo ni una cosa ni la otra. Cuando propuso otro congreso europeo, Gran Bretaña condicionó su asistencia a que Francia aceptara el statu quo, lo que habría preservado los arreglos alemanes sobre los que descansaba la seguridad francesa. Napoleón se negó, invocando las pasiones nacionales y arriesgando el ascenso de una Alemania más peligrosa para Francia que la vieja Confederación.

Adolphe Thiers entendió el peligro. En mayo de 1866 advirtió que una victoria prusiana recrearía un coloso centroeuropeo, ahora basado en Berlín y no en Viena. Francia, sostenía, tenía derecho a resistir en nombre de la independencia de los Estados alemanes y del equilibrio europeo. Kissinger considera que el análisis de Thiers era sólido aunque tardío. Una advertencia francesa decidida aún podría haber contenido a Bismarck. Eso era especialmente cierto si Francia hubiera declarado que no permitiría la derrota de Austria ni la destrucción de Estados como Hannover. Napoleón se negó porque esperaba que Austria venciera y porque su odio a los tratados de 1815 pesaba más que su sentido del interés duradero de Francia.

La rápida victoria de Prusia en 1866 dejó al descubierto el vacío de la política de Napoleón. Francia debería, según la lógica de Richelieu, haber ayudado al perdedor para impedir un triunfo prusiano decisivo. En cambio, Napoleón vaciló. Bismarck le permitió mediar la paz; la sustancia pertenecía a Prusia. El Tratado de Praga de agosto de 1866 expulsó a Austria de los asuntos alemanes. Prusia anexó Hannover, Hesse-Cassel, Schleswig-Holstein y Fráncfort. Las anexiones mostraron que la legitimidad ya no gobernaba el orden europeo. Los demás Estados del norte de Alemania entraron en la Confederación Alemana del Norte bajo control prusiano, mientras los Estados del sur conservaron independencia formal y aceptaron tratados militares que ponían sus ejércitos bajo mando prusiano en caso de guerra. Alemania estaba ya a una crisis de la unidad.

Después de 1866, Napoleón intentó recuperarse demasiado tarde. Austria no tenía interés en ayudar a la Francia que había contribuido a expulsarla de Italia y Alemania. Gran Bretaña se sintió repelida por los designios franceses sobre Luxemburgo y Bélgica. Rusia no había perdonado la conducta de Napoleón en Polonia. Francia afrontaba el derrumbe de su preeminencia histórica sin aliados, y Napoleón buscó un éxito de prestigio donde pudiera encontrarlo. La crisis de la sucesión española ofreció la última ocasión. Napoleón exigió que el rey Guillermo de Prusia garantizara que ningún príncipe Hohenzollern aspiraría al trono español vacante. La demanda tenía poca relación con el verdadero equilibrio de poder, pero podía producir una victoria pública.

Bismarck volvió el gesto contra él. El rey Guillermo rechazó la demanda francesa de forma cortés y correcta, y luego envió a Bismarck un relato del intercambio de Ems. Bismarck editó el telegrama para eliminar las pruebas de paciencia real y hacer que el intercambio pareciera un desaire deliberado a Francia. Al filtrar el despacho de Ems, inflamó la opinión pública francesa y empujó a Napoleón a declarar la guerra en 1870. Prusia venció rápidamente con ayuda de los demás Estados alemanes. El 18 de enero de 1871, el Imperio alemán fue proclamado en la Galería de los Espejos de Versalles. Napoleón había logrado la revolución en Europa que había buscado; el resultado fue el contrario de su intención: Francia había ayudado a destruir los viejos frenos y se encontró frente a una Alemania unificada.

La parálisis estratégica de Francia

El juicio de Kissinger sobre Napoleón es severo: el fracaso del emperador no fue falta de ideas, sino incapacidad para relacionar las ideas con la realidad. Rompió la Santa Alianza explotando la guerra de Crimea, pero nunca decidió qué orden debía sustituirla. Entre 1853 y 1871, Europa atravesó un periodo de caos relativo en el que la legitimidad perdió su fuerza de contención y el poder bruto se volvió cada vez más decisivo. Napoleón alentó convulsiones con la expectativa de que Francia pudiera beneficiarse de ellas. No reconoció que Francia carecía del poder necesario para controlar las fuerzas nacionalistas que impulsaba.

Sus llamadas repetidas a congresos europeos exponen la misma debilidad. Buscó congresos después de la guerra de Crimea y antes de la guerra italiana. Volvió a buscarlos durante la revuelta polaca, durante la guerra danesa y antes de la guerra austro-prusiana. En cada caso esperaba obtener revisiones fronterizas en la mesa de conferencias. No podía definirlas con precisión y no estaba dispuesto a imponerlas por la fuerza. Sus planes eran demasiado radicales para atraer consenso, y Francia no era lo bastante fuerte para obligar al acuerdo. Como resultado, el país que había inventado la raison d’état derivó hacia una brecha cada vez más amplia entre su imagen de sí mismo como primera potencia europea y su capacidad real.

Kissinger extiende el argumento más allá del reinado de Napoleón. Desde la guerra de Crimea, sostiene, Francia buscó a menudo arreglos con potencias menores dispuestas a aceptar su dirección porque no podía dominar alianzas con Gran Bretaña, Alemania, Rusia o Estados Unidos y detestaba el estatus secundario. Ve el patrón decimonónico en alineamientos con Cerdeña, Rumanía y Estados alemanes medianos. Después lo compara con los vínculos de entreguerras con Checoslovaquia, Yugoslavia y Rumanía, y más tarde con los intentos posteriores a De Gaulle de construir un contrapeso europeo al liderazgo estadounidense. Napoleón III ayudó a crear un mundo en el que las aspiraciones universales de Francia ya no coincidían con las condiciones que habían sostenido su predominio.

La revolución conservadora de Bismarck

Bismarck completó la destrucción que Napoleón había empezado, con una mente distinta y una estrategia más coherente. Su identidad pública era conservadora. Se opuso a la Revolución liberal de 1848 y rechazó el constitucionalismo parlamentario como base de la unidad alemana. Sin embargo, más tarde introdujo el sufragio universal masculino en el Imperio alemán y creó un sistema de bienestar social sin equivalente. Había rechazado la oferta de la corona imperial al rey de Prusia hecha por el Parlamento de Fráncfort en 1848; poco más de veinte años después colocó esa corona en una cabeza prusiana mediante la guerra y el pacto dinástico.

Eso lo convierte, en el sentido de Kissinger, en un revolucionario con vestiduras conservadoras. Los órdenes establecidos suelen tardar en reconocer desafíos mortales, sobre todo cuando el desafiador parece defender valores tradicionales. El sistema de Metternich descansaba en tres premisas relacionadas. Dependía del equilibrio europeo de poder, del equilibrio entre Austria y Prusia dentro de Alemania y de la solidaridad de las cortes conservadoras de Prusia, Austria y Rusia. Bismarck rechazó las tres. Creía que Prusia se había vuelto lo bastante fuerte para sostenerse sin la Santa Alianza. El interés compartido, y no la ideología, podía conectar a Prusia con Rusia. Austria era rival de Prusia y no su socia, y la diplomacia inquieta de Napoleón III era una oportunidad más que una mera amenaza.

La diferencia apareció ya en el ataque de Bismarck al nacionalismo liberal alemán en 1850. En la superficie sonaba como un conservador metternichiano que condenaba la agitación parlamentaria. Bajo esa superficie, afirmaba que Prusia podía ser conservadora en el interior sin atarse a Austria ni a ninguna alianza conservadora general. Prusia podía imponer sus preferencias en Alemania por su propia fuerza. Como Richelieu, Bismarck separó los intereses del Estado de los principios universales, aunque los principios en cuestión eran políticos y dinásticos más que religiosos.

Su solución a la posición expuesta de Prusia en Europa central fue la flexibilidad. En vez de aferrarse a la Santa Alianza, Prusia debía mantener abiertas sus relaciones en todas las direcciones y permanecer más cerca de cada gran potencia que esas potencias entre sí. Como el objetivo central de Prusia era Alemania, tenía menos compromisos exteriores que las otras grandes potencias. Gran Bretaña debía considerar su imperio y el equilibrio general. Rusia tenía intereses en Europa oriental, Asia y el mundo otomano. Francia tenía Italia, el imperio y México. Austria tenía Italia, los Balcanes y la Confederación Germánica. Prusia podía, por tanto, retener su compromiso y vender cooperación cuando las circunstancias fueran favorables.

Esa lógica exigía mantener abierta incluso la opción francesa. Para los mentores conservadores de Bismarck, cualquier entendimiento con Napoleón III era moralmente repugnante porque era un Bonaparte y un símbolo de revolución. Bismarck no negaba que Napoleón pudiera ser peligroso. Sostenía que el peligro y la oportunidad podían coexistir. Cuanto más temiera Austria a Francia, más concesiones podría extraer Prusia. Además, la posición negociadora de un Estado dependía de las opciones que otros creyeran que poseía. Anunciar una hostilidad permanente hacia Francia simplificaría los cálculos de los rivales de Prusia y reduciría su libertad de acción.

Realpolitik contra legitimidad

La ruptura entre Bismarck y el viejo mundo conservador se ve con mayor claridad en su correspondencia con Leopold von Gerlach. Gerlach era el consejero real prusiano que había ayudado a lanzar su carrera. Bismarck argumentaba que Austria ya no podía ser tratada como amiga si no aceptaba una división de esferas en Alemania. Si era necesario, Prusia debía debilitarla mediante diplomacia, engaño y oportunidad. Gerlach respondió que Prusia debía restaurar la Santa Alianza y aislar a la Francia bonapartista.

La discusión se agudizó cuando Bismarck propuso gestos hacia Napoleón, incluida la invitación a observar maniobras prusianas. Gerlach veía a Napoleón como enemigo natural de Prusia e insistía en que la guerra contra la revolución seguía siendo el principio político central. La respuesta de Bismarck desplazó el asunto de la legitimidad al patriotismo. Francia le importaba solo en la medida en que afectaba a Prusia. Si fuera francés, podría servir a un pretendiente Borbón; como diplomático prusiano, su deber era hacia el rey y el país al que servía. Las simpatías y antipatías personales hacia potencias extranjeras no eran signos de seriedad moral. En asuntos exteriores, podían convertirse en deslealtad.

Para Bismarck, la Realpolitik exigía que un estadista evaluara toda fuerza en relación con el interés nacional. Las ideas, alianzas y regímenes importaban porque configuraban lo que los Estados podían hacer. La creencia personal no desaparecía, aunque no decidía la política. Kissinger compara esto con la distinción de Richelieu entre salvación privada y necesidad estatal: los individuos pueden ser juzgados por patrones divinos, mientras los Estados mortales son juzgados por si sus políticas funcionan. Bismarck negaba así la relevancia del conservadurismo universal de Gerlach para el deber diplomático de Prusia.

Esta perspectiva también marcó un cambio intelectual más amplio. El sistema de Metternich había tratado Europa como un mecanismo cuidadosamente equilibrado en el que toda perturbación amenazaba el conjunto. Bismarck veía la política más bien como partículas en movimiento, con fuerzas que cambiaban constantemente en relación unas con otras. Ninguna alianza, ideología o alineamiento era permanente por naturaleza. El interés nacional debía inferirse de las circunstancias. Kissinger añade, sin embargo, una salvedad importante. El realismo de Bismarck descansaba en su propia fe indemostrable: que un análisis suficientemente preciso de las circunstancias llevaría a estadistas capaces a la misma conclusión. Como Bismarck solía hacer el juicio correcto, esa suposición le sirvió brillantemente. Sirvió mal a sus sucesores.

Los informes diplomáticos de Bismarck desarrollaron este análisis con una coherencia inusual. Rechazó las alianzas sentimentales y llamó a la política el arte de lo posible y la ciencia de lo relativo. También sostuvo que ni siquiera el rey podía subordinar el interés del Estado a gustos o disgustos personales. Austria no era una hermana conservadora, sino una potencia extranjera que bloqueaba el espacio natural de Prusia en Alemania. Durante la guerra de Crimea y de nuevo en 1859, instó a Prusia a explotar las dificultades de Austria. Lo que Metternich habría considerado herejía, Bismarck lo veía como patriotismo prusiano.

Su análisis de 1856 tras la guerra de Crimea fue especialmente importante. Vio que Austria había roto la unidad de las cortes conservadoras al enemistarse con Rusia, y predijo que Francia y Rusia se acercarían naturalmente porque tenían pocos intereses contrapuestos. Napoleón, necesitado de oportunidades de prestigio y acción militar, probablemente encontraría en Italia un pretexto ideal contra Austria. Según Bismarck, Prusia debía evitar atarse más estrechamente a Austria, Gran Bretaña o la Confederación Germánica. Gran Bretaña carecía de fuerzas terrestres decisivas, la Confederación no resistiría una tensión en dos frentes y Austria se había convertido en el principal obstáculo de Prusia. Prusia debía preservar su libertad de acción e invertir los hábitos del periodo de Metternich.

Triunfo y el nuevo problema alemán

Cuando Bismarck llegó a primer ministro en 1862, las ideas que había desarrollado en memorandos diplomáticos se convirtieron en política. En cinco años, a través de las crisis ya trazadas, apartó a Austria de Alemania y destruyó la esperanza francesa restante de gestionar Europa central según la vieja fórmula de Richelieu. La unidad alemana emergió sin encarnar los ideales liberales y constitucionales de las generaciones anteriores de nacionalistas alemanes. Fue un pacto entre soberanos, organizado alrededor del poder prusiano y validado por el éxito militar. Su legitimidad procedía menos de la autodeterminación que del hecho de que Prusia había impuesto el resultado.

Kissinger da crédito a Bismarck por su moderación después de la victoria. Fue implacable al preparar las guerras y prudente al concluirlas. Una vez aseguradas las fronteras que consideraba esenciales, condujo durante dos décadas una política exterior estabilizadora. La dificultad era estructural. Alemania había sido unificada por una diplomacia que presuponía maniobrabilidad interminable; el propio éxito de la unificación redujo esa maniobrabilidad. Europa tenía ahora menos actores, y los actores restantes eran más grandes y rígidos. Un equilibrio generalmente aceptable se volvió más difícil de negociar y más difícil de preservar sin pruebas repetidas de fuerza.

La anexión de Alsacia-Lorena tras la guerra franco-prusiana empeoró el problema. Transformó la hostilidad francesa en un hecho permanente y destruyó la opción francesa que Bismarck había considerado esencial. En la década de 1850 había sacrificado su amistad con Gerlach para mantener abierta la posibilidad de cooperación con Francia. Después de 1871, Francia se convirtió en enemiga irreconciliable de Alemania. Bismarck había advertido contra convertir la hostilidad hacia Francia en un rasgo «orgánico» de la política prusiana; el acuerdo de paz hizo exactamente eso.

La nueva fuerza de Alemania también cambió la psicología del equilibrio europeo. La vieja Confederación Germánica había sido torpe, defensiva e internamente dividida. Una Alemania unida bajo liderazgo prusiano ya no era una víctima potencial de agresión, sino una amenaza potencial al equilibrio. Esa transformación hizo concebible una coalición de otras potencias contra Alemania, y el miedo a tal coalición se convirtió en una pesadilla recurrente de la política alemana. Disraeli captó de inmediato la escala del cambio cuando describió la guerra franco-prusiana como una revolución alemana que había barrido tradiciones diplomáticas y destruido el viejo equilibrio de poder.

El dominio personal de Bismarck ocultó estos dilemas mientras permaneció en el cargo. Podía manipular compromisos, miedos y rivalidades con una sutileza extraordinaria, sin que sus arreglos llegaran a convertirse en diseño institucional. Cuando desapareció, sucesores y rivales buscaron seguridad mediante armamentos más que mediante diplomacia. En la interpretación de Kissinger, el fracaso de Bismarck al institucionalizar su política exterior puso a Alemania en una cinta que condujo primero a una carrera armamentística y después a la guerra.

La estructura interna del imperio reforzó el peligro. La constitución de Bismarck dio a Alemania sufragio universal masculino, aunque el Reichstag no controlaba el gobierno. El emperador nombraba y destituía al canciller. Bismarck podía enfrentar al emperador y al Parlamento igual que enfrentaba entre sí a potencias extranjeras. El sistema, sin embargo, dependía de su habilidad. Sus sucesores carecieron de su audacia y de su juicio. El resultado fue nacionalismo sin responsabilidad democrática y democracia sin verdadero poder de gobierno.

Dos legados revolucionarios

Kissinger termina tratando a Napoleón III y Bismarck como encarnaciones de dilemas modernos. Napoleón representaba la tendencia a confundir política exterior con relaciones públicas. Tenía ideas revolucionarias y retrocedía ante sus consecuencias. Como estaba inseguro de su legitimidad e incierto sobre sus propósitos, usó la opinión pública como sustituto de la convicción estratégica. Creó crisis para impresionar a la opinión y luego quedó atrapado por las presiones que había magnificado. Al final, la realidad, no la publicidad, determinó el desenlace.

Bismarck representaba la tendencia opuesta: la identificación de la política con el análisis del poder. Vio la oportunidad prusiana con gran claridad y actuó con la confianza que Napoleón no tenía. La Alemania que creó demostró ser lo bastante duradera para sobrevivir a derrotas, ocupaciones y división. Sin embargo, su logro también impuso a Alemania un estilo de política que requería un gran estadista en cada generación. Esas figuras aparecen rara vez. Las instituciones de la Alemania imperial, además, desalentaban el juicio político responsable. Por eso, Bismarck sembró las semillas de la grandeza alemana y de la catástrofe alemana.

El juicio final del capítulo es simétrico y severo. Napoleón dejó a Francia estratégicamente paralizada porque buscaba transformaciones que no podía definir ni controlar. Bismarck dejó a Alemania con una grandeza que sus instituciones y sucesores no podían asimilar. Juntos destruyeron las restricciones del sistema de Viena e inauguraron una Europa en la que el poder estaba menos contenido por la legitimidad, el nacionalismo era más difícil de contener y la diplomacia dependía cada vez más de cálculos que solo estadistas excepcionales podían manejar con seguridad.


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